jueves, 21 de enero de 2021

Claveles en el aire

 Esta historia forma parte de Historias Prestadas.


Claveles en el aire

Prolijamente y puntualmente se ha presentado su alma dando señales cada miércoles de Taller Literario.

Ya sabes, abuela, que tú me puedes.

Acabo de terminar un borrador con muchas notas.

Ya tengo tu historia. Prometo pasar en limpio y compartir en cuanto mi cuerpo descanse un poco.

Por ahora, ya sabes, me he emocionado con el final y te he visto sonreír con la libertad que te he regalado.

Susie

San Juan, 21 de enero de 2021




Hay personas que crecen con la pena y el desamor como única realidad y eligen hacer del odio su única verdad.

Hay personas que para lidiar con sus heridas necesitan sembrar esquirlas a diestra y siniestra para sentirse acompañados en la desgracia.

Hay quienes se quedan hundidos en el lodo y arrastran  a quien quiera salvarlos, por miedo a la belleza del loto que busca florecer desde el amor.

Y están las personas, como ella, mi abuela de colores, sonrisa amorosa y mano sanadora, que transmutan la pena y el desamor para regalar alegrías que nunca recibieron.

Hay mujeres, como ella, que fecundan el lodo con sus lágrimas e inventan jardines allí donde solo hay grises.

Son esas mujeres medicina que bordan sobre sus heridas flores que nunca conocieron y andan por la vida sanando y besando corazones rotos para remediar el daño que nadie supo ver en sus ojos.


Elegir

 

-- Tenés que dejar que te toque, es necesario eso, porque un hombre puede parecer bueno y simpático al hablar, pero después, no te gusta cómo te toca.

Yo tenía 14 años, estaba de novia y enamorada por primera vez en la vida y mis padres se horrorizaban porque mi novio me besaba o abrazaba sin haber pedido mi mano ni tener planes de casarse.

Yo, era demasiado ingenua e inocente y no entendía muy bien a qué se refería mi abuela o por qué me decía aquello, después de una discusión que tuve con mis padres.

A ella se le ponían los ojos grandes y la sonrisa de colores ante la sola posibilidad de verme elegir, de ver mi corazón enamorado y de disfrutar con esa pequeña felicidad que duraría tan poco.

Después de perder la libertad de amar a quién yo amaba y de vivir ese amor con la inocencia y la edad de quien aún tiene mucho por vivir, me zambullí en la tristeza y me creí prisionera de mandatos familiares.



A través de mis experiencias, ella se asomaba a un mundo que no había conocido, ni siquiera el de las libertades a medias.

Ella no había podido elegir si estudiar o no, apenas si había hecho un par de grados en una de esas escuelas no urbanas, donde en un mismo aula reunían a varios alumnos de diferentes edades.

Ella hubiera querido leer, estudiar, descubrir otros mundos y aprender algo más que lavar, cocinar y planchar. Pero venía de una familia humilde que cazaba ranas en la acequia para preparar la comida y sus padres consideraron que lo mejor sería asegurar su futuro casándola con un hombre que cumpliría con darle techo y comida.

Ella tenía 15 años y jamás había elegido qué vestido usar, no sabía nada del amor, ni de amigas, ni de fiestas.  Por eso, que su madre la llevara a los bailes del Salón Social de la Colonia, no parecía tan mala idea; después de todo, la música le gustaba y a lo mejor, esos planes de buscar marido resultaban románticos.

El arreglo fue entre él, 10 años mayor, y sus padres.  Ella, apenas si cruzó dos palabras cuando bailaron un par de piezas.  Era aún una niña inocente y divertida que encontraba gracioso el hecho de que él llevara unos dientes de ajo en el bolsillo de la camisa para disimular el olor de sus alpargatas.

Nunca supe si en realidad él estaba enamorado, vio en ella una joven bonita y guapa, acostumbrada a las tareas de una vivienda rural y supo que sería perfecta para cuidar de él y de sus padres.

Él cumplió con las obligaciones de un marido de esa época: darle techo y comida y perpetuar su apellido.

Ella tuvo que aprender de repente a cumplir con obligaciones de esposa para las que nadie la había preparado.

No hubo seducción, ni amor, ni romanticismo, ni sensualidad, ni caricias; no hubo besos dulces, ni palabras tiernas, apenas un acto básico y animal repetido mecánicamente, pero que por suerte, nunca tardaba demasiado.

Cada embarazo era la muestra de esos momentos en los que ella se sentía sucia, invadida y mancillada.  Se escondía entre trapos y quehaceres y su única esperanza era ver nacer a cada niño que le permitiría amar como ella sabía amar.

Ella no eligió su vestido de novia, tampoco pudo elegir casarse en una iglesia.

Ella no eligió cuándo quedarse embarazada o cuántos hijos tener.  Tampoco eligió dónde vivir o qué hacer más allá de cumplir con sus obligaciones.

Cuando ya no quedaron hijos en la casa y la edad le quitó a él la salud para trabajar la tierra, pero no el ímpetu para reclamar sus derechos conyugales, ella encontró en el crochet, el camino para llevar un plato de comida a la mesa y crear esa belleza que no había sentido jamás en su corazón y que nadie le había regalado.  Cultivar flores de todas las formas y colores y ser dueña de un jardín frondoso, le permitían por primera vez, hacer de su vida un remanso y un espacio para el placer que nunca había vivido.

Él llenaba la casa con sus quejas, el olor de sus alpargatas y el olor del bacalao que le gustaba guardar en un aparador, los partidos de futbol multiplicados en la televisión y en la radio con relatos que se  superponían y contradecían.

¿Quién era ella? Él nunca lo supo, nunca la miró a los ojos para compadecerse de su tristeza o de su asco infinito o de su falta de ganas para dejarse hacer lo único que él sabía hacer con una mujer.

Él ni siquiera conocía sus pechos tersos y sedosos, flácidos por los años y la maternidad.  Allí, entre su piel inmaculadamente blanca y un corpiño que protegía día y noche el único rincón que él no necesitaba penetrar, ella guardaba sus ahorros y la estampita de la Virgen a la que rezaba a escondidas.

Yo le había preguntado, curiosa, cuando teníamos charlas cómplices en mi adolescencia, por qué guardaba sus tesoros en su corpiño (tan ingenua yo, creía que había que desnudarse para ‘hacer el amor’) y ella me respondió:

-- Es que tu abuelo allí nunca me toca, ni siquiera me desnuda.

Supongo que esa era la única intimidad y libertad que le había concedido dentro de su primitiva y tosca forma de relacionarse.

¿Quién era ella? Acaso ni ella había tenido tiempo de descubrirlo.  Había sido una hija obediente, una buena esposa y una madre dedicada y amorosa.  Para la sociedad y la familia, eso era suficiente. ¿Acaso hacía falta algo más para tener una buena vida y ‘ser feliz’?

Ella no sabía quién era, pero encontraba su felicidad en la visita de los hijos y los nietos, en los ramos de flores que regalaba, en los tejidos preciosamente perfectos que bendecían otras vidas; en esa belleza que ella era capaz de crear y multiplicar.

Nunca había tenido tanta libertad como esos años de la casa en la ciudad: podía ir de compras, elegir los hilos y lanas, podía comprar los ingredientes para hacer bollitos de anís para sus nietos o comprar a escondidas el perfume que tanto le gustaba, el polvo compacto para su rostro o el matizador para su pelo.

Pero un día, ese hombre fuerte y tozudo que jamás se enfermaba, se murió así de repente, camino a despachar una carta, una tarde de viento Zonda.

Por un instante creyó que encontraría refugio en su jardín y que disfrutaría dormir casi desnuda en las noches de calor, sin miedo a ser poseída como una hembra sin corazón.

Sin embargo, sus hijos y sus nueras (desde un amor sobreprotector) decidieron rápidamente; porque una mujer a cierta edad (o a cualquier edad) no puede ni debe estar sola.  Entonces, vendieron las pocas pertenencias, dejaron el jardín a merced de otros ocupantes que jamás valorarían su belleza y la condenaron a una vida nómade regida por las decisiones de sus hijos y los turnos y exigencias de sus nueras.

Ella, simplemente bajó la mirada, sumisa y silenciosamente, como había hecho toda su vida, se acostumbró a acomodar sus cosas en un bolso y ocupar un rincón prestado en la casa de turno.

Nadie la miró a los ojos, nadie le preguntó qué quería, nadie la creyó fuerte ni capaz, nadie la dejó elegir.

Ya no tenía que preocuparse por tejer para tener un plato de comida cada día o pagar las boletas de luz y gas. Siempre tendría techo y comida.

Tampoco podía elegir el menú del día o agasajar a sus nietos en su cocina y a su manera.

Con aquel marido que la había dejado viuda, había perdido su jardín, su cocina, sus momentos, sus pequeñas libertades y las ganas de vivir.

Siempre había un hijo feliz de tenerla en su casa y ella creyó que con eso alcanzaría.

Siempre había una nuera diligente, dispuesta a organizarle el día, elegirle los hilos y hasta indicarle en qué punto debería tejer.



Fue después de mi divorcio y con 3 hijos para criar sola, que comenzaron nuestras charlas profundas, las confesiones, las verdades nunca dichas, los gritos ahogados y ese mar de lágrimas perladas que inundaban sus ojos cuando se sentía a gusto y a salvo en el hueco de mi abrazo.

Le encantaba venir a casa:

-          Dejame que te ayude, por favor. – Y se ponía a planchar. – Me gusta sentirme útil.

En mi casa podía hacer lo que quisiera o no hacer nada, pero pocas veces nos daban permiso, todos creían que ella necesitaba un adulto normal y cuerdo que la cuidara y protegiera.  No sabían de lo mucho que disfrutaba cuidar de sus bisnietos a su manera, sin indicaciones ni restricciones.

Una de esas noches en que ella me mandaba a llamar porque no se sentía bien, charlamos entre masajes, susurros y curaciones.  Hablamos de esas cosas que sus hijos no estaban dispuestos a escuchar y sus nueras no eran capaces de intuir.

-- Quiero irme, ya no quiero más esta vida, estoy cansada.  No me dejan ir, ni vivir.  Me tienen de aquí para allá, como un adorno que se acomoda en cualquier rincón.

Le puse aceite en sus muñecas, en su frente y en su nuca.  La escuché y la arrullé hasta que se calmó y ya no quedaron lágrimas por derramar.

Entonces, la miré a los ojos, sujetando sus manos con las mías.

-- Abuela, ¿Qué quiere hacer?

-- Quiero irme, Susy, quiero irme.

-- Si, ya sé, yo tampoco aguanto vivir aquí y usted sabe cuántas veces he querido irme.  Pero, si yo le doy la posibilidad de elegir, ¿qué quiere hacer? ¿Dónde quiere que vayamos?

-- Es que todos se van a poner tristes si no les hago caso.

-- No importa, abuela, ellos eligen qué hacer con su vida.

--¿Te acordás de los jardines de hortensias en Apóstoles?

-- Si, claro que me acuerdo.

La dejé durmiendo ya más tranquila y volví a casa con mis niños.

En menos de una semana yo había vendido todo y reunido suficiente dinero.  Empaqué lo más que pude en el baúl del auto y les dije a mis hijos que emprenderíamos una aventura con su ‘nonita’, como ellos le decían.

Pasé a buscarla por casa de mis padres.  Ella me esperaba con su alma de niña, su corazón alegre y los ojos llenos de brillo.

Atrás quedó un vendaval de quejas, sermones y sentencias.

En el auto éramos cinco niños, bailando, cantando, riendo y escapando de mandatos y frustraciones familiares.

Alquilamos una casa cerca de La Cachuera, tenía un pequeño jardín descuidado, con unos manchones de verde sobre una superficie de tierra colorada surcada por la lluvia; pero un cantero lleno de claveles nos convenció de que ese era nuestro lugar.

A una semana de haber llegado, mis hijos ya tenían amigos que los invitaban a jugar; una mujer de ascendencia ucraniana con un jardín de hortensias gigantes, había invitado a mi abuela a llevar sus bollitos de anís y decorar con sus carpetas de crochet, manteles y servilletas  la casa de té que abría por las tardes. Y yo, me dediqué a escribir historias prestadas, de esas que regalan vuelos  a quien no tiene alas y dibujan palabras para quien olvidó su voz.



Con ella aprendí que hay muchas circunstancias en la vida que no podemos elegir y otras veces dejamos que elijan por nosotros por miedo a ejercer nuestra libertad.

Sin embargo, siempre podemos elegir amar, dar y hacer felices a otras personas.

Podemos elegir crear y regalar belleza, para quitar un poco de grises y amarguras.

Podemos elegir ser la mejor versión de nosotros mismos y dar todo aquello que nunca pudimos recibir.

Soledad Lorena©

Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo©

Tejedora de Puentes

 20/21 de enero de 2021

(He llorado al terminar y leer la historia.  Esa charla, esa noche existió, así como todas sus confesiones.  Yo no tuve el valor de desafiar a la familia y los dejé hacer.  En vez de regalarle un poco de alegría, vendí todo, armé mis valijas e intenté irme del país, como eso no fue posible, me fui a otra ciudad para escapar de todo aquello que no sabía cómo frenar.  Y la dejé, con esa realidad que a ambas nos agobiaba, y no pudimos despedirnos; y el día de su muerte, su tristeza me alcanzó en la distancia, en una noche de lluvia y mi cuerpo y mi corazón supieron que se había ido, antes de que llegaran las noticias.)

(En mi infancia, vivimos en diferentes provincias y ciudades, y a casi todas, mis abuelos fueron de paseo; y cuando no, las cartas con mi abuela, nos mantenían siempre cerca, siempre acompañadas en nuestras soledades.  El pueblo de Apóstoles está en la provincia de Misiones, donde viví cuando estaba en primero y segundo grado.)

Puedes conocer más sobre Escritura Terapéutica en mi página web.

Tratado sobre el Amor, incluido en el libro Amor de Madre, fue escrito con la inspiración de ese amor inmenso que solo mi abuela Ascención era capaz de brindar. Puedes escucharlo en mi canal de YouTube.


Notas:

Ella es mi abuela mágica, mi abuela Ascensión.  Estoy segura que ella está sonriendo con esa sonrisa que a todos contagiaba.

El día que murió en la ciudad de San Juan, mis hijos y yo estábamos muy lejos, buscando nuevos rumbos en San Rafael, Mendoza, después de un intento fallido de salir del país.

Ese día pusimos música y bailamos, buscamos flores y tejimos a crochet.  Ella me había pedido que hiciéramos algo que nos gustara y a ella le gustara también.

Siempre me decía, "cuando ya no esté, voy a estar mirando desde el cielo para verte feliz".  "Quiero verte feliz."

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A veces uno cree que lo que hace es muy poco o lo que siembra no volverá a florecer en la próxima primavera.

Aunque la Madre Teresa nos recuerde que el océano no sería el mismo sin la gota que somos, tendemos a sentirnos diminutos y finitos a la luz de nuestras sombras y penas.

Mi abuela Ascensión, la Nonita de mis hijos, no sembraba para cosechar, no buscaba herederos de su arte. Sembraba lo que no había recibido con la esperanza de que los corazones tristes encontraran la felicidad. Tejía porque era su manera de hacer más linda la vida y en su tejido su corazón dolía menos.

Ella nunca hubiera imaginado que sus semillas llegarían tan lejos ni que su amor inspiraría tanto. Ella se creía pequeña y casi invisible.

Esté donde esté sé que su sonrisa cristalina ilumina el cielo cuando su bisnieta teje palomas del espíritu Santo o palabras que rescatan nuestra herencia. También sé que se alegra cuando algunas de sus tataranietas dan sus primeros pasos con el crochet.




Siempre dije que si volara en algo, sería en un lampazo con piolines de colores; sin embargo cuando vi esta imagen pensé en mi abuela, que amaba los claveles. 

A ella le gustaría verme por fin libre haciendo lo que hago.

Cuando me ocupaba de ella, con masajes, oraciones o simplemente con mi corazón, ella decía sentirse mejor que con ningún médico.

A mi abuela no le gustaban los días nublados.  Se ponía triste porque decía que los seres queridos en el cielo estaban tristes.

Yo prefiero creer que nos recuerdan que todavía están con nosotros y que nos echan un poco de agua para lavarnos las penas.

Aquí estoy, mi querida Abuela, aprendiendo a ser feliz y aprendiendo a Amar y sonreír a pesar de todo.

Susie

Susana

Susannah Lorenzo©

Soledad Lorena©

Enero 2021

 

 

domingo, 11 de octubre de 2020

La Bruja de los Besos

 Me sano

Te sanas


El agua cristalina y tibia los envolvía sugerente, jugaban como niños, apoyaban los pies en uno de los bordes de la pileta, flexionaban las piernas y se impulsaban hacia atrás para medir quién llegaba más lejos. Reían con complicidad y ternura, se rozaban sin malicia y se hablaban sin palabras. Otras personas en la pileta los miraban curiosos. Se acomodaron en uno de los bordes de la piscina para devolver las miradas y desafiar los testigos;  él cruzó su pierna sobre la de ella, sin despegar un centímetro su cuerpo, ella lo miró intrigada y él simplemente sonrió para desarmar todas sus defensas.

Se despertó turbada por las emociones del sueño y el calor de la siesta que la había sorprendido bajo una manta. El sueño había sido tan real que el cuerpo guardaba la memoria de los momentos compartidos.  Miró su celular y entre las notificaciones de las redes sociales, había una de ese hombre más joven al que nunca había mirado como un sujeto deseable. Sincronicidades inexplicables…



Entonces recordó otros sueños, otros hombres, otras sensaciones, conexiones en el cosmos sin fronteras, puentes dibujados en algún lugar del infinito.  

La primera vez que sucedió, ella creyó que ese hombre tímido siempre atento y respetuoso, escondía sentimientos que no se animaba a expresar. Cada vez que ella soñaba con él y se encontraban en algún puente energético, se producía alguna clase de contacto, un mensaje, un llamado, una visita inesperada.  Más temprano que tarde, se dio cuenta que él solo buscaba el refugio de su paz, la energía sanadora de su espacio, la confidencia en sus momentos de angustia y a veces, se convertía en apenas un mensajero que el universo necesitaba para que ella resolviera asuntos terrestres.

Por eso, comenzó a ignorar, enojarse, frustrarse o sentirse culpable cada vez que en sus sueños, su piel se rozaba con el nombre de un rostro conocido y se despertaba con besos que palpitaban en su pecho.



El sueño de la pileta aún agitaba sus aguas y su río estaba despierto en remolinos de vientos sagrados.  ¿En qué se parecían todos los hombres con los que había soñado durante su celibato voluntario? Los conocía o los había conocido en persona, estaban solos o mal acompañados, eran mal amados, se amaban poco y no sabían o no estaban dispuestos a  amar intensamente; todos eran queribles pero no deseables, eran más jóvenes y desafiaban todos sus prejuicios.

Encendió un sahumerio, buscó sus aceites, dejó que su piel se volviera transparente bajo el sol de la tarde. Se dijo todas las cosas bonitas que había aprendido a decirse, jugó con sus pliegues y sus curvas, navegó humedades y se convirtió en un río dulce de almendras  y jazmines. Cuando la miel de sus labios cuajó en el punto justo, exhaló su magia para alcanzar al hombre de la pileta, descubrió su espalda, le besó la mirada, abrazó sus miedos y le susurró al oído: ‘me sano, te sanas'.  Él le devolvió la sonrisa y se enredó en las ondulaciones del río que bailaba suavizando corazones. Ella sintió algo en su boca, la herida que llevaba una semana sin cicatrizar en sus labios, pulsó al ritmo de su placer y floreció en un suspiro sin nombre; acaba de convertirse en La Bruja de los Besos.

El guardián de su mente (sí, ella tiene guardianes masculinos y crueles en su mente) la increpó: ‘¿Acaso no ibas a mantenerte virgen y casta para el buen amor sin invocar jamás el nombre de alguien sin su permiso?’

Ella se sacudió el espejismo sobre su hombro y sin dudarlo respondió: ‘Estoy aprendiendo a amar sin esperar nada, a aceptar y honrar hombres con defectos: espaldas imperfectas, pectorales sin turgencia, abdómenes excedidos, cabelleras desparejas, miedos encarcelados, heridas desatendidas, zapatos inadecuados, ropas desaliñadas. Ya no pretendo salvarlos, curarlos o amarlos; no espero que me amen, me miren o me busquen;  solo dejo que el río fluya y su cauce encuentre las rutas dibujadas en los sueños.’




Sucedía siempre en domingo, a veces de madrugada, a veces en la siesta, no los elegía, simplemente invadían su sueño espeso y profundo.  Cada encuentro era diferente y nunca sabía lo que cada quien traería consigo.  A algunos los besaba en los ojos, otros en la frente, algunos en sus labios sugerentes, a veces los besaba en la espalda, otras veces les besaba las manos; pero inevitablemente les besaba el corazón. Sus almas estaban ahí aún palpables de cada sueño y participaban sin recelos ni armaduras, dejándose besar y muchas veces, besándola donde ella ya no guardaba memorias.

Ellos comenzaban su lunes con un aire distinto, se despertaban besados y con ganas renovadas de amar y descubrir.  Intentaban recordar sus experiencias oníricas, pero no había nombres ni rostros, solo ese sabor a almendras y ese aroma a jazmines que los cubría por dentro y por fuera.  Se miraban al espejo y sonreían.  Se palpaban el pecho descubriendo una sensación que jamás los había habitado.

Ella no necesitaba averiguar, ni escribir ni llamar.  Siempre había algún mensaje, que nunca demoraba más de una semana, un comentario casual, una voz encendida, una sonrisa diferente en esas fotos distantes, la confirmación de que sus besos se habían posado y un batir de alas les había dibujado nuevos cielos.



Comenzó a preocuparse, a pensar que quizá el buen amor no llegaría, si ella estaba ocupada respondiendo al llamado de almas en sus sueños. Convocó a los guardianes de su mente, porque su corazón se sentía pleno con esos instantes sin cuerpo ni espacio. Entonces, el guardián más viejo se sentó aburrido de no tener trabajo y le respondió claramente: ‘Cuando ya no busques, ni esperes, ni juzgues, ni anheles, ni ansíes, ni siquiera en el rincón más pequeño de tu ego; el buen amor se anunciará en tus sueños y recitará en tus labios las palabras sagradas y al despertar, una voz hará eco en tu piel para decirte: “Es tiempo, ya estoy aquí.”Tu  Alma lo reconocerá por el roce de sus silencios en tu cuenco vacío.’

Soledad Lorena©

Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo

Tejedora de Puentes

Derechos Reservados

Domingo 11 de octubre de 2020


viernes, 28 de agosto de 2020

Sueños desencadenados - Poema IV

 Podría llamarte

o tal vez escribirte,

contarte que te he soñado,

mostrarte lo que tus ojos

desnudan de tu Alma.

 

Podría susurrar en tus escondites,

besar de tu corazón los rincones

que sepultas bajo tus miedos,

regalarte las luces

que perdiste en el camino.

 

Mas, me ha llevado tanto tiempo

enamorarme del espejo

y celebrar mis virtudes,

que no arriesgo mi paz

para nadar en tus tormentas.

 

Prefiero soltar mis versos al viento

y que una mañana sin prisa,

te despiertes tan amado

que ya no te sepa amargo

el sabor de la Vida.

 


Soledad Lorena ©

Tejedora de Palabras

Susana Lorenzo

Derechos Reservados

 

Sueños Desencadenados - Poema III

 Basta un solo centímetro

de cicatriz que estalla

y no hay remiendo que parche

el corazón que escapa.


En ese nudo imperfecto

de pieles en desatino,

converge toda la vida

que florece en un beso,

pacifica todas las luchas

y venera las caricias

que nos rozan el Alma.


Una permite el desvarío,

un instante

un sueño

un impulso,

luego cose con versos

las celdas del pecado.


En la inquisición de tus miedos

mi amor es el hechizo

que te devuelve la vida.


Podría amarte cien años

y despertar tus colores,

pero en tus catacumbas

mis alas mueren hechas jirones.


Mientras el cielo te espante

y reniegues de mi nombre,

no habrá placer que te llene

ni mentira que te calme.



Soledad Lorena ©

Tejedora de Palabras

Susana Lorenzo

Derechos Reservados


Sueños Desencadenados - Poema II

Contener el aliento

para no sentir,

dormir la piel

para no recordar,

destejer puentes

para no llegar,

guardar silencio

para no susurrar,

volverse invisible

para no provocar.


Hay amores que mutan,

son agua que empapa,

escarcha que lastima,

fuego que abrasa,

cenizas que lapidan.


No mueren por decreto,

no perecen con el tiempo,

una ejercita el olvido

esperando que un día

el cuerpo deshabitado

rescate su alma a la deriva.


Allí donde tú te estancas

huyendo del amor,

es donde el tiempo nos roba

los colores del paraíso.



Soledad Lorena ©

Tejedora de Palabras

Susana Lorenzo

Derechos Reservados


Sueños desencadenados - Poema I

 Soñamos en colores

lo que la mente condena irreverente,

el latido despierta a borbotones

el suspiro se agita sin rubores,

de las tumbas del olvido

las verdades prohibidas se levantan

agitando juegos oníricos perversos.


El amor sin consuelo

nos desnuda impávidos

en confesiones sin mella,

o nos bendice eternos

en besos que lavan el alma.



Soledad Lorena ©

Tejedora de Palabras

Susana Lorenzo

Derechos Reservados



Sueños desencadenados - Introducción

Una cree que finalmente es un lienzo blanco, una tabla rasa, un cuenco inmaculadamente vacío.  Una cree haber raspado la epidermis hasta borrar todo rastro, huella, eco o ruinas de aquello que a fuerza de voluntad e intención ha olvidado y superado.  Mas basta un sueño vívido y descarnado para que nuestro subconsciente nos refriegue en las narices los surcos ignorados de nuestro corazón, las cicatrices de tierra marchita que siguen floreciendo pétalos rebeldes que ignoran excusas mundanas.

Entonces, una despierta con el sueño en los labios y un puñal en el pecho llena de impotencia porque descubre que aún podría amar a quien no quiere amar ni ser amado.



martes, 28 de julio de 2020

Marea Baja

El mar se adormece
sobre la línea difusa
de un horizonte
que se pierde sin soles.

No hay rumor de olas
ni vuelos de gaviotas,
apenas el recuerdo
de los pies mojados
hundiendo pasos en la arena.

La playa se viste de desierto,
como una tierra calva
donde no ondean
ni ramas ni follajes.

No importan las plegarias
ni las noches sin luna,
ni los bailes y fogatas.

Cuando el tiempo se detiene
y los cielos no dibujan
estrellas ni mapas;
hay que cuidar el aliento,
dormir a la sombra del hastío
y simplemente esperar sin prisa
a que el mar desenrolle su falda
y quiera rozar mis costas
con su espuma,
y empapar mi labios
con cielos azules.

Soledad Lorena©
Tejedora de Palabras
28 de julio de 2020


sábado, 25 de julio de 2020

Cuando sea famosa

Para muchas personas la fama está asociada con valor agregado, calidad y reconocimiento.  Es decir, una marca, un artista, un producto o un servicio merece ser pagado con grandes sumas de dinero tan solo por haber llegado a la fama y estar en boca de miles y miles de personas.

Hace algunas semanas, una vieja amiga hizo un comentario en uno de mis escritos o publicaciones en Facebook.  De alguna manera valoraba, apreciaba o elogiaba mi creatividad y terminaba su comentario con “deberías escribir un libro”.  A lo cual respondí que tengo muchos libros escritos y editados (en forma independiente). En realidad, tengo al menos una docena de libros publicados en diferentes formatos.  Entonces, ella respondió con algo parecido a: “me refería a una escritora famosa”.

Veamos, ni ella, ni mi familia (salvo dos de mis hijas que han comprado los libros infantiles para mis nietos), ni la mayoría de mis contactos/conocidos/amigos, han comprado o tienen planes de comprar mis libros. (Tengo un par de amigas que siempre compran, difunden y comparten.)

Me quedé pensando en su visión de escritora famosa y por supuesto, no seguí el intercambio de comentarios.  ¿Acaso un escritor no se hace famoso luego de vender muchos de sus libros?   Para eso, estaría muy bueno que cada persona que disfruta de mis escritos y publicaciones, comenzara por comprar al menos un libro.  Luego, podría regalar mis libros para fechas especiales; y entonces, tarde o temprano, vendería tantos libros, que podría ser famosa, sin mediar ninguna editorial. 

¿O un escritor se hace famoso cuando una gran editorial invierte muchos billetes en campañas de difusión y publicidad, presentación y firma de libros y charlas TED?

No es la única persona que mira a la literatura desde ese lugar.  Cualquier lector que visita librerías o compra libros on line, preferirá comprar libros de una editorial reconocida y famosa, antes que apostar a un escritor independiente.


Para publicar en formato tradicional hace falta una gran inversión, para luego tener cajas de libros apiladas en nuestra casa, y vendiendo los ejemplares a precio de costo para poder sobrevivir; o bien, hace falta tener un producto comercial que sea intervenido por editores expertos que nunca llegaron a ser escritores pero que saben qué título, qué palabra y qué tema vende más en este momento.

Los escritores famosos se vuelven esclavos de sus seguidores/lectores que no les perdonan cambios de estilo, tema o finales poco acordes a trabajos anteriores.  El mercado es cruel.  Los escritores 'casados' con alguna editorial terminan escribiendo por obligación y no necesariamente lo que tienen ganas de escribir.

En esta era visual, un libro o escritor famoso es aquel que puede ver su historia o novela en la pantalla del cine, sin importar qué tanto el director cambie el argumento original o los personajes que el escritor vio con su imaginación.



¿Alguna vez me imaginé alguno de mis libros en una película?  
En general, cuando escribimos, vemos las escenas en nuestra mente, los personajes tienen aromas, cadencias, acento, ruidos y tonos de voz.  De algún modo, cada cuento, historia o novela es una pequeña película en nuestra imaginación.  Probablemente, si hemos escrito bien, escenas similares se proyecten en la mente de nuestros lectores.  

Como lectora asidua doy fe de que muy pocas películas son fieles al libro original y no sé si podría aceptar un rédito económico a cambio de ver mi historia destrozada o mis personajes bastardeados de alguna manera.

Pero si existiera tal posibilidad, de una película con todo mi aval y asesoramiento, sería seguramente La Posada de los Muertos.


Mientras tanto, la literatura /edición independiente me permite ser dueña absoluta de lo que escribo y cómo lo escribo y viajar alrededor de diferentes estilos y escribir para diferentes segmentos o variar de intensidad y profundidad, así como de temática.  Puedo estar segura que el título, el contenido y el diseño son coherentes con la inspiración y la creatividad pura que me hace sentir viva.

Como en todo lo que hago en la vida, prefiero calidad y no cantidad.  Es decir, prefiero llegar al corazón y el alma de mis lectores, aunque sean menos de 100 y que mis libros (ahora sus libros) sean leídos y compartidos una y otra vez.  ¿De qué me serviría miles de libros que nunca provocaron, rozaron, movilizaron o sanaron el corazón de mis lectores?  ¿De qué me serviría vender cientos de libros impresos en formato tradicional a personas que comprarían solo por compromiso o para coleccionar en sus bibliotecas?

¿Cuál era mi sueño de niña y adolescente? Ser escritora.  Lo soy.  Quizá, no del modo que imaginé.  En esa etapa de mi vida estaba aún contaminada por estándares de la sociedad que nos etiquetan y nos encasillan en moldes impecablemente iguales.

Probablemente, muchas de las personas que ahora no compran mis libros, lo harían si estuvieran exhibidos en una gran librería, o una editorial de renombre anunciara mi nombre y mi foto con bombos, platillos y luces de neón.


Esas personas, se pierden la calidez, la magia y el arte del trabajo dedicado en el que cada Libro Objeto es una pieza única y tiene gran parte de mi corazón, mi energía y mi alma en cada detalle.  Quizá, cuando sea famosa, no podré responder personalmente sus correos, ni tomar unos mates o una taza de té cada vez que pasan a comprar un libro, ni podré intercambiar mensajes de audio con mis lectores que viven en otras ciudades o países. Seguramente, ya no habrá señaladores o tarjetas personalizadas, no habrán ilustraciones coloreadas a mano, ni cuentas de colores, ni aromas únicos impregnados en cada entrega.  Cada libro será perfectamente igual a otros miles de libros y habrá pasado por cientos de manos hasta llegar a las tuyas.

Quienes han recibido como regalo o han comprado algunos de mis libros editados en formato artesanal, pueden dar fé de que son libros para disfrutar con todos los sentidos.  Y desde ese placer táctil, olfativo y sensual, la lectura llega por Puentes diferentes a la mente, el corazón y el alma de cada lector.



Hace ya bastantes años, presenté Cuentos Cuyanitos a un par de editoriales con sede en Buenos Aires.  Mis escritos fueron devueltos con cientos de comentarios, tachones y círculos en diferentes colores.  Alguien, con muchos años de trabajo como editora y sin haber pisado jamás la zona de Cuyo o una finca del interior, decidía sobre vocablos, giros y párrafos que debían ser cambiados o eliminados.  Sentí, al ver esa revisión, que esa persona no había sentido las historias.  Estaba, además, juzgando como adulto, una historia que debía ser disfrutada por niños.  Fue entonces, que decidí no golpear más puertas, ni prostituir mi estilo o mi creatividad a cambio del aval de un sello editorial.  Me basta con que personas adultas de diferentes países se hayan emocionado al leer Espantapájaros (una de las historias de Cuyanitos), o que los niños se diviertan leyendo las historias y puedan imaginar mundos y lugares que nunca han conocido de forma real.

Como todo artista, escritor o artesano, me encantaría vivir de lo que amo hacer, que mis libros se vendieran de tal manera que los ingresos me permitieran vivir cómodamente y seguir escribiendo o publicando.

Hasta ahora, he regalado, vendido a mitad de precio y sorteado más libros de los que he vendido en su justo valor.  Creo, que cuando comencé a regalar y sortear libros y cupones de descuento, imaginaba que esos lectores, que en forma privada elogiaban mis historias y poemas, elegirían luego mis libros para regalar a otras personas, o al menos recomendarían mi trabajo literario en las redes.  Son muy pocas personas las que reciben algo gratis (ya sea un libro, un servicio o cualquier otro premio) que se toman el tiempo de hacer una devolución pública que sirva para difundir lo recibido.  Creo que también, cuando lo que reciben está conectado a sus emociones y el puente entre su alma y su vida mundana, se lo guardan como un secreto, sintiendo vergüenza o temor de ser juzgados por su círculo familiar o de amigos.

Es que en general, se compra, se comenta, se comparte o se regala, lo que se considera de moda o socialmente aceptable para el grupo que rodea a cada persona.

Escribo poesía, cuentos, novela corta, historias infantiles, cuentos terapéuticos, reflexiones, crónicas y algo más.  O sea, que tienes diferentes estilos para elegir y darle una oportunidad a mis libros. Puedes encontrar gran parte de mi trabajo literario en formato de audio en mi canal de YouTube o puedes descargar material gratuito desde mi página web.  Incluso puedes disfrutar de una Sala de Lectura en mi página web, para conocer cada uno de los estilos y libros.


Si no estás seguro de qué libro regalar, puedes escribirme por correo o whatsapp (aprovecha ahora que aún no soy famosa) para que te oriente sobre la temática o el estilo que sea más adecuado para la persona que lo recibirá.

Si ya has leído alguno de mis libros, te aliento a que te animes y dejes tu experiencia por privado o en forma pública.  Puedes hacerlo en mi página web, en la fan page de Facebook o debajo de los vídeos en  mi canal de YouTubeTu recomendación, tus vivencias, tu experiencia de lectura pueden ser la invitación que otra persona necesita para acercarse a mis libros.

Puedes descargar Tejedora de Cielos en este enlace.

Como siempre, te escucho y te leo.

Soledad Lorena
Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes


Puedes auspiciar mi trabajo literario en estos enlaces.
Desde ya, muchas gracias.

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sábado, 11 de julio de 2020

Poesía mística

❣️Como cada año, me gusta celebrar la Amistad. Aquí, en Argentina, celebramos el 20 de Julio el Día del Amigo.
Si bien, las personas que forman parte de la comunidad de Puentes, no son todas 'amigas' en el verdadero sentido de la palabra, me acompañan con su cariño, con sus palabras de aliento y bendicen mi tarea con su plegarias y sus buenos deseos.

🎁 Aunque aún faltan algunos días, comienzo a celebrar ahora, dejándoles este regalo, para que puedan compartirlo con sus amigos, familia y seres queridos.

🌷Deseo de corazón que estas reflexiones, poesías y plegarias, puedan inspirar su corazón y acompañarlos en el Sendero de crecimiento espiritual.

 Descarga de Ebook

🛍 Pueden regalar el libro impreso en formato artesanal, como Libro Objeto, con un señalador personalizado. Los primeros ejemplares estarán listos, Dios mediante, a partir del lunes 13 de julio. De todos modos, ya pueden hacer su reserva con tiempo.
El libro impreso consta de 92 páginas A5 impresas en blanco y negro sobre papel ecológico, con tapas intervenidas a mano, cosidos con hilo encerado y con detalle de cuentas.

📬 Si quieren hacer un envío a alguna ciudad de Argentina, tengan en cuenta que Correo Argentino está demorado, por lo que deben hacer su pedido con bastante anticipación.

❣️Gracias por acompañarme, por leerme, por escucharme, por ver mis vídeos, por participar de los sorteos, por difundir, por compartir, por alentar, por celebrar, por honrar mi nombre.



Bendiciones
🌷 Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes
Soledad Lorena
Tejedora de Palabras

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 Página Web


viernes, 3 de julio de 2020

Al hombre que me espera con su sonrisa de soles



I Misiva

Perdona la tardanza,
es que me ha llevado tiempo encontrarme
para poder reconocerte.
Tenía que llegar virgen
de miedos y prejuicios
de condenas y destierros.
Anduve perdida buscándote
allí  donde mis carencias
encontraban mares de arena.
Tuve que desandar dolores
y enhebrar rosarios de perdones,
para aprender a celebrar
el hombre sagrado que te habita.
Aprendí a marinar mi piel
en soledades sin tiempo,
para que la sal de tus besos
solo saboree la huella de mi nombre.
Tuve hambre de tu sexo
y maldije los desencuentros,
hasta que en los pliegues sin recuerdo
pude anidar el aliento que fecunda.
Derroché amores
allí donde las piedras
no saben de jardines,
pintaba colores insólitos
allí donde los grises
aseguraban destinos.

A borbotones
regalaba caricias
deseando que algún aprendiz
se aventurara
a rozar mi corazón.

Pintaba graffitis,
escribía poemas,
sembraba botellas
en océanos de humo,
rezaba con premura
y te inventaba en mis cuentos.

Mas tuve que germinar
en la sombra de mis catacumbas,
para reconocerme carcelero
y saber que los cadalsos
eran apenas espejismos
de una niña temerosa
incapaz de dormir en tus brazos.

Me he ahogado en mis ríos subterráneos,
he surcado las heridas
con mis pies descalzos,
y he besado mis cicatrices
con el santo roce
del susurro que cura.



II Manifiesto

Tengo una brújula
que señala nortes
que nadie conoce.
Escribo a contramano
de modas y tendencias,
me subo a la palabra
para navegar cielos
ajenos a los mapas.

Descreo de agoreros y
voy por el sendero 
leyendo pasos y miradas.

Bailo con el viento,
canto con la lluvia
y voy dando saltitos
por los charcos de la vida.

A veces soy gigante
y puedo con casi todo,
otras veces soy pequeña
y me acurruco en un pétalo.

Me divierte inventar 
países  que no existen
poemas que enamoren
y sensaciones que pueblen
el corazón de alelíes.

Tengo un suspiro inaudito
esperando a que tus ojos
colonicen mi latido.



Soledad Lorena©
Tejedora de Palabras 
Experiencia Shakti
03 de julio de 2020
Madrugada