domingo, 10 de mayo de 2026
Rastros nocturnos
miércoles, 26 de noviembre de 2025
Poema enamorado
Me doy permisopara amar tu alma,porque ella se acercaa pesar de tu ego.Me permito imaginartus besos aleteando en mis labios,tus manos navegando mi piel,tus ojos seduciendo mi templo.Abro las puertas de mi corazónpara esperarte sin prisa,aunque en esta vidanunca te atrevas a llegar.Dejo que este amor fluyaen el manantial de vidaque nutre nuestros sueñosy concede bendiciones.Juego a habitar las escenasque tu alma propiciay suspiro tu nombretatuado en mi surco de luz.Susannah Lorenzo©Soledad Lorena©26 de noviembre de 2025
martes, 23 de julio de 2024
Excavaciones
Detrás de los muros enrarecidos
de la fortaleza de mí corazón,
cruzando el foso de las aguas dormidas,
encontré tu nombre agonizando un olvido,
tejido a base de voluntades impuestas.
Con cada excavación,
con cada limpieza profunda
del recinto más sagrado de mi Ser,
descubro siempre los restos
de un amor que se resiste a morir.
Es de villanos decidir
quién no merece nuestro amor,
para condenarlo al silencio de latidos.
El Amor que nace desde el alma
ha de respirarse libremente,
dejando que la energía nos habite,
aprendiendo a sentir sin ilusiones,
permitiendo que el río fluya
sin encontrar jamás su cauce.
Acunar el rostro amado en la distancia,
suavizar la mirada ante los ojos de su espíritu,
endulzar el aliento al susurrar su nombre,
demoler las barricadas al sentir su presencia,
aceptar el destino que se teje en las estrellas;
esa es la libertad
que un corazón busca.
He dejado de ser y sentir
para acomodarme en la rigidez
de tus bulas y sentencias.
Ya no quiero ser mi verdugo
ni mi carcelero fiel;
ya no quiero luchar contra el océano,
ni navegar con viento en contra.
Exiliar el amor en las oscuras catacumbas
de nuestro corazón,
duele más que no ser amada;
porque la rigidez nos quiebra y lastima,
pero por sobre todo nos aísla
y nos aleja de la experiencia de Amar.
Una vez más,
me sumerjo en las aguas profundas,
buscando sanar las grietas,
recuperando los tesoros de mi sensibilidad,
mientras aprendo a amarte como un holograma
de un alma viajera que jamás hace nido.
Nota: Este intento de poema surgió desde una visión interna que tuve al realizar una meditación guiada para sanar y abrir mi corazón. Cuando pedimos 'Luz' para nuestros procesos, en realidad lo que recibimos es la información y la revelación de todo aquello que nos bloquea y nos nubla la visión de nuestro Yo Superior.
Soledad Lorena es el seudónimo con el que siempre he firmado mis creaciones literarias. Aquí la Tejedora de Palabras se une con la Tejedora de Puentes para buscar caminos de sanación a través de la poesía.
He subido el Poema a mi canal, para que puedas escucharlo. Además he incluido al final imágenes, frases y música para sumar más poesía e inspiración a este momento.
jueves, 7 de septiembre de 2023
Amor libre
Hay un pequeño estanque calmo y luminoso, un recodo del océano que se acomoda en un hueco de tiempo, un manto de cielo sin nubes tormentosas, donde todo parece posible.
En ese espacio, las almas se encuentran libres de prejuicios, sanas de toda herida mundana, limpias de recuerdos obsoletos.
Basta una chispa de claridad, un suspiro de alivio, un abrazo fugaz o una sonrisa sostenida, para saber que ese momento podría multiplicarse.
Pero nos aferramos, inútilmente, a los calendarios amarillentos, a los miedos ingobernables, a las excusas enfermizas, a los fracasos que alimentamos, al resentimiento que nos paraliza.
Sólo cierra los ojos, respira profundo, pregúntale a tu corazón lo que verdaderamente siente y desde ahí, simplemente imagina habitar ese refugio de verdad pura, de quietud profunda y libertad en vuelo.
Abraza y déjate abrazar.
Ama y déjate amar.
Besa y déjate besar.
La vida es hoy.
Dios habita, allí donde el Amor es libre.
Susannah Lorenzo©
jueves, 22 de junio de 2023
Deseos inconclusos
A veces quisiera
rescatar la poesía
de susurrar tu nombre,
y que sonrieras
al recordar el mío.
A veces me gustaría
que me dieras permiso
para amarte a mi manera
y no caminar de puntillas
por tus pasadizos en ruinas.
A veces tengo ganas
de que me desvistas
de las culpas que sostienen
tus viejas heridas.
A veces quisiera
que nos diéramos libertad
para deshacer los muros,
desactivar defensas
y jubilar guardianes.
Bastaría con conjugar
el verbo amar
en tiempo presente;
pero quien sólo vive
con fantasmas y recuerdos,
mide el amor
con mitos del pasado.
Ya ves,
atardece,
llega la noche
y el amor se desvanece.
Soledad Lorena©
Tejedora de Palabras
miércoles, 16 de noviembre de 2022
Besos en la siesta
Tu mano en mi cabeza
sosteniendo mis miedos,
tus ojos que me hablan,
tu corazón que respira
verdades en mi sombra.
Y allí bajo los árboles
tus labios en los míos,
una canción de besos
murmurados con ternura.
En el centro del pecho
un algodón de azúcar
endulzando el latido,
tiñendo mi voz
con el sabor de tus besos
Soledad Lorena©
En el sopor de una siesta
16 de noviembre de 2022
(Un hombre que besa así en sueños,
merece el intento de besarlo despierta)
sábado, 19 de febrero de 2022
Poetisa Perdida
Lo que alguna vez fue un corazón doliente, cautivo de desamores y abandonos, es ahora una tierra marcada por surcos trazados por la rueda gigante de la vida. En el centro, un estanque de aguas misteriosas donde florece un loto que nunca envejece.
Los jazmines y alelíes han migrado en bandadas de pétalos sumisos, sometidos a los vaivenes del destino.
Ya no quedan cobertizos ni graneros desbordados de semillas que sofocan ante mi necesidad de amar.
En algún punto del camino, descubrí que mi desesperada obsesión por amar ‘demasiado’ era un disfraz engañoso para encubrir una carencia insoportablemente dolorosa por ser reconocida, amada y aceptada.
Ya no anhelo que mi nombre habite un corazón desamorado, ni que pueble almohadas con susurros de canela y miel.
No soy el árbol frondoso con un tronco de curvas pronunciadas que lloraba la ausencia de quienes ya no buscaban su sombra ni su abrigo.
Tampoco soy aquella playa solitaria que perdía su mirada en la silueta de barcos que nunca llegaban o en el vuelo de gaviotas que mudaban de cielo.
Había una rara belleza en la poesía escrita con lágrimas de sal, en el trazo padeciente de amores incomprendidos, en la agonía constante de existir en el momento y lugar equivocado; en el beso sostenido y el abrazo contenido; en la piel despoblada de caricias, en la húmeda oscuridad de la profundidad del pozo, en el vértigo tentador del abismo sin nombre, en la herida sangrante como identidad y bandera.
La Mujer Madre es un faro apostado en una península sin coordenadas terrestres, una luz que gira tenue y lentamente solo para recordar las semillas del Amor que alguna vez sembró con tanto ahínco. Ya no es puerto ni muelle; ya no es nido ni destino; es apenas una plegaria sostenida para que su nombre solo despierte sonrisas y sensaciones de abrazos sin distancia.
La Mujer Amante es una parcela de rosas en capullo; una geografía silvestre jamás colonizada, desheredada de cicatrices, rastros y huellas de nombres ahora desconocidos; es un puñado de polvo de estrellas viajando con el viento; un nombre que solo puede ser suspirado por quien honra el Templo; un beso anónimo en las noches de luna llena; una viajera que no espera barcas ni gaviotas; una peregrina que dibuja su propio camino.
La Niña Perdida ya no llora por los rincones, lamentando su suerte y llamando a los seres azules para que regresen a buscarla. La Niña Tristeza ha encontrado en su corazón los tesoros dormidos, la Madre que todo lo sana y el talismán que descubre los pasadizos secretos. La Niña Rechazada ya no esconde sus colores ni sus dones, ni su magia. Ya no camina por las ciudades buscando salvar corazones maltrechos, como deseo ancestral de que alguien de algún modo sanara el suyo. La Niña Avergonzada ya no esconde su brillo, no baja la mirada, no susurra sus deseos, no maldice sus sueños, no negocia su paz y no deja que nadie mancille sus Alas.
La Mujer Luna abre su corazón a la noche estrellada y escucha los mensajes que el cielo murmura en su corazón.
La Mujer Medicina prepara una tisana con dos hojas de albahaca y unas gotas de limón; y en el cuenco de sus manos bendice las palabras que nos recuerdan sanos.
La Mujer Maga se reconoce hacedora de milagros y puede crear un espacio sagrado entre una parva de escombros y un paisaje de cemento. Sobre los techos de chapa y los muros imperfectos, el Cielo se extiende vasto y generoso, imperturbable ante la grotesca disposición urbana que confina los cuerpos y adormece las Almas.
La Poetisa que antes escribía se ha perdido; hubo un tiempo en que extrañaba sus poemas, pero invocarla, sería invocar una Mujer lastimada y sedienta de Amor que ya no existe. La Mujer que ahora escribe es una colección de experiencias, aprendizajes, personajes de mis cuentos y muertes en vida; pero por sobre todo es el reflejo en el espejo, de una mujer nueva, una mujer que se atreve y aprende desde la humildad de haber descubierto que el camino recién empieza.
Estoy de pie, desnuda mi alma y mi corazón, las cicatrices bordadas con hilos de seda dorados, rosas y blancos; las alas en mi espalda se agitan fuertes y desafiantes a pesar de los parches y remiendos después de tantas batallas y caídas; mi pelo se ondula con el viento, con surcos plateados que brillan bajo la luna; no llevo escudos ni armaduras, tampoco una espada; llevo apenas un vestido de gasas tenue y sutil, una amapola en el centro de mi pecho y una corona de rosas en mi cabeza. Delante de mí, camina el Arcángel Gabriel, a mi derecha el Arcángel Rafael, a mi izquierda el Arcángel Miguel y detrás de mí el Arcángel Uriel; sobre mí vuela y planea una paloma blanca rodeada de los dones del Espíritu Santo; en mis pies descalzos, las sandalias de Jesús; en mi corazón, el Amor de Dios; en mis manos el Rosario Amoroso de la Madre María; en mis ojos, lágrimas de emoción por todo lo que es y por todo lo que puede ser posible en mi vida.
Que Tu Voluntad Divina sea derramada y realizada a través de mí.
Que mis acciones sean Tu Verbo.
Que mis palabras sean Tu Sabiduría.
Que mi Amor sea Tu Amor.
Que Tu Compasión sea la nueva Poesía.
Que Tus Milagros sean las nuevas Historias a contar.
Soledad Lorena© / Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo© / Tejedora de Puentes
Viernes 18 de febrero de 2022
Mates en la escalera, después de una lectura de Tarot Evolutivo para mí.
Atardecer en San Luis, con mi libreta y un lápiz.
Una mariposa en tonos de naranjas ha revoloteado frente a mí; luego se ha posado en la medianera a la altura de mis ojos, se ha detenido y nos hemos mirado por un instante. Me ha dejado un mensaje mientras yo escribía y luego ha seguido su viaje.
Debería ejercer mi oficio de escritora todos los días, es una buena idea hacerlo en la escalera, con aire fresco, bajo el cielo inmenso. Tanto encierro me hace mal y perturba mi mente.
Debería trabajar con las cartas de Tarot cada día, transitar el camino sin expectativas y sin querer controlar el resultado con calendarios y estadísticas.
El camino de la Devoción es así: dedicar el corazón, el hábito, la mente y la intención a transitar el Sendero que Dios nos indica. Todo lo demás llega por añadidura.
Susie / Susannah / Soledad Lorena
jueves, 21 de enero de 2021
Claveles en el aire
Esta historia forma parte de Historias Prestadas.
Claveles en el aire
Prolijamente y puntualmente se ha presentado su alma dando señales cada miércoles de Taller Literario.
Ya sabes, abuela, que tú me puedes.
Acabo de terminar un borrador con muchas notas.
Ya tengo tu historia. Prometo pasar en limpio y compartir en cuanto mi cuerpo descanse un poco.
Por ahora, ya sabes, me he emocionado con el final y te he visto sonreír con la libertad que te he regalado.
Susie
San Juan, 21 de enero de 2021
Hay personas que crecen con la pena y el desamor como única realidad y eligen hacer del odio su única verdad.
Hay personas que para lidiar con sus heridas necesitan sembrar esquirlas a diestra y siniestra para sentirse acompañados en la desgracia.
Hay quienes se quedan hundidos en el lodo y arrastran a quien quiera salvarlos, por miedo a la belleza del loto que busca florecer desde el amor.
Y están las personas, como ella, mi abuela de colores, sonrisa amorosa y mano sanadora, que transmutan la pena y el desamor para regalar alegrías que nunca recibieron.
Hay mujeres, como ella, que fecundan el lodo con sus lágrimas e inventan jardines allí donde solo hay grises.
Son esas mujeres medicina que bordan sobre sus heridas flores que nunca conocieron y andan por la vida sanando y besando corazones rotos para remediar el daño que nadie supo ver en sus ojos.
Elegir
-- Tenés que dejar
que te toque, es necesario eso, porque un hombre puede parecer bueno y
simpático al hablar, pero después, no te gusta cómo te toca.
Yo tenía 14 años, estaba de novia y enamorada por primera
vez en la vida y mis padres se horrorizaban porque mi novio me besaba o
abrazaba sin haber pedido mi mano ni tener planes de casarse.
Yo, era demasiado ingenua e inocente y no entendía muy
bien a qué se refería mi abuela o por qué me decía aquello, después de una
discusión que tuve con mis padres.
A ella se le ponían los ojos grandes y la sonrisa de
colores ante la sola posibilidad de verme elegir, de ver mi corazón enamorado y
de disfrutar con esa pequeña felicidad que duraría tan poco.
Después de perder la libertad de amar a quién yo amaba y
de vivir ese amor con la inocencia y la edad de quien aún tiene mucho por
vivir, me zambullí en la tristeza y me creí prisionera de mandatos familiares.
A través de mis experiencias, ella se asomaba a un mundo
que no había conocido, ni siquiera el de las libertades a medias.
Ella no había podido elegir si estudiar o no, apenas si
había hecho un par de grados en una de esas escuelas no urbanas, donde en un
mismo aula reunían a varios alumnos de diferentes edades.
Ella hubiera querido leer, estudiar, descubrir otros
mundos y aprender algo más que lavar, cocinar y planchar. Pero venía de una
familia humilde que cazaba ranas en la acequia para preparar la comida y sus
padres consideraron que lo mejor sería asegurar su futuro casándola con un
hombre que cumpliría con darle techo y comida.
Ella tenía 15 años y jamás había elegido qué vestido
usar, no sabía nada del amor, ni de amigas, ni de fiestas. Por eso, que su madre la llevara a los bailes
del Salón Social de la Colonia, no parecía tan mala idea; después de todo, la
música le gustaba y a lo mejor, esos planes de buscar marido resultaban
románticos.
El arreglo fue entre él, 10 años mayor, y sus
padres. Ella, apenas si cruzó dos
palabras cuando bailaron un par de piezas.
Era aún una niña inocente y divertida que encontraba gracioso el hecho
de que él llevara unos dientes de ajo en el bolsillo de la camisa para
disimular el olor de sus alpargatas.
Nunca supe si en realidad él estaba enamorado, vio en
ella una joven bonita y guapa, acostumbrada a las tareas de una vivienda rural
y supo que sería perfecta para cuidar de él y de sus padres.
Él cumplió con las obligaciones de un marido de esa
época: darle techo y comida y perpetuar su apellido.
Ella tuvo que aprender de repente a cumplir con
obligaciones de esposa para las que nadie la había preparado.
No hubo seducción, ni amor, ni romanticismo, ni
sensualidad, ni caricias; no hubo besos dulces, ni palabras tiernas, apenas un
acto básico y animal repetido mecánicamente, pero que por suerte, nunca tardaba
demasiado.
Cada embarazo era la muestra de esos momentos en los que
ella se sentía sucia, invadida y mancillada.
Se escondía entre trapos y quehaceres y su única esperanza era ver nacer
a cada niño que le permitiría amar como ella sabía amar.
Ella no eligió su vestido de novia, tampoco pudo elegir
casarse en una iglesia.
Ella no eligió cuándo quedarse embarazada o cuántos hijos
tener. Tampoco eligió dónde vivir o qué
hacer más allá de cumplir con sus obligaciones.
Cuando ya no quedaron hijos en la casa y la edad le quitó
a él la salud para trabajar la tierra, pero no el ímpetu para reclamar sus
derechos conyugales, ella encontró en el crochet, el camino para llevar un
plato de comida a la mesa y crear esa belleza que no había sentido jamás en su
corazón y que nadie le había regalado. Cultivar flores de todas las formas y colores
y ser dueña de un jardín frondoso, le permitían por primera vez, hacer de su
vida un remanso y un espacio para el placer que nunca había vivido.
Él llenaba la casa con sus quejas, el olor de sus
alpargatas y el olor del bacalao que le gustaba guardar en un aparador, los
partidos de futbol multiplicados en la televisión y en la radio con relatos que
se superponían y contradecían.
¿Quién era ella? Él
nunca lo supo, nunca la miró a los ojos para compadecerse de su tristeza o de
su asco infinito o de su falta de ganas para dejarse hacer lo único que él
sabía hacer con una mujer.
Él ni siquiera conocía sus pechos tersos y sedosos,
flácidos por los años y la maternidad.
Allí, entre su piel inmaculadamente blanca y un corpiño que protegía día
y noche el único rincón que él no necesitaba penetrar, ella guardaba sus
ahorros y la estampita de la Virgen a la que rezaba a escondidas.
Yo le había preguntado, curiosa, cuando teníamos charlas cómplices
en mi adolescencia, por qué guardaba sus tesoros en su corpiño (tan ingenua yo, creía que había que
desnudarse para ‘hacer el amor’) y ella me respondió:
-- Es que tu abuelo
allí nunca me toca, ni siquiera me desnuda.
Supongo que esa era la única intimidad y libertad que le
había concedido dentro de su primitiva y tosca forma de relacionarse.
¿Quién era ella? Acaso
ni ella había tenido tiempo de descubrirlo.
Había sido una hija obediente, una buena esposa y una madre dedicada y
amorosa. Para la sociedad y la familia,
eso era suficiente. ¿Acaso hacía falta
algo más para tener una buena vida y ‘ser feliz’?
Ella no sabía quién era, pero encontraba su felicidad en
la visita de los hijos y los nietos, en los ramos de flores que regalaba, en
los tejidos preciosamente perfectos que bendecían otras vidas; en esa belleza
que ella era capaz de crear y multiplicar.
Nunca había tenido tanta libertad como esos años de la
casa en la ciudad: podía ir de compras, elegir los hilos y lanas, podía comprar
los ingredientes para hacer bollitos de anís para sus nietos o comprar a
escondidas el perfume que tanto le gustaba, el polvo compacto para su rostro o
el matizador para su pelo.
Pero un día, ese hombre fuerte y tozudo que jamás se
enfermaba, se murió así de repente, camino a despachar una carta, una tarde de
viento Zonda.
Por un instante creyó que encontraría refugio en su
jardín y que disfrutaría dormir casi desnuda en las noches de calor, sin miedo
a ser poseída como una hembra sin corazón.
Sin embargo, sus hijos y sus nueras (desde un amor sobreprotector) decidieron rápidamente; porque una
mujer a cierta edad (o a cualquier edad)
no puede ni debe estar sola. Entonces,
vendieron las pocas pertenencias, dejaron el jardín a merced de otros ocupantes
que jamás valorarían su belleza y la condenaron a una vida nómade regida por las
decisiones de sus hijos y los turnos y exigencias de sus nueras.
Ella, simplemente bajó la mirada, sumisa y
silenciosamente, como había hecho toda su vida, se acostumbró a acomodar sus
cosas en un bolso y ocupar un rincón prestado en la casa de turno.
Nadie la miró a los ojos, nadie le preguntó qué quería,
nadie la creyó fuerte ni capaz, nadie la dejó elegir.
Ya no tenía que preocuparse por tejer para tener un plato
de comida cada día o pagar las boletas de luz y gas. Siempre tendría techo y
comida.
Tampoco podía elegir el menú del día o agasajar a sus
nietos en su cocina y a su manera.
Con aquel marido que la había dejado viuda, había perdido
su jardín, su cocina, sus momentos, sus pequeñas libertades y las ganas de
vivir.
Siempre había un hijo feliz de tenerla en su casa y ella
creyó que con eso alcanzaría.
Siempre había una nuera diligente, dispuesta a
organizarle el día, elegirle los hilos y hasta indicarle en qué punto debería
tejer.
Fue después de mi divorcio y con 3 hijos para criar sola,
que comenzaron nuestras charlas profundas, las confesiones, las verdades nunca
dichas, los gritos ahogados y ese mar de lágrimas perladas que inundaban sus
ojos cuando se sentía a gusto y a salvo en el hueco de mi abrazo.
Le encantaba venir a casa:
-
Dejame
que te ayude, por favor. – Y se ponía a planchar. – Me gusta sentirme útil.
En mi casa podía hacer lo que quisiera o no hacer nada,
pero pocas veces nos daban permiso, todos creían que ella necesitaba un adulto
normal y cuerdo que la cuidara y protegiera.
No sabían de lo mucho que disfrutaba cuidar de sus bisnietos a su manera,
sin indicaciones ni restricciones.
Una de esas noches en que ella me mandaba a llamar porque
no se sentía bien, charlamos entre masajes, susurros y curaciones. Hablamos de esas cosas que sus hijos no
estaban dispuestos a escuchar y sus nueras no eran capaces de intuir.
-- Quiero irme, ya
no quiero más esta vida, estoy cansada.
No me dejan ir, ni vivir. Me
tienen de aquí para allá, como un adorno que se acomoda en cualquier rincón.
Le puse aceite en sus muñecas, en su frente y en su
nuca. La escuché y la arrullé hasta que
se calmó y ya no quedaron lágrimas por derramar.
Entonces, la miré a los ojos, sujetando sus manos con las
mías.
-- Abuela, ¿Qué
quiere hacer?
-- Quiero irme,
Susy, quiero irme.
-- Si, ya sé, yo
tampoco aguanto vivir aquí y usted sabe cuántas veces he querido irme. Pero, si yo le doy la posibilidad de elegir,
¿qué quiere hacer? ¿Dónde quiere que vayamos?
-- Es que todos se
van a poner tristes si no les hago caso.
-- No importa,
abuela, ellos eligen qué hacer con su vida.
--¿Te acordás de los
jardines de hortensias en Apóstoles?
-- Si, claro que me
acuerdo.
La dejé durmiendo ya más tranquila y volví a casa con mis
niños.
En menos de una semana yo había vendido todo y reunido
suficiente dinero. Empaqué lo más que
pude en el baúl del auto y les dije a mis hijos que emprenderíamos una aventura
con su ‘nonita’, como ellos le decían.
Pasé a buscarla por casa de mis padres. Ella me esperaba con su alma de niña, su
corazón alegre y los ojos llenos de brillo.
Atrás quedó un vendaval de quejas, sermones y sentencias.
En el auto éramos cinco niños, bailando, cantando, riendo
y escapando de mandatos y frustraciones familiares.
Alquilamos una casa cerca de La Cachuera, tenía un
pequeño jardín descuidado, con unos manchones de verde sobre una superficie de
tierra colorada surcada por la lluvia; pero un cantero lleno de claveles nos
convenció de que ese era nuestro lugar.
A una semana de haber llegado, mis hijos ya tenían amigos
que los invitaban a jugar; una mujer de ascendencia ucraniana con un jardín de
hortensias gigantes, había invitado a mi abuela a llevar sus bollitos de anís y
decorar con sus carpetas de crochet, manteles y servilletas la casa de té que abría por las tardes. Y yo,
me dediqué a escribir historias prestadas, de esas que regalan vuelos a quien no tiene alas y dibujan palabras para
quien olvidó su voz.
Con ella aprendí que hay
muchas circunstancias en la vida que no podemos elegir y otras veces dejamos
que elijan por nosotros por miedo a ejercer nuestra libertad.
Sin embargo, siempre podemos
elegir amar, dar y hacer felices a otras personas.
Podemos elegir crear y
regalar belleza, para quitar un poco de grises y amarguras.
Podemos elegir ser la mejor
versión de nosotros mismos y dar todo aquello que nunca pudimos recibir.
Soledad
Lorena©
Tejedora
de Palabras
Susannah
Lorenzo©
Tejedora
de Puentes
20/21 de enero de 2021
(He llorado al terminar y leer la historia. Esa charla, esa noche existió, así como todas sus confesiones. Yo no tuve el valor de desafiar a la familia y los dejé hacer. En vez de regalarle un poco de alegría, vendí todo, armé mis valijas e intenté irme del país, como eso no fue posible, me fui a otra ciudad para escapar de todo aquello que no sabía cómo frenar. Y la dejé, con esa realidad que a ambas nos agobiaba, y no pudimos despedirnos; y el día de su muerte, su tristeza me alcanzó en la distancia, en una noche de lluvia y mi cuerpo y mi corazón supieron que se había ido, antes de que llegaran las noticias.)
(En mi infancia, vivimos en diferentes provincias y ciudades, y a casi todas, mis abuelos fueron de paseo; y cuando no, las cartas con mi abuela, nos mantenían siempre cerca, siempre acompañadas en nuestras soledades. El pueblo de Apóstoles está en la provincia de Misiones, donde viví cuando estaba en primero y segundo grado.)
Puedes conocer más sobre Escritura Terapéutica en mi página web.
Tratado sobre el Amor, incluido en el libro Amor de Madre, fue escrito con la inspiración de ese amor inmenso que solo mi abuela Ascención era capaz de brindar. Puedes escucharlo en mi canal de YouTube.
Notas:
Ella es mi abuela mágica, mi abuela Ascensión. Estoy segura que ella está sonriendo con esa sonrisa que a todos contagiaba.
El día que murió en la ciudad de San Juan, mis hijos y yo estábamos muy lejos, buscando nuevos rumbos en San Rafael, Mendoza, después de un intento fallido de salir del país.
Ese día pusimos música y bailamos, buscamos flores y tejimos a crochet. Ella me había pedido que hiciéramos algo que nos gustara y a ella le gustara también.
Siempre me decía, "cuando ya no esté, voy a estar mirando desde el cielo para verte feliz". "Quiero verte feliz."
Ella nunca hubiera imaginado que sus semillas llegarían tan lejos ni que su amor inspiraría tanto. Ella se creía pequeña y casi invisible.
Esté donde esté sé que su sonrisa cristalina ilumina el cielo cuando su bisnieta teje palomas del espíritu Santo o palabras que rescatan nuestra herencia. También sé que se alegra cuando algunas de sus tataranietas dan sus primeros pasos con el crochet.
Siempre dije que si volara en algo, sería en un lampazo con piolines de colores; sin embargo cuando vi esta imagen pensé en mi abuela, que amaba los claveles.
A ella le gustaría verme por fin libre haciendo lo que hago.
Cuando me ocupaba de ella, con masajes, oraciones o simplemente con mi corazón, ella decía sentirse mejor que con ningún médico.
A mi abuela no le gustaban los días nublados. Se ponía triste porque decía que los seres queridos en el cielo estaban tristes.
Yo prefiero creer que nos recuerdan que todavía están con nosotros y que nos echan un poco de agua para lavarnos las penas.
Aquí estoy, mi querida Abuela, aprendiendo a ser feliz y aprendiendo a Amar y sonreír a pesar de todo.
Susie
Susana
Susannah
Lorenzo©
Soledad
Lorena©
Enero
2021
domingo, 11 de octubre de 2020
La Bruja de los Besos
Me sano
Te sanas
El agua cristalina y tibia los envolvía sugerente, jugaban como niños, apoyaban los pies en uno de los bordes de la pileta, flexionaban las piernas y se impulsaban hacia atrás para medir quién llegaba más lejos. Reían con complicidad y ternura, se rozaban sin malicia y se hablaban sin palabras. Otras personas en la pileta los miraban curiosos. Se acomodaron en uno de los bordes de la piscina para devolver las miradas y desafiar los testigos; él cruzó su pierna sobre la de ella, sin despegar un centímetro su cuerpo, ella lo miró intrigada y él simplemente sonrió para desarmar todas sus defensas.
Se despertó turbada por las emociones del sueño y el calor de la siesta que la había sorprendido bajo una manta. El sueño había sido tan real que el cuerpo guardaba la memoria de los momentos compartidos. Miró su celular y entre las notificaciones de las redes sociales, había una de ese hombre más joven al que nunca había mirado como un sujeto deseable. Sincronicidades inexplicables…
Entonces recordó otros sueños, otros hombres, otras sensaciones, conexiones en el cosmos sin fronteras, puentes dibujados en algún lugar del infinito.
La primera vez que sucedió, ella creyó que ese hombre tímido siempre atento y respetuoso, escondía sentimientos que no se animaba a expresar. Cada vez que ella soñaba con él y se encontraban en algún puente energético, se producía alguna clase de contacto, un mensaje, un llamado, una visita inesperada. Más temprano que tarde, se dio cuenta que él solo buscaba el refugio de su paz, la energía sanadora de su espacio, la confidencia en sus momentos de angustia y a veces, se convertía en apenas un mensajero que el universo necesitaba para que ella resolviera asuntos terrestres.
Por eso, comenzó a ignorar, enojarse, frustrarse o sentirse culpable cada vez que en sus sueños, su piel se rozaba con el nombre de un rostro conocido y se despertaba con besos que palpitaban en su pecho.
El sueño de la pileta aún agitaba sus aguas y su río estaba despierto en remolinos de vientos sagrados. ¿En qué se parecían todos los hombres con los que había soñado durante su celibato voluntario? Los conocía o los había conocido en persona, estaban solos o mal acompañados, eran mal amados, se amaban poco y no sabían o no estaban dispuestos a amar intensamente; todos eran queribles pero no deseables, eran más jóvenes y desafiaban todos sus prejuicios.
Encendió un sahumerio, buscó sus aceites, dejó que su piel se volviera transparente bajo el sol de la tarde. Se dijo todas las cosas bonitas que había aprendido a decirse, jugó con sus pliegues y sus curvas, navegó humedades y se convirtió en un río dulce de almendras y jazmines. Cuando la miel de sus labios cuajó en el punto justo, exhaló su magia para alcanzar al hombre de la pileta, descubrió su espalda, le besó la mirada, abrazó sus miedos y le susurró al oído: ‘me sano, te sanas'. Él le devolvió la sonrisa y se enredó en las ondulaciones del río que bailaba suavizando corazones. Ella sintió algo en su boca, la herida que llevaba una semana sin cicatrizar en sus labios, pulsó al ritmo de su placer y floreció en un suspiro sin nombre; acaba de convertirse en La Bruja de los Besos.
El guardián de su mente (sí, ella tiene guardianes masculinos y crueles en su mente) la increpó: ‘¿Acaso no ibas a mantenerte virgen y casta para el buen amor sin invocar jamás el nombre de alguien sin su permiso?’
Ella se sacudió el espejismo sobre su hombro y sin dudarlo respondió: ‘Estoy aprendiendo a amar sin esperar nada, a aceptar y honrar hombres con defectos: espaldas imperfectas, pectorales sin turgencia, abdómenes excedidos, cabelleras desparejas, miedos encarcelados, heridas desatendidas, zapatos inadecuados, ropas desaliñadas. Ya no pretendo salvarlos, curarlos o amarlos; no espero que me amen, me miren o me busquen; solo dejo que el río fluya y su cauce encuentre las rutas dibujadas en los sueños.’
Sucedía siempre en domingo, a veces de madrugada, a veces en la siesta, no los elegía, simplemente invadían su sueño espeso y profundo. Cada encuentro era diferente y nunca sabía lo que cada quien traería consigo. A algunos los besaba en los ojos, otros en la frente, algunos en sus labios sugerentes, a veces los besaba en la espalda, otras veces les besaba las manos; pero inevitablemente les besaba el corazón. Sus almas estaban ahí aún palpables de cada sueño y participaban sin recelos ni armaduras, dejándose besar y muchas veces, besándola donde ella ya no guardaba memorias.
Ellos comenzaban su lunes con un aire distinto, se despertaban besados y con ganas renovadas de amar y descubrir. Intentaban recordar sus experiencias oníricas, pero no había nombres ni rostros, solo ese sabor a almendras y ese aroma a jazmines que los cubría por dentro y por fuera. Se miraban al espejo y sonreían. Se palpaban el pecho descubriendo una sensación que jamás los había habitado.
Ella no necesitaba averiguar, ni escribir ni llamar. Siempre había algún mensaje, que nunca demoraba más de una semana, un comentario casual, una voz encendida, una sonrisa diferente en esas fotos distantes, la confirmación de que sus besos se habían posado y un batir de alas les había dibujado nuevos cielos.
Comenzó a preocuparse, a pensar que quizá el buen amor no llegaría, si ella estaba ocupada respondiendo al llamado de almas en sus sueños. Convocó a los guardianes de su mente, porque su corazón se sentía pleno con esos instantes sin cuerpo ni espacio. Entonces, el guardián más viejo se sentó aburrido de no tener trabajo y le respondió claramente: ‘Cuando ya no busques, ni esperes, ni juzgues, ni anheles, ni ansíes, ni siquiera en el rincón más pequeño de tu ego; el buen amor se anunciará en tus sueños y recitará en tus labios las palabras sagradas y al despertar, una voz hará eco en tu piel para decirte: “Es tiempo, ya estoy aquí.”Tu Alma lo reconocerá por el roce de sus silencios en tu cuenco vacío.’
Soledad Lorena©
Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes
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Domingo 11 de octubre de 2020

















