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viernes, 25 de agosto de 2023

Tejedora de Puentes

 


Yo vengo de mundos destejidos

y madejas enredadas,

de historias silenciadas

y palabras vedadas.

 

Por eso, yo con versos

puedo dibujar un puente

o puedo sólo tejerlo

con cuentas y un ovillo,

con un rezo tejo cielos

y con un deseo tejo magia.

 

Crecí en un bosque de ausencias

por eso tejo abrazos

con abalorios y bufandas;

heredé los amargos rosarios

de un dios que sólo castiga,

por eso mis cuerdas de oración

rezan perdones y sonrisas.

 

En un océano de agoreros

yo busco el silencio

donde Dios bendice,

y la gota que puebla

los mares de esperanza.

 

Soledad Lorena© / Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo © / Tejedora de Puentes

25 de agosto de 2023

 

Puedes escuchar el poema en este vídeo.




martes, 14 de septiembre de 2021

Esperanzas en otoño

Hay días
en que la esperanza
se desgrana
se deshace
se desvanece
se diluye
se agota.

Hay días
en que pesan tanto
los pasaportes vencidos
las maletas sin usar
los abrazos que no llegarán
las risas que no sonarán.

Son días
en que cuentas 
los calendarios sin pan
las agónicas esperas
las semillas sin flor
las noches sin susurros
los vestidos sin baile
los labios sin besos
el horizonte sin promesas
los libros sin lectores
los poemas no vividos
la cocina sin sabores
las tazas sin su té
la niña sin su postre
la mujer sin su magia
la aldaba sin ecos
los mapas sin destino
la brújula sin norte
la mirada sin espejos
el cuenco sin bendiciones
el cielo sin respuestas
la plegaria que demora
y un presente que se duerme.

Son días
en que una se pregunta
si acaso ya no queda
más asombro por vivir,
si acaso no existe
el sitio y el momento
donde por fin celebrar.

Soledad Lorena ©
Sobrevivir no es vivir
Vivir sin disfrutar
Es apenas deambular.
Susannah Lorenzo ©
Destejiendo esperanzas


jueves, 21 de enero de 2021

Claveles en el aire

 Esta historia forma parte de Historias Prestadas.


Claveles en el aire

Prolijamente y puntualmente se ha presentado su alma dando señales cada miércoles de Taller Literario.

Ya sabes, abuela, que tú me puedes.

Acabo de terminar un borrador con muchas notas.

Ya tengo tu historia. Prometo pasar en limpio y compartir en cuanto mi cuerpo descanse un poco.

Por ahora, ya sabes, me he emocionado con el final y te he visto sonreír con la libertad que te he regalado.

Susie

San Juan, 21 de enero de 2021




Hay personas que crecen con la pena y el desamor como única realidad y eligen hacer del odio su única verdad.

Hay personas que para lidiar con sus heridas necesitan sembrar esquirlas a diestra y siniestra para sentirse acompañados en la desgracia.

Hay quienes se quedan hundidos en el lodo y arrastran  a quien quiera salvarlos, por miedo a la belleza del loto que busca florecer desde el amor.

Y están las personas, como ella, mi abuela de colores, sonrisa amorosa y mano sanadora, que transmutan la pena y el desamor para regalar alegrías que nunca recibieron.

Hay mujeres, como ella, que fecundan el lodo con sus lágrimas e inventan jardines allí donde solo hay grises.

Son esas mujeres medicina que bordan sobre sus heridas flores que nunca conocieron y andan por la vida sanando y besando corazones rotos para remediar el daño que nadie supo ver en sus ojos.


Elegir

 

-- Tenés que dejar que te toque, es necesario eso, porque un hombre puede parecer bueno y simpático al hablar, pero después, no te gusta cómo te toca.

Yo tenía 14 años, estaba de novia y enamorada por primera vez en la vida y mis padres se horrorizaban porque mi novio me besaba o abrazaba sin haber pedido mi mano ni tener planes de casarse.

Yo, era demasiado ingenua e inocente y no entendía muy bien a qué se refería mi abuela o por qué me decía aquello, después de una discusión que tuve con mis padres.

A ella se le ponían los ojos grandes y la sonrisa de colores ante la sola posibilidad de verme elegir, de ver mi corazón enamorado y de disfrutar con esa pequeña felicidad que duraría tan poco.

Después de perder la libertad de amar a quién yo amaba y de vivir ese amor con la inocencia y la edad de quien aún tiene mucho por vivir, me zambullí en la tristeza y me creí prisionera de mandatos familiares.



A través de mis experiencias, ella se asomaba a un mundo que no había conocido, ni siquiera el de las libertades a medias.

Ella no había podido elegir si estudiar o no, apenas si había hecho un par de grados en una de esas escuelas no urbanas, donde en un mismo aula reunían a varios alumnos de diferentes edades.

Ella hubiera querido leer, estudiar, descubrir otros mundos y aprender algo más que lavar, cocinar y planchar. Pero venía de una familia humilde que cazaba ranas en la acequia para preparar la comida y sus padres consideraron que lo mejor sería asegurar su futuro casándola con un hombre que cumpliría con darle techo y comida.

Ella tenía 15 años y jamás había elegido qué vestido usar, no sabía nada del amor, ni de amigas, ni de fiestas.  Por eso, que su madre la llevara a los bailes del Salón Social de la Colonia, no parecía tan mala idea; después de todo, la música le gustaba y a lo mejor, esos planes de buscar marido resultaban románticos.

El arreglo fue entre él, 10 años mayor, y sus padres.  Ella, apenas si cruzó dos palabras cuando bailaron un par de piezas.  Era aún una niña inocente y divertida que encontraba gracioso el hecho de que él llevara unos dientes de ajo en el bolsillo de la camisa para disimular el olor de sus alpargatas.

Nunca supe si en realidad él estaba enamorado, vio en ella una joven bonita y guapa, acostumbrada a las tareas de una vivienda rural y supo que sería perfecta para cuidar de él y de sus padres.

Él cumplió con las obligaciones de un marido de esa época: darle techo y comida y perpetuar su apellido.

Ella tuvo que aprender de repente a cumplir con obligaciones de esposa para las que nadie la había preparado.

No hubo seducción, ni amor, ni romanticismo, ni sensualidad, ni caricias; no hubo besos dulces, ni palabras tiernas, apenas un acto básico y animal repetido mecánicamente, pero que por suerte, nunca tardaba demasiado.

Cada embarazo era la muestra de esos momentos en los que ella se sentía sucia, invadida y mancillada.  Se escondía entre trapos y quehaceres y su única esperanza era ver nacer a cada niño que le permitiría amar como ella sabía amar.

Ella no eligió su vestido de novia, tampoco pudo elegir casarse en una iglesia.

Ella no eligió cuándo quedarse embarazada o cuántos hijos tener.  Tampoco eligió dónde vivir o qué hacer más allá de cumplir con sus obligaciones.

Cuando ya no quedaron hijos en la casa y la edad le quitó a él la salud para trabajar la tierra, pero no el ímpetu para reclamar sus derechos conyugales, ella encontró en el crochet, el camino para llevar un plato de comida a la mesa y crear esa belleza que no había sentido jamás en su corazón y que nadie le había regalado.  Cultivar flores de todas las formas y colores y ser dueña de un jardín frondoso, le permitían por primera vez, hacer de su vida un remanso y un espacio para el placer que nunca había vivido.

Él llenaba la casa con sus quejas, el olor de sus alpargatas y el olor del bacalao que le gustaba guardar en un aparador, los partidos de futbol multiplicados en la televisión y en la radio con relatos que se  superponían y contradecían.

¿Quién era ella? Él nunca lo supo, nunca la miró a los ojos para compadecerse de su tristeza o de su asco infinito o de su falta de ganas para dejarse hacer lo único que él sabía hacer con una mujer.

Él ni siquiera conocía sus pechos tersos y sedosos, flácidos por los años y la maternidad.  Allí, entre su piel inmaculadamente blanca y un corpiño que protegía día y noche el único rincón que él no necesitaba penetrar, ella guardaba sus ahorros y la estampita de la Virgen a la que rezaba a escondidas.

Yo le había preguntado, curiosa, cuando teníamos charlas cómplices en mi adolescencia, por qué guardaba sus tesoros en su corpiño (tan ingenua yo, creía que había que desnudarse para ‘hacer el amor’) y ella me respondió:

-- Es que tu abuelo allí nunca me toca, ni siquiera me desnuda.

Supongo que esa era la única intimidad y libertad que le había concedido dentro de su primitiva y tosca forma de relacionarse.

¿Quién era ella? Acaso ni ella había tenido tiempo de descubrirlo.  Había sido una hija obediente, una buena esposa y una madre dedicada y amorosa.  Para la sociedad y la familia, eso era suficiente. ¿Acaso hacía falta algo más para tener una buena vida y ‘ser feliz’?

Ella no sabía quién era, pero encontraba su felicidad en la visita de los hijos y los nietos, en los ramos de flores que regalaba, en los tejidos preciosamente perfectos que bendecían otras vidas; en esa belleza que ella era capaz de crear y multiplicar.

Nunca había tenido tanta libertad como esos años de la casa en la ciudad: podía ir de compras, elegir los hilos y lanas, podía comprar los ingredientes para hacer bollitos de anís para sus nietos o comprar a escondidas el perfume que tanto le gustaba, el polvo compacto para su rostro o el matizador para su pelo.

Pero un día, ese hombre fuerte y tozudo que jamás se enfermaba, se murió así de repente, camino a despachar una carta, una tarde de viento Zonda.

Por un instante creyó que encontraría refugio en su jardín y que disfrutaría dormir casi desnuda en las noches de calor, sin miedo a ser poseída como una hembra sin corazón.

Sin embargo, sus hijos y sus nueras (desde un amor sobreprotector) decidieron rápidamente; porque una mujer a cierta edad (o a cualquier edad) no puede ni debe estar sola.  Entonces, vendieron las pocas pertenencias, dejaron el jardín a merced de otros ocupantes que jamás valorarían su belleza y la condenaron a una vida nómade regida por las decisiones de sus hijos y los turnos y exigencias de sus nueras.

Ella, simplemente bajó la mirada, sumisa y silenciosamente, como había hecho toda su vida, se acostumbró a acomodar sus cosas en un bolso y ocupar un rincón prestado en la casa de turno.

Nadie la miró a los ojos, nadie le preguntó qué quería, nadie la creyó fuerte ni capaz, nadie la dejó elegir.

Ya no tenía que preocuparse por tejer para tener un plato de comida cada día o pagar las boletas de luz y gas. Siempre tendría techo y comida.

Tampoco podía elegir el menú del día o agasajar a sus nietos en su cocina y a su manera.

Con aquel marido que la había dejado viuda, había perdido su jardín, su cocina, sus momentos, sus pequeñas libertades y las ganas de vivir.

Siempre había un hijo feliz de tenerla en su casa y ella creyó que con eso alcanzaría.

Siempre había una nuera diligente, dispuesta a organizarle el día, elegirle los hilos y hasta indicarle en qué punto debería tejer.



Fue después de mi divorcio y con 3 hijos para criar sola, que comenzaron nuestras charlas profundas, las confesiones, las verdades nunca dichas, los gritos ahogados y ese mar de lágrimas perladas que inundaban sus ojos cuando se sentía a gusto y a salvo en el hueco de mi abrazo.

Le encantaba venir a casa:

-          Dejame que te ayude, por favor. – Y se ponía a planchar. – Me gusta sentirme útil.

En mi casa podía hacer lo que quisiera o no hacer nada, pero pocas veces nos daban permiso, todos creían que ella necesitaba un adulto normal y cuerdo que la cuidara y protegiera.  No sabían de lo mucho que disfrutaba cuidar de sus bisnietos a su manera, sin indicaciones ni restricciones.

Una de esas noches en que ella me mandaba a llamar porque no se sentía bien, charlamos entre masajes, susurros y curaciones.  Hablamos de esas cosas que sus hijos no estaban dispuestos a escuchar y sus nueras no eran capaces de intuir.

-- Quiero irme, ya no quiero más esta vida, estoy cansada.  No me dejan ir, ni vivir.  Me tienen de aquí para allá, como un adorno que se acomoda en cualquier rincón.

Le puse aceite en sus muñecas, en su frente y en su nuca.  La escuché y la arrullé hasta que se calmó y ya no quedaron lágrimas por derramar.

Entonces, la miré a los ojos, sujetando sus manos con las mías.

-- Abuela, ¿Qué quiere hacer?

-- Quiero irme, Susy, quiero irme.

-- Si, ya sé, yo tampoco aguanto vivir aquí y usted sabe cuántas veces he querido irme.  Pero, si yo le doy la posibilidad de elegir, ¿qué quiere hacer? ¿Dónde quiere que vayamos?

-- Es que todos se van a poner tristes si no les hago caso.

-- No importa, abuela, ellos eligen qué hacer con su vida.

--¿Te acordás de los jardines de hortensias en Apóstoles?

-- Si, claro que me acuerdo.

La dejé durmiendo ya más tranquila y volví a casa con mis niños.

En menos de una semana yo había vendido todo y reunido suficiente dinero.  Empaqué lo más que pude en el baúl del auto y les dije a mis hijos que emprenderíamos una aventura con su ‘nonita’, como ellos le decían.

Pasé a buscarla por casa de mis padres.  Ella me esperaba con su alma de niña, su corazón alegre y los ojos llenos de brillo.

Atrás quedó un vendaval de quejas, sermones y sentencias.

En el auto éramos cinco niños, bailando, cantando, riendo y escapando de mandatos y frustraciones familiares.

Alquilamos una casa cerca de La Cachuera, tenía un pequeño jardín descuidado, con unos manchones de verde sobre una superficie de tierra colorada surcada por la lluvia; pero un cantero lleno de claveles nos convenció de que ese era nuestro lugar.

A una semana de haber llegado, mis hijos ya tenían amigos que los invitaban a jugar; una mujer de ascendencia ucraniana con un jardín de hortensias gigantes, había invitado a mi abuela a llevar sus bollitos de anís y decorar con sus carpetas de crochet, manteles y servilletas  la casa de té que abría por las tardes. Y yo, me dediqué a escribir historias prestadas, de esas que regalan vuelos  a quien no tiene alas y dibujan palabras para quien olvidó su voz.



Con ella aprendí que hay muchas circunstancias en la vida que no podemos elegir y otras veces dejamos que elijan por nosotros por miedo a ejercer nuestra libertad.

Sin embargo, siempre podemos elegir amar, dar y hacer felices a otras personas.

Podemos elegir crear y regalar belleza, para quitar un poco de grises y amarguras.

Podemos elegir ser la mejor versión de nosotros mismos y dar todo aquello que nunca pudimos recibir.

Soledad Lorena©

Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo©

Tejedora de Puentes

 20/21 de enero de 2021

(He llorado al terminar y leer la historia.  Esa charla, esa noche existió, así como todas sus confesiones.  Yo no tuve el valor de desafiar a la familia y los dejé hacer.  En vez de regalarle un poco de alegría, vendí todo, armé mis valijas e intenté irme del país, como eso no fue posible, me fui a otra ciudad para escapar de todo aquello que no sabía cómo frenar.  Y la dejé, con esa realidad que a ambas nos agobiaba, y no pudimos despedirnos; y el día de su muerte, su tristeza me alcanzó en la distancia, en una noche de lluvia y mi cuerpo y mi corazón supieron que se había ido, antes de que llegaran las noticias.)

(En mi infancia, vivimos en diferentes provincias y ciudades, y a casi todas, mis abuelos fueron de paseo; y cuando no, las cartas con mi abuela, nos mantenían siempre cerca, siempre acompañadas en nuestras soledades.  El pueblo de Apóstoles está en la provincia de Misiones, donde viví cuando estaba en primero y segundo grado.)

Puedes conocer más sobre Escritura Terapéutica en mi página web.

Tratado sobre el Amor, incluido en el libro Amor de Madre, fue escrito con la inspiración de ese amor inmenso que solo mi abuela Ascención era capaz de brindar. Puedes escucharlo en mi canal de YouTube.


Notas:

Ella es mi abuela mágica, mi abuela Ascensión.  Estoy segura que ella está sonriendo con esa sonrisa que a todos contagiaba.

El día que murió en la ciudad de San Juan, mis hijos y yo estábamos muy lejos, buscando nuevos rumbos en San Rafael, Mendoza, después de un intento fallido de salir del país.

Ese día pusimos música y bailamos, buscamos flores y tejimos a crochet.  Ella me había pedido que hiciéramos algo que nos gustara y a ella le gustara también.

Siempre me decía, "cuando ya no esté, voy a estar mirando desde el cielo para verte feliz".  "Quiero verte feliz."

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A veces uno cree que lo que hace es muy poco o lo que siembra no volverá a florecer en la próxima primavera.

Aunque la Madre Teresa nos recuerde que el océano no sería el mismo sin la gota que somos, tendemos a sentirnos diminutos y finitos a la luz de nuestras sombras y penas.

Mi abuela Ascensión, la Nonita de mis hijos, no sembraba para cosechar, no buscaba herederos de su arte. Sembraba lo que no había recibido con la esperanza de que los corazones tristes encontraran la felicidad. Tejía porque era su manera de hacer más linda la vida y en su tejido su corazón dolía menos.

Ella nunca hubiera imaginado que sus semillas llegarían tan lejos ni que su amor inspiraría tanto. Ella se creía pequeña y casi invisible.

Esté donde esté sé que su sonrisa cristalina ilumina el cielo cuando su bisnieta teje palomas del espíritu Santo o palabras que rescatan nuestra herencia. También sé que se alegra cuando algunas de sus tataranietas dan sus primeros pasos con el crochet.




Siempre dije que si volara en algo, sería en un lampazo con piolines de colores; sin embargo cuando vi esta imagen pensé en mi abuela, que amaba los claveles. 

A ella le gustaría verme por fin libre haciendo lo que hago.

Cuando me ocupaba de ella, con masajes, oraciones o simplemente con mi corazón, ella decía sentirse mejor que con ningún médico.

A mi abuela no le gustaban los días nublados.  Se ponía triste porque decía que los seres queridos en el cielo estaban tristes.

Yo prefiero creer que nos recuerdan que todavía están con nosotros y que nos echan un poco de agua para lavarnos las penas.

Aquí estoy, mi querida Abuela, aprendiendo a ser feliz y aprendiendo a Amar y sonreír a pesar de todo.

Susie

Susana

Susannah Lorenzo©

Soledad Lorena©

Enero 2021

 

 

viernes, 1 de marzo de 2013

Poema en espera


Si te anuncias,
puede que me vista de alelíes
y perfume de jazmines.

Si te tardas,
quizá me encuentres dormida,
mas bastarán tus ojos
besando mis labios
para bendecir tu llegada.

Si te confundo,
alcanza mi corazón 
con tu mano
y desnuda tu alma 
en mi suspiro.

Si me ves ya rendida,
murmura tu nombre
en mis heridas
y sana mis alas con tu lucha.

Si jamás llegas,
recita este poema
en mi responso,
para que la espera
no haya sido en vano.

Soledad Lorena
Media noche
28 Feb / 01Mar 2013



lunes, 7 de mayo de 2012

Compartiendo un cuento

La vendedora de fósforos

C l a r i s s a  P i n k o l a  E s t é s
M u j e r e s  q u e  c o r r e n  c o n  l o s  l o b o s


Había una niña que no tenía madre ni padre y que vivía en la espesura del bosque. Había una aldea en el lindero del bosque y ella había averiguado que allí podía comprar fósforos a medio penique y después venderlos por la calle a un penique. Si vendía suficientes fósforos, podía comprarse un mendrugo de pan, regresar a su cobertizo del bosque y dormir vestida con toda la ropa que tenía.

Vino el invierno y hacía mucho frío. La niña no tenía zapatos y su abrigo era tan fino que parecía transparente. Sus pies ya habían rebasado el color azul y se habían vuelto de color blanco, lo mismo que los dedos de las manos y la punta de la nariz.
La niña vagaba por las calles y preguntaba a los desconocidos si por favor le querían comprar cerillas. Pero nadie se detenía ni le prestaba la menor atención.

Por consiguiente, una noche se sentó diciendo: "Tengo cerillas, puedo encender fuego y calentarme." Pero no tenía leña. Aun así, decidió encender las cerillas.
Mientras permanecía allí sentada con las piernas estiradas, encendió el primer fósforo. Al hacerlo, tuvo la sensación de que la nieve y el frío desaparecían por completo. En lugar de los remolinos de nieve, la niña vio una preciosa estancia con una gran estufa verde de cerámica y una puerta de hierro adornada. La estufa irradiaba tanto calor que el aire parecía ondularse. La niña se acurrucó junto a la estufa y se sintió de maravilla.
Pero, de repente, la estufa se apagó y la niña se encontró de nuevo sentada en medio de la nieve. Temblaba tanto que los huesos de la cara le crujían. Entonces encendió la segunda cerilla y la luz se derramó sobre el muro del edificio junto al cual estaba sentada, y ella lo pudo atravesar con la mirada. En la habitación del otro lado de la pared había una mesa cubierta con un mantel más blanco que la nieve y sobre la mesa había platos de porcelana de purísimo color blanco y en una fuente había un pato recién guisado, pero justo cuando ella estaba alargando la mano hacia aquellos manjares, la visión se esfumó.
La niña se encontró de nuevo en la nieve. Pero ahora las rodillas y los labios ya no le dolían. Ahora el frío le escocía y se estaba abriendo camino por sus brazos y su tronco, por lo que ella decidió encender la tercera cerilla.
A la luz de la tercera cerilla vio un precioso árbol de Navidad, bellamente adornado con velas blancas, cintas de encaje y hermosos objetos de cristal y miles y miles de puntitos de luz que ella no podía distinguir con claridad.
Y entonces contempló el tronco de aquel gigantesco árbol que subía cada vez más alto y se extendía hacia el techo hasta que se convirtió en las estrellas del firmamento sobre su cabeza y, de pronto, una fulgurante estrella cruzó el cielo y ella recordó que su madre le había dicho que, cuando moría un alma, caía una estrella.
Como llovida del cielo se le apareció su amable y cariñosa abuela y ella se llenó de alegría al verla. La abuela tomó su delantal y la rodeó con él, la estrechó con fuerza contra sí y ella se puso muy contenta.

Pero poco después la abuela empezó a esfumarse. Y la niña fue encendiendo un fósforo tras otro para conservar a su abuela a su lado, un fósforo y otro y otro para no perder a su abuela hasta que, al final, la niña y su abuela ascendieron juntas al cielo, donde no hacía frío y no se pasaba hambre ni se sufría dolor. Y, a la mañana siguiente, encontraron a la niña muerta, inmóvil entre las casas.