Mostrando entradas con la etiqueta soledad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta soledad. Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de junio de 2023

Deseos inconclusos

 

A veces quisiera

rescatar la poesía

de susurrar tu nombre,

y que sonrieras

al recordar el mío.

 

A veces me gustaría

que me dieras permiso

para amarte a mi manera

y no caminar de puntillas

por tus pasadizos en ruinas.

 

A veces tengo ganas

de que me desvistas

de las culpas que sostienen

tus viejas heridas.

 

A veces quisiera

que nos diéramos libertad

para deshacer los muros,

desactivar defensas

y jubilar guardianes.

 

Bastaría con conjugar

el verbo amar

en tiempo presente;

pero quien sólo vive

con fantasmas y recuerdos,

mide el amor

con mitos del pasado.

 

Ya ves,

atardece,

llega la noche

y el amor se desvanece.

 

Soledad Lorena©

Tejedora de Palabras




martes, 26 de octubre de 2021

Pasos perdidos

A veces, solo a veces
a hurtadillas y descalza
dejo que el viento me rapte
para sembrar tímidamente
anzuelos con mí nombre
en mares desconocidos,
recuerdo impertinente
de seducciones dormidas.

Soledad Lorena©
Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes


martes, 14 de septiembre de 2021

Esperanzas en otoño

Hay días
en que la esperanza
se desgrana
se deshace
se desvanece
se diluye
se agota.

Hay días
en que pesan tanto
los pasaportes vencidos
las maletas sin usar
los abrazos que no llegarán
las risas que no sonarán.

Son días
en que cuentas 
los calendarios sin pan
las agónicas esperas
las semillas sin flor
las noches sin susurros
los vestidos sin baile
los labios sin besos
el horizonte sin promesas
los libros sin lectores
los poemas no vividos
la cocina sin sabores
las tazas sin su té
la niña sin su postre
la mujer sin su magia
la aldaba sin ecos
los mapas sin destino
la brújula sin norte
la mirada sin espejos
el cuenco sin bendiciones
el cielo sin respuestas
la plegaria que demora
y un presente que se duerme.

Son días
en que una se pregunta
si acaso ya no queda
más asombro por vivir,
si acaso no existe
el sitio y el momento
donde por fin celebrar.

Soledad Lorena ©
Sobrevivir no es vivir
Vivir sin disfrutar
Es apenas deambular.
Susannah Lorenzo ©
Destejiendo esperanzas


miércoles, 19 de febrero de 2020

Coyote

Aquel que se niega al amor
no es más que un niño lastimado
que eligió hacer de su herida
su credo, su morada
y su razón de vida.

Arrojar piedras al camino
lo distrae del viaje,
evitando aventurarse
en los meandros de su corazón.

Porque para amar es necesario
desnudar el alma,
reconocerse vulnerable
y buscar el abrazo
en los ojos piadosos
de quien no sabe odiar.

Soledad Lorena ©
Tejedora de Palabras
Derechos reservados

Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes


sábado, 23 de noviembre de 2019

La Posada de los Muertos

Comencé a escribir este libro en 2014, más o menos en la misma época en que comenzaron las historias de Cuentos Terapéuticos.

Al comienzo, sólo serían Apuntes sobre el Suicidio, luego, apareció La Posada y algunos de los personajes. En el camino, llegó Doña Muerte y perdí el ritmo del libro, subida a una montaña rusa de cambios en mi vida.

A veces, llegaban fragmentos desordenados y los escribía en la computadora o en mi libreta de notas. Otras veces era apenas un flash, una imagen, entonces, anotaba sólo palabras claves.

Hace varios meses que me tocaban el hombro, recordándome que debía terminarlo. Pero yo, estaba ocupada juntando piedras en el camino, resolviendo cosas urgentes. Entonces la vida y el universo se ocuparon de crear las condiciones necesarias para que yo, ordenara todos los fragmentos y retomara la escritura de este libro.

Fueron dos días intensos y difíciles. Sin embargo, la última noche, sucedieron milagros, y ese final que yo nunca encontraba, se mostró limpio y claro.

A mi me encanta este libro. Lo he leído dos veces en voz alta y siento que es mi ópera prima. Es un libro circular, que nos hace leer en espiral.
Es un libro que se queda a mitad de camino entre cuento y novela, en un estilo muy mío.

En plena madrugada, lo he subido a mi carpeta del Drive para compartir con ustedes.

Ebook para descargar.

La versión para imprimir, ya está casi lista. Falta decidir cómo serán las tapas personalizadas y revisar los últimos detalles.

Estaré esperando, de este lado del puente, sus comentarios y vivencias.

La edición artesanal como libro objeto, estará disponible para la venta, este fin de semana.
Gracias
Gracias
Gracias
Soledad Lorena
Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes



#ebook
#laposadadelosmuertos
#tiempodesuicidas
#libroartesanal
#vamosaleer


martes, 18 de junio de 2019

Desvarío



Miranda contempló la mesa llena de billetes y se sintió satisfecha. Había suficiente para cancelar las deudas pendientes: alquiler, prestamos, tarjetas de crédito, servicios e internet. Un grupo de billetes estaba destinado a comprar todo lo que necesitaba para vivir bien, recuperar su salud y volver a trabajar.

Durante más de seis meses, los números rojos se habían multiplicado rápidamente. Aunque a través de libros y meditaciones había aprendido a respirar, no desesperar y estar alegre a pesar de todo; el servicio de energía había sido interrumpido hacía una semana y los cobradores acechaban prolijamente cada día.



Miranda decidió primero comprar alimentos cerca de donde vivía. Estaba muy débil como para viajar al centro de la ciudad en colectivo y luego recorrer y esperar en diferentes oficinas para pagar las deudas.

Cuando intentó comprar en el almacen del barrio, el hombre la miró, se rió burlón y le dijo: “ Buen chiste, pero para comprar aquí traiga pesos argentinos.”

La señora de la panadería, la miró con ternura, le tomó las manos y le preguntó: “¿Se siente bien?” Miranda respondió que sí. La mujer puso seis tortitas recién horneadas en una bolsa, le sirvió una porción de mil hojas, de esa que a Miranda tanto le gustaba y la despidió con un “Cuídese”.

En la verdulería, la amabilidad de siempre: la verdulera le entregó la bolsa con frutas y verduras con una sonrisa y le dijo “Después me lo paga, no recibo plata extranjera.”




Fue el propietario del departamento que alquilaba quien la miró detenidamente. Desde sus ojos empañados, miraba a esa mujer que había iluminado sus días en talleres de literatura. Ahora se veía enferma y cansada, el pelo desprolijo, los ojos encerrados en profundos círculos negros.

Puso sus manos sobre las de ella y le preguntó con ternura:
– ¿Necesitas que llame a alguien?
– Nadie puede ayudarme.-- dijo ella con firmeza.
– ¡Qué bonitos billetes, Miranda!
– Los pinté yo, la última semana. Cuando pedí ayuda, sólo llegaron libros, cursos y fórmulas de Prosperidad. Todos me decían que tenía que buscar la abundancia dentro de mí. El último libro que leí, decía que si uno dibuja los billetes con el valor de sus cuentas, las deudas se cancelan completamente. Por eso puse toda mi energía y los pinté con toda la abundancia que vive dentro de mí.
– No puedo recibirlos-- dijo él-- eso no paga mis cuentas, ni las tuyas. No te preocupes, te espero unos días más.




Miranda salió avergonzada, con el puñado de billetes lustrosos, arrugados contra su pecho. Soplaba un viento frío y los dejó ir.

Buscó todos sus libros que nadie compraba e hizo una hoguera sobre la cocina, dentro de una olla. Con un martillo, destruyó el disco externo donde guardaba todos sus archivos. Si nadie disfrutaba su prosa o poesía en vida, nadie publicaría su obra post mortem.

Quiso quemar también sus mazos de tarot, pero no pudo. Los guardó en su bolso de mano junto con un pequeño frasco de pastillas. Esa mezcla perfectamente calculada sería su salvoconducto para evitar morir sus días como un vegetal, en el rincón de una casa familiar, o bajo el cobijo de jeringas en un hospital psiquiátrico.

Tomó una ducha de agua caliente, empacó lo que cabía en su valija de viaje, enrolló dos frazadas de polar y las acomodó con las manijas de la maleta.

Pasó por la casa del dueño del departamento, le entregó las llaves, pidió disculpas y luego sentenció: “No tengo cómo pagar lo que debo, puedes disponer de los muebles y electrodomésticos que quedan.”

Él quiso retenerla por el brazo, comenzó a decir algo, pero ella ya no podía escuchar.

Comenzó a caminar mientras rezaba para que Dios tuviera por fin, misericordia de sus penas.

Nadie hizo preguntas cuando pasó dos noches en un banco de la terminal de ómnibus. Guardaba aún ese porte elegante que hacía que muchos creyeran que vivía una vida fantástica.

Mientras buscaba, en la mañana, una manzana y el pequeño frasco dentro de su bolso de mano, uno de los mazos de cartas, se cayó al piso.

Unas manos que parecían salidas de una publicidad de salón de belleza, las recogieron y las pusieron sobre su falda.
--¿Me leerías las cartas, por favor?
Levantó la vista para econtrarse con una mujer joven rodeada de varias valijas de colores brillantes.

Después de la lectura, la mujer puso un fajo de billetes en el bolso de Miranda y la despidió con un beso en cada mejilla.

En la boletería, Miranda pidió un pasaje en coche cama, hasta donde alcanzaba el dinero que había recibido.
--¿Usted quiere viajar hasta la Ciudad del Fin del Mundo?
– Allí, voy.-- Dijo Miranda.

Desde la ventanilla, miró con nostalgia, la última ciudad conocida y se dispuso a dormir cómodamente durante los tres días que duraba el viaje.

Soledad Lorena@
18 de junio de 2019
Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes
Derechos Reservados


viernes, 29 de junio de 2018

Amor náufrago

Una cree que ama
infinita y poderosamente
con un amor que todo lo puede
lo alcanza y lo transforma.

Florecemos en un amor
que nos desborda
hasta que el corazón amado
nos devuelve la mirada
de un cielo sin estrellas
de un infierno de penas
y de un paisaje agreste
que no sabe de vergeles.

Allí donde nos detuvimos a amar
nada parece amado,
como si hubiésemos divagado
en laberintos de hielo
llevando soles
en un mundo distante de glaciares.

A veces el amor
no es más que un poema
naufragando en un mar de teoremas,
un verso que no puede sostenerse
entre arrecifes impíos
que descreen la belleza.

El mundo se conquista con Atilas,
la muchedumbre se duerme en la certeza
de escudos infranqueables,
de Alfonsinas que se alejan
para sangrar en el fondo del mar
los amores que nadie siente.

Soledad Lorena ©
Amor de Madre
29 junio 2018



Cristales en el pecho

La mente es un campo minado de espejismos,
lo que hoy parece tan cierto
mañana es un cristal
que estalla y nos transforma,
dejándonos desnudos
en el invierno de nuestra soledad.

Descalzos caminamos
sobre un alambrado de púas
balanceando el equilibrio
entre la cordura impuesta
y la locura que nos acecha.

Hasta el nombre se desvanece
cuando no hay eco que lo pronuncie,
la vida nos tamiza
como granos de sal
que no caben
por los poros donde una respira.

El libro de nuestras verdades
se quema en la hoguera
de miedos ajenos 
y cuando ya nadie nos lee,
en la calle queda el grito
de huracanes que siembran
recuerdos sin memoria.

Cómo un vórtice de esquirlas
el  dolor dinamita los jardines
borrándonos de la piel el vestigio
de apenas un pétalo que pudiera
enunciar la existencia de una rosa.
Soledad Lorena ©
29-06-18


martes, 22 de mayo de 2018

100 veces sí debo; 100 veces sí puedo

Disculpas: he usado un par de palabras poco poéticas y subidas de tono, pero no fueron usadas por mí en la vida real.  Los eufemismos no siempre alcanzan para mostrar el daño que pueda hacer una palabra en nuestras vidas.

La vida lo había puesto nuevamente en mi camino, buscando remedio para los males de su cuerpo.  Poco sabía él de terapias holísticas, pero venía convencido por modas y tendencias.

Sentí que la vocación era más fuerte que cualquier amor sin signos vitales.  Me escudé en su indiferencia y su poca memoria sobre una historia que había sido más mía que nuestra.

Sin embargo, cada vez que le enseñaba a respirar y apoyaba mi mano en el centro de su pecho, una rara calma lo invadía; y luego volvía buscando esa sensación que no encontraba en la vida cotidiana.

Dejé de atenderlo cuando noté que mi pulso cabalgaba sin mis riendas y que ya no podía guiarlo dejando la mujer en el desván.

Luego, llegó su hija buscando el tarot y las lecturas para que la acompañara en un despertar que la alejaba de los suyos.

Lo inevitable parecía casi evidente y terminé aceptando un encuentro en una cafetería de la peatonal.

La conversación flotó en frivolidades y derrapó en ironías de nuestra adolescencia.  Su hermano menor pasó por allí y se sentó un momento con nosotros.  Se sorprendió porque nada sabía de mi regreso a la provincia.  Propuso juntarnos para charlar e intercambiamos números de teléfono.  Apenas él siguió su camino, las ironías volvieron a la mesa, café de por medio.
--¿Todavía te gusta?
--Dejó de gustarme cuando me enamoré de vos—le respondí.
--Aquello no fue amor.—Dijo con una carcajada.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y sentí el pecho hundido por el golpe de sus palabras.
--Vos no estabas enamorado.  Yo sí te amé.  Te amé durante mucho tiempo.

Dejé unos billetes sobre la mesa y tomé mi cartera.  Ofreció llevarme a casa.  Me negué.

Apuré el paso mientras él le pagaba al mozo.  Me alcanzó de todos modos y me retuvo por el brazo.
Me miró a los ojos con una seriedad que no había visto antes y con firmeza me preguntó:
--¿Por qué te casaste con otro si me amabas tanto?

Sentí un río de sal inundar mis ojos.  Me acerqué y le susurré al oído: “No me amabas.  El me violó y ensució mi vida para siempre.  Mi madre y la tuya se encargaron durante muchos años de convencer a todos, incluyéndote, que yo era la ‘putita’ del barrio.”

Di media vuelta y corrí a buscar un taxi.

¿Se puede disimular una herida durante más de treinta años?¿Se puede vivir tanto tiempo creyendo que una se ha vuelto inmune a los efectos del primer amor?

Dicen que cuando el pasado llama, no trae nada nuevo.  Así es que dejé de responder sus mensajes y llamadas.

A veces, su hija quería hacerme saber sobre el mal humor de su padre o sobre lo bien que le harían una sesiones de terapia.

No creía yo, que mi silencio pudiera hacer algún daño al corazón petrificado de ese hombre que se burlaba del amor que aún pulsaba cuando alguien tan sólo mencionaba su nombre.

“El otro día te defendió delante de la abuela.” Dijo ella esperando mi respuesta.
La miré incrédula. ¿Qué podía entender ella de aquella vieja historia?

“Le dijo que estaba cansado de seguirle la corriente; que no quería escucharla nunca más faltarte el respeto, porque mientras habían sido novios, vos habías sido la novia más ingenua y sensible que él había tenido y que nunca habían tenido siquiera un roce por debajo de la ropa.”

Tragué saliva y tomé coraje para preguntarle: “¿Estabas ahí?”
“Si, era un almuerzo de domingo, estaban los tíos, sus mujeres y mis primos.”

Esa tarde no pudimos terminar la sesión de taller terapéutico.

Ella me rogó para que le contara sobre nuestra historia.  Yo insistí que era sólo mi historia y que no valía la pena que ella la conociera.

Me abrazó me dijo sonriendo:
--Deberías asistir a uno de tus talleres terapéuticos, a ver si te ayudás a lidiar con esas sombras.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------

Era tiempo de despertar ese libro que había dormido más de diez años en la computadora.

Respiré hondo, crucé las manos sobre mi pecho y musité: “Si vuelve a llamar, él sabrá toda la verdad, tendrá que conocer la medida de mi amor y mi desamor, sin velos, sin anestesia.”

Esa noche llamó, se sorprendió cuando atendí. Sin darle tiempo a explicar nada, le pedí su dirección de correo electrónico.

Le dije que sólo hablaríamos después de que él leyera cada página de ese libro que había escrito para sanar las heridas de su nombre.

Le envié una copia digital de ‘Amor Desnudo’, creyendo que así destruiría todos los puentes.

Dos días después llegó el primer mensaje.

“Ya entendí porque siento lo que siento cuando apoyás tu mano sobre mi pecho.”

No respondí.

Dos días más tarde llegó el siguiente mensaje.

“No puedo leer las partes en inglés, porque no las entiendo.  ¿Puedo llamarte para que me las leas?”

Accedí.

Cuando comencé a leer en inglés, me interrumpió para recordarme que necesitaba la traducción.
--Necesito leer en voz alta cada verso, cada párrafo, para recordar lo que sentía al momento de escribirlo.  Prometo que iré traduciendo.

Durante tres noches seguidas me llamó.  Mientras,  recorríamos las páginas del libro, cada cual en el archivo en su computadora.  Cuando le leí la última frase en inglés, me agradeció y con la voz quebrada me pidió perdón por no haber sabido antes.

--¿Volverías a  poner tu mano sobre mi pecho?
--Sí.  Lo hago cada vez que te recuerdo, aún cuando no estás cerca.

No supe de él durante semanas, hasta que el cartero dejó un sobre color gris perla, con mi nombre escrito en letra imprenta de forma prolija.

Sostuve el sobre contra mi pecho un largo rato, mientras las lágrimas corrían dulces como un manantial que calma la sed del caminante.

Preparé té de albahaca con limón, me arropé en el sillón con mi manta de soles amarillos y dejé que su carta me alcanzara.

Estaba escrita con lápiz sobre hojas de papel blanco, como aquellas cartas que él enviaba cuando estaba en el servicio militar.



“El pasado quedó en un lugar que ya no podemos alcanzar.
No hay forma alguna de borrar el daño que te hicieron o nos hicieron.
Tampoco viajaríamos en el tiempo para crear paradojas que nos privarían de nuestros hijos que tanto amamos.
No sé si te amaba.  Tampoco sé si te amo ahora.
Sólo siento que cuando tu mano se posa en mi pecho, yo puedo ser lo que nunca he sido, y hay algo desconocido que intenta despertarse bajo las ruinas de un corazón que creí que ya no latía.
Después de leer el libro, siento que no te conozco.  Creo que tampoco te conocía antes.  Pero a través de tu mirada descubro una parte de mí que a veces extraño.  Ese que amaste, hace tiempo que ya no me habita.
‘Para mi corazón bastan tus alas’, creo que dice algún poema.  Yo ya estoy muy viejo para levantar vuelo, tantos años adormecido me han vuelto pesado y mis laberintos de cemento aún requieren de muchas obras para comenzar a construir puentes.
Sin embargo, en ese instante en que cierro los ojos, respiro hondo y soy yo todo debajo de la palma de tu mano, desde el centro  de mi pecho, millones de conexiones me cuentan historias de los mundos que te habitan.
Cien veces quiero besarte hasta ser nuevamente el primero que descubra la dulzura de tus labios.
Cien veces quiero surcar tus cicatrices hasta que la miel de mis caricias las convierta en tatuajes con mi nombre.
Cien veces quiero erizar tu piel para inaugurar tus sensaciones, descubrirte inocente y moldearte con mis dedos como un alfarero que reinventa la arcilla.
Cien veces quiero atizar tu fuego con el roce de mis palabras hasta que las llamas borren todo recuerdo y seas tierra virgen bajo mi siembra.
Cien veces voy a dejar tus rosas cuajando con las gotas del rocío para mirarlas plenas sin tomar el jardín por arrebato.
Cien noches voy a extrañarte, sin conocer tus curvas en mis sábanas, para tejer tu llegada con pétalos de nomeolvides.
Cien días voy a pensarte, a imaginarme la magia que esconde tu cuenco y aprender a bendecir las aguas que rebalsen tus orillas.
Cien veces voy a buscarte para rodear tu cintura mientras la luna nos cuenta de eclipses y mareas.
Cien veces voy a callar para conocer tus silencios.
Cien veces voy a guiarte por el camino del placer hasta que no puedas más que decir: ‘si debo, si puedo, si quiero’.
Cien veces voy  a apoyar mi cabeza en tu pecho hasta que tu corazón me confiese los pasadizos secretos.
Cien cartas voy a escribirte hasta que las palabras no quepan en el papel y el amor nos amanezca en un abrazo.”



Soledad Lorena
Derechos Reservados
Mayo 22, 2018 

Curiosamente, mientras te soñaba despierta anoche, había olvidado que mayo  es el mes de tu cumpleaños.  Tendrás 59 ya.




Muchas veces nuestro subconsciente escribe encuentros o conversaciones en nuestros sueños mientras dormimos, como un modo de sanar heridas o resolver aquello que en la vida real no podemos.  Otras veces, suele sucederme, una película se proyecta en mis horas de insomnio (algo así como un day dreaming pero de noche), sin saber nunca qué curso tomará la historia o cómo terminará cada conversación.  De esas imágenes que son pura ficción, nacen historias como éstas.

Podría quizá formar parte de la Colección de Cuentos Terapéuticos, pero por alguna extraña razón, no me atrevo a incluirla aún; respetando quizá que aquello que yo veo en la distancia, puede ser apenas un juego de deseos reprimidos y palabras amordazadas.

Que no sea esta historia una sentencia, tampoco un decreto, sino uno de los tantos epílogos que pudo tener el libro ‘Amor Desnudo’.


sábado, 2 de diciembre de 2017

Mal queridos


¿Qué será que nos atrae de esos hombres tan rotos, vacíos y mal amados?

Será que ansiamos redimirlos y mostrarles el arte del buen amor…

Será que nuestros delirios de madre salvadora sucumben ante los ojos de ese niño perdido…

Será que los llenamos con tan poco y el llenar sus huecos, alimenta nuestra esperanza de que alguien, por fin, disipe nuestro vacío.

Será que nos gusta mirarnos en su semblante deslumbrado ante nuestra chispeante magia.

La rueda ha pasado tantas veces por esta curva, que tropieza en el callo de los pasos perdidos.

Las dudas se cierran en un pestañear, las tentaciones se desvanecen con una certeza; ya no hace falta probar para saber, intentar para fracasar.

En el borde de mi falda, tu timidez te vuelve tan pequeño; tu corazón se sueña trepando hacia mis balcones y en el risco de mis labios, tu sonrisa se estrella contra mi silencio.


Soledad Lorena
La anciana ha aprendido 
a no jugar con magos escondidos.
02.12.17


miércoles, 18 de octubre de 2017

Impasible

Latidos tropicales
encienden en secreto
los pliegues dormidos,
inquietos hacen eco
en el bullicio perdido
de atlantes deambulantes.

Por momentos se escapa
como fragancia dulce
que nada sabe de arrugas,
se esparce y se esfuma
y anida en el instinto
del que ignora los roces.

El amazonas ruge
con un bramido callado,
la montaña sucumbe
y la nieve es apenas
un refugio de miedos.

Soledad Lorena
Madrugada 6 de octubre 2017
Derechos reservados


lunes, 10 de marzo de 2014

Borde

Hay una cornisa
que deviene en cuerda floja
donde sólo se camina descalza,
donde el horizonte se esfuma
y el tiempo es incierto.

Como en el filo de una espada
todo y nada es posible,
pararme frente al espejo
y desafiar la navaja
hasta verme como un monje;
inaugurar una pipa
con aromas desconocidos
que me rapten del presente
y aspirar las penas 
que se mecen en el viento;
desafiar la muerte
que aprendí a respirar
y vivir a pleno
sin importar el qué dirán;
subirme a mis zapatos rojos
y bailar con vestidos de gasa
o simplemente
tatuarme la esperanza
donde vivían cicatrices.

Sin embargo el borde
nos recuerda el cansancio
y tienta el trampolín
para lanzarnos en caída libre,
nos anima a cruzar el portal
y deshacernos en cenizas,
juega ruleta con la cordura
y entretiene las pesadillas,
hace tratos con los relojes
disimula los alambrados
y proyecta espejismos
en las rutas que nadie transita.

En ese breve instante
los cobardes se alinean
y marchan a paso seguro,
los valientes en cambio
desnudan el coraje
para cruzar a nado
el océano del dolor.

Unos despiertan santos,
unos amanecen sabios,
otros se declaran locos
y otros sencillamente
emprenden el vuelo.

Soledad Lorena
09/10 de marzo de 2014



martes, 4 de febrero de 2014

Soledad en viaje

No se puede escapar de la soledad,
no se la puede dejar guardada
en el armario de todos los días.
Se prende de nosotros sin soltar
ni un solo centímetro de tiempo.
Parece aún crecer con la humedad
de los lugares nuevos
y de los paisajes silvestres.
Se ensancha en el abrazo vacío
en las gentes que comparten
y en las bancas para dos.
Nos avasalla en el silencio
cuando no hay mirada que devuelva
las sorpresas que encontramos,
cuando nada apura el viaje
y el regreso es apenas
un trámite de rutina
sin encuentros ni retornos.
Soledad Lorena ©
Aislada en otro paisaje
28 de enero de 2014

domingo, 5 de enero de 2014

Mírame el silencio

Es un día para que me escuches
sin que diga una sola palabra,
para que me leas 
sin tener yo que escribir
alguno de mis versos,
para que me descubras
sin tener que dibujar un mapa,
para que me entiendas
de sólo mirarme el silencio.

Soledad Lorena ©
5 de enero de 2014


lunes, 1 de julio de 2013

Ventanas



Si pudiera, iría por la vida como una heroína, usando la luz como espada y el amor como fuego sagrado.  Pintaría murales de colores en los paredones grises, desintegraría la roca en los muros tan altos, derretiría el acero en las murallas blindadas.  Pero por sobre todo, abriría grandes boquetes para inaugurar ventanas.

Ventanas con cortinas etéreas, suaves como pétalos de rosas.  Ventanas para abrir y dejar que el aire, entre a bocanadas.  Ventanas para mirar el mundo y distinguir el horizonte más allá de las fronteras.  Ventanas para soltar las palabras y la música como palomas al viento.  Ventanas para respirar los aromas de jardines ajenos.

Será que cuando abro mis ventanales, siento que la muchedumbre es una gran ciudad de edificios grises, frente a mí sólo muros, mirillas y tapiales.

Tu fortaleza puede parecer segura, libre de polvo y hojas secas, inmune a los vientos de montaña y las lluvias de la pampa.  Pero sin ventanas, sólo te llegan cuotas de sol, migajas de cielo, cuentos de amor y memorias desterradas.

Soledad Lorena ©
01 de julio de 2013


miércoles, 24 de abril de 2013

Lágrima



Es un punto de lágrima sostenida
donde el llanto no encuentra
ni cauce, ni océano, ni mares.

Un instante de latido contenido
donde el corazón impávido
no ejerce la memoria.

Un cruce de nada y todo
de apenas perceptibles
de excesivas emociones.

Se parece al segundo
antes de la muerte,
al minuto que predice
los derrumbes y maremotos.

Soledad Lorena
Acurrucada en una lágrima
24 de abril de 2013