miércoles, 30 de marzo de 2011


Nada queda de castillos, ni torres ni fosos.

Simplemente un vasto campo generoso

vestido de arboledas y jardines,

salpicado de mansas y verdes praderas.


Puedes beber de los arroyos

en breves sorbos o llenar tus ánforas

para derramar el agua en tus desiertos.


Puedes sentir pétalo a pétalo

o devastar los jardines

para teñir tus grises con colores robados.

Hasta te permito colonizar cada parcela

con los besos de tu nombre

y los mapas de tu piel.


Mas no puedes siquiera

llegar con espejos y baratijas

porque demasiados Atilas

sin candores me han dejado.


Tampoco proclames enredos

de palabras que ni conoces,

porque la verdad no se esgrime,

sino que se acepta

como el sol cuando amanece.


De los desiertos y las cenizas

mis alas buscan su cielo;

tus ejércitos no me asustan

pero tu ausencia es una sequía

que no devuelve primaveras.

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