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jueves, 22 de junio de 2023

Deseos inconclusos

 

A veces quisiera

rescatar la poesía

de susurrar tu nombre,

y que sonrieras

al recordar el mío.

 

A veces me gustaría

que me dieras permiso

para amarte a mi manera

y no caminar de puntillas

por tus pasadizos en ruinas.

 

A veces tengo ganas

de que me desvistas

de las culpas que sostienen

tus viejas heridas.

 

A veces quisiera

que nos diéramos libertad

para deshacer los muros,

desactivar defensas

y jubilar guardianes.

 

Bastaría con conjugar

el verbo amar

en tiempo presente;

pero quien sólo vive

con fantasmas y recuerdos,

mide el amor

con mitos del pasado.

 

Ya ves,

atardece,

llega la noche

y el amor se desvanece.

 

Soledad Lorena©

Tejedora de Palabras




jueves, 21 de enero de 2021

Claveles en el aire

 Esta historia forma parte de Historias Prestadas.


Claveles en el aire

Prolijamente y puntualmente se ha presentado su alma dando señales cada miércoles de Taller Literario.

Ya sabes, abuela, que tú me puedes.

Acabo de terminar un borrador con muchas notas.

Ya tengo tu historia. Prometo pasar en limpio y compartir en cuanto mi cuerpo descanse un poco.

Por ahora, ya sabes, me he emocionado con el final y te he visto sonreír con la libertad que te he regalado.

Susie

San Juan, 21 de enero de 2021




Hay personas que crecen con la pena y el desamor como única realidad y eligen hacer del odio su única verdad.

Hay personas que para lidiar con sus heridas necesitan sembrar esquirlas a diestra y siniestra para sentirse acompañados en la desgracia.

Hay quienes se quedan hundidos en el lodo y arrastran  a quien quiera salvarlos, por miedo a la belleza del loto que busca florecer desde el amor.

Y están las personas, como ella, mi abuela de colores, sonrisa amorosa y mano sanadora, que transmutan la pena y el desamor para regalar alegrías que nunca recibieron.

Hay mujeres, como ella, que fecundan el lodo con sus lágrimas e inventan jardines allí donde solo hay grises.

Son esas mujeres medicina que bordan sobre sus heridas flores que nunca conocieron y andan por la vida sanando y besando corazones rotos para remediar el daño que nadie supo ver en sus ojos.


Elegir

 

-- Tenés que dejar que te toque, es necesario eso, porque un hombre puede parecer bueno y simpático al hablar, pero después, no te gusta cómo te toca.

Yo tenía 14 años, estaba de novia y enamorada por primera vez en la vida y mis padres se horrorizaban porque mi novio me besaba o abrazaba sin haber pedido mi mano ni tener planes de casarse.

Yo, era demasiado ingenua e inocente y no entendía muy bien a qué se refería mi abuela o por qué me decía aquello, después de una discusión que tuve con mis padres.

A ella se le ponían los ojos grandes y la sonrisa de colores ante la sola posibilidad de verme elegir, de ver mi corazón enamorado y de disfrutar con esa pequeña felicidad que duraría tan poco.

Después de perder la libertad de amar a quién yo amaba y de vivir ese amor con la inocencia y la edad de quien aún tiene mucho por vivir, me zambullí en la tristeza y me creí prisionera de mandatos familiares.



A través de mis experiencias, ella se asomaba a un mundo que no había conocido, ni siquiera el de las libertades a medias.

Ella no había podido elegir si estudiar o no, apenas si había hecho un par de grados en una de esas escuelas no urbanas, donde en un mismo aula reunían a varios alumnos de diferentes edades.

Ella hubiera querido leer, estudiar, descubrir otros mundos y aprender algo más que lavar, cocinar y planchar. Pero venía de una familia humilde que cazaba ranas en la acequia para preparar la comida y sus padres consideraron que lo mejor sería asegurar su futuro casándola con un hombre que cumpliría con darle techo y comida.

Ella tenía 15 años y jamás había elegido qué vestido usar, no sabía nada del amor, ni de amigas, ni de fiestas.  Por eso, que su madre la llevara a los bailes del Salón Social de la Colonia, no parecía tan mala idea; después de todo, la música le gustaba y a lo mejor, esos planes de buscar marido resultaban románticos.

El arreglo fue entre él, 10 años mayor, y sus padres.  Ella, apenas si cruzó dos palabras cuando bailaron un par de piezas.  Era aún una niña inocente y divertida que encontraba gracioso el hecho de que él llevara unos dientes de ajo en el bolsillo de la camisa para disimular el olor de sus alpargatas.

Nunca supe si en realidad él estaba enamorado, vio en ella una joven bonita y guapa, acostumbrada a las tareas de una vivienda rural y supo que sería perfecta para cuidar de él y de sus padres.

Él cumplió con las obligaciones de un marido de esa época: darle techo y comida y perpetuar su apellido.

Ella tuvo que aprender de repente a cumplir con obligaciones de esposa para las que nadie la había preparado.

No hubo seducción, ni amor, ni romanticismo, ni sensualidad, ni caricias; no hubo besos dulces, ni palabras tiernas, apenas un acto básico y animal repetido mecánicamente, pero que por suerte, nunca tardaba demasiado.

Cada embarazo era la muestra de esos momentos en los que ella se sentía sucia, invadida y mancillada.  Se escondía entre trapos y quehaceres y su única esperanza era ver nacer a cada niño que le permitiría amar como ella sabía amar.

Ella no eligió su vestido de novia, tampoco pudo elegir casarse en una iglesia.

Ella no eligió cuándo quedarse embarazada o cuántos hijos tener.  Tampoco eligió dónde vivir o qué hacer más allá de cumplir con sus obligaciones.

Cuando ya no quedaron hijos en la casa y la edad le quitó a él la salud para trabajar la tierra, pero no el ímpetu para reclamar sus derechos conyugales, ella encontró en el crochet, el camino para llevar un plato de comida a la mesa y crear esa belleza que no había sentido jamás en su corazón y que nadie le había regalado.  Cultivar flores de todas las formas y colores y ser dueña de un jardín frondoso, le permitían por primera vez, hacer de su vida un remanso y un espacio para el placer que nunca había vivido.

Él llenaba la casa con sus quejas, el olor de sus alpargatas y el olor del bacalao que le gustaba guardar en un aparador, los partidos de futbol multiplicados en la televisión y en la radio con relatos que se  superponían y contradecían.

¿Quién era ella? Él nunca lo supo, nunca la miró a los ojos para compadecerse de su tristeza o de su asco infinito o de su falta de ganas para dejarse hacer lo único que él sabía hacer con una mujer.

Él ni siquiera conocía sus pechos tersos y sedosos, flácidos por los años y la maternidad.  Allí, entre su piel inmaculadamente blanca y un corpiño que protegía día y noche el único rincón que él no necesitaba penetrar, ella guardaba sus ahorros y la estampita de la Virgen a la que rezaba a escondidas.

Yo le había preguntado, curiosa, cuando teníamos charlas cómplices en mi adolescencia, por qué guardaba sus tesoros en su corpiño (tan ingenua yo, creía que había que desnudarse para ‘hacer el amor’) y ella me respondió:

-- Es que tu abuelo allí nunca me toca, ni siquiera me desnuda.

Supongo que esa era la única intimidad y libertad que le había concedido dentro de su primitiva y tosca forma de relacionarse.

¿Quién era ella? Acaso ni ella había tenido tiempo de descubrirlo.  Había sido una hija obediente, una buena esposa y una madre dedicada y amorosa.  Para la sociedad y la familia, eso era suficiente. ¿Acaso hacía falta algo más para tener una buena vida y ‘ser feliz’?

Ella no sabía quién era, pero encontraba su felicidad en la visita de los hijos y los nietos, en los ramos de flores que regalaba, en los tejidos preciosamente perfectos que bendecían otras vidas; en esa belleza que ella era capaz de crear y multiplicar.

Nunca había tenido tanta libertad como esos años de la casa en la ciudad: podía ir de compras, elegir los hilos y lanas, podía comprar los ingredientes para hacer bollitos de anís para sus nietos o comprar a escondidas el perfume que tanto le gustaba, el polvo compacto para su rostro o el matizador para su pelo.

Pero un día, ese hombre fuerte y tozudo que jamás se enfermaba, se murió así de repente, camino a despachar una carta, una tarde de viento Zonda.

Por un instante creyó que encontraría refugio en su jardín y que disfrutaría dormir casi desnuda en las noches de calor, sin miedo a ser poseída como una hembra sin corazón.

Sin embargo, sus hijos y sus nueras (desde un amor sobreprotector) decidieron rápidamente; porque una mujer a cierta edad (o a cualquier edad) no puede ni debe estar sola.  Entonces, vendieron las pocas pertenencias, dejaron el jardín a merced de otros ocupantes que jamás valorarían su belleza y la condenaron a una vida nómade regida por las decisiones de sus hijos y los turnos y exigencias de sus nueras.

Ella, simplemente bajó la mirada, sumisa y silenciosamente, como había hecho toda su vida, se acostumbró a acomodar sus cosas en un bolso y ocupar un rincón prestado en la casa de turno.

Nadie la miró a los ojos, nadie le preguntó qué quería, nadie la creyó fuerte ni capaz, nadie la dejó elegir.

Ya no tenía que preocuparse por tejer para tener un plato de comida cada día o pagar las boletas de luz y gas. Siempre tendría techo y comida.

Tampoco podía elegir el menú del día o agasajar a sus nietos en su cocina y a su manera.

Con aquel marido que la había dejado viuda, había perdido su jardín, su cocina, sus momentos, sus pequeñas libertades y las ganas de vivir.

Siempre había un hijo feliz de tenerla en su casa y ella creyó que con eso alcanzaría.

Siempre había una nuera diligente, dispuesta a organizarle el día, elegirle los hilos y hasta indicarle en qué punto debería tejer.



Fue después de mi divorcio y con 3 hijos para criar sola, que comenzaron nuestras charlas profundas, las confesiones, las verdades nunca dichas, los gritos ahogados y ese mar de lágrimas perladas que inundaban sus ojos cuando se sentía a gusto y a salvo en el hueco de mi abrazo.

Le encantaba venir a casa:

-          Dejame que te ayude, por favor. – Y se ponía a planchar. – Me gusta sentirme útil.

En mi casa podía hacer lo que quisiera o no hacer nada, pero pocas veces nos daban permiso, todos creían que ella necesitaba un adulto normal y cuerdo que la cuidara y protegiera.  No sabían de lo mucho que disfrutaba cuidar de sus bisnietos a su manera, sin indicaciones ni restricciones.

Una de esas noches en que ella me mandaba a llamar porque no se sentía bien, charlamos entre masajes, susurros y curaciones.  Hablamos de esas cosas que sus hijos no estaban dispuestos a escuchar y sus nueras no eran capaces de intuir.

-- Quiero irme, ya no quiero más esta vida, estoy cansada.  No me dejan ir, ni vivir.  Me tienen de aquí para allá, como un adorno que se acomoda en cualquier rincón.

Le puse aceite en sus muñecas, en su frente y en su nuca.  La escuché y la arrullé hasta que se calmó y ya no quedaron lágrimas por derramar.

Entonces, la miré a los ojos, sujetando sus manos con las mías.

-- Abuela, ¿Qué quiere hacer?

-- Quiero irme, Susy, quiero irme.

-- Si, ya sé, yo tampoco aguanto vivir aquí y usted sabe cuántas veces he querido irme.  Pero, si yo le doy la posibilidad de elegir, ¿qué quiere hacer? ¿Dónde quiere que vayamos?

-- Es que todos se van a poner tristes si no les hago caso.

-- No importa, abuela, ellos eligen qué hacer con su vida.

--¿Te acordás de los jardines de hortensias en Apóstoles?

-- Si, claro que me acuerdo.

La dejé durmiendo ya más tranquila y volví a casa con mis niños.

En menos de una semana yo había vendido todo y reunido suficiente dinero.  Empaqué lo más que pude en el baúl del auto y les dije a mis hijos que emprenderíamos una aventura con su ‘nonita’, como ellos le decían.

Pasé a buscarla por casa de mis padres.  Ella me esperaba con su alma de niña, su corazón alegre y los ojos llenos de brillo.

Atrás quedó un vendaval de quejas, sermones y sentencias.

En el auto éramos cinco niños, bailando, cantando, riendo y escapando de mandatos y frustraciones familiares.

Alquilamos una casa cerca de La Cachuera, tenía un pequeño jardín descuidado, con unos manchones de verde sobre una superficie de tierra colorada surcada por la lluvia; pero un cantero lleno de claveles nos convenció de que ese era nuestro lugar.

A una semana de haber llegado, mis hijos ya tenían amigos que los invitaban a jugar; una mujer de ascendencia ucraniana con un jardín de hortensias gigantes, había invitado a mi abuela a llevar sus bollitos de anís y decorar con sus carpetas de crochet, manteles y servilletas  la casa de té que abría por las tardes. Y yo, me dediqué a escribir historias prestadas, de esas que regalan vuelos  a quien no tiene alas y dibujan palabras para quien olvidó su voz.



Con ella aprendí que hay muchas circunstancias en la vida que no podemos elegir y otras veces dejamos que elijan por nosotros por miedo a ejercer nuestra libertad.

Sin embargo, siempre podemos elegir amar, dar y hacer felices a otras personas.

Podemos elegir crear y regalar belleza, para quitar un poco de grises y amarguras.

Podemos elegir ser la mejor versión de nosotros mismos y dar todo aquello que nunca pudimos recibir.

Soledad Lorena©

Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo©

Tejedora de Puentes

 20/21 de enero de 2021

(He llorado al terminar y leer la historia.  Esa charla, esa noche existió, así como todas sus confesiones.  Yo no tuve el valor de desafiar a la familia y los dejé hacer.  En vez de regalarle un poco de alegría, vendí todo, armé mis valijas e intenté irme del país, como eso no fue posible, me fui a otra ciudad para escapar de todo aquello que no sabía cómo frenar.  Y la dejé, con esa realidad que a ambas nos agobiaba, y no pudimos despedirnos; y el día de su muerte, su tristeza me alcanzó en la distancia, en una noche de lluvia y mi cuerpo y mi corazón supieron que se había ido, antes de que llegaran las noticias.)

(En mi infancia, vivimos en diferentes provincias y ciudades, y a casi todas, mis abuelos fueron de paseo; y cuando no, las cartas con mi abuela, nos mantenían siempre cerca, siempre acompañadas en nuestras soledades.  El pueblo de Apóstoles está en la provincia de Misiones, donde viví cuando estaba en primero y segundo grado.)

Puedes conocer más sobre Escritura Terapéutica en mi página web.

Tratado sobre el Amor, incluido en el libro Amor de Madre, fue escrito con la inspiración de ese amor inmenso que solo mi abuela Ascención era capaz de brindar. Puedes escucharlo en mi canal de YouTube.


Notas:

Ella es mi abuela mágica, mi abuela Ascensión.  Estoy segura que ella está sonriendo con esa sonrisa que a todos contagiaba.

El día que murió en la ciudad de San Juan, mis hijos y yo estábamos muy lejos, buscando nuevos rumbos en San Rafael, Mendoza, después de un intento fallido de salir del país.

Ese día pusimos música y bailamos, buscamos flores y tejimos a crochet.  Ella me había pedido que hiciéramos algo que nos gustara y a ella le gustara también.

Siempre me decía, "cuando ya no esté, voy a estar mirando desde el cielo para verte feliz".  "Quiero verte feliz."

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A veces uno cree que lo que hace es muy poco o lo que siembra no volverá a florecer en la próxima primavera.

Aunque la Madre Teresa nos recuerde que el océano no sería el mismo sin la gota que somos, tendemos a sentirnos diminutos y finitos a la luz de nuestras sombras y penas.

Mi abuela Ascensión, la Nonita de mis hijos, no sembraba para cosechar, no buscaba herederos de su arte. Sembraba lo que no había recibido con la esperanza de que los corazones tristes encontraran la felicidad. Tejía porque era su manera de hacer más linda la vida y en su tejido su corazón dolía menos.

Ella nunca hubiera imaginado que sus semillas llegarían tan lejos ni que su amor inspiraría tanto. Ella se creía pequeña y casi invisible.

Esté donde esté sé que su sonrisa cristalina ilumina el cielo cuando su bisnieta teje palomas del espíritu Santo o palabras que rescatan nuestra herencia. También sé que se alegra cuando algunas de sus tataranietas dan sus primeros pasos con el crochet.




Siempre dije que si volara en algo, sería en un lampazo con piolines de colores; sin embargo cuando vi esta imagen pensé en mi abuela, que amaba los claveles. 

A ella le gustaría verme por fin libre haciendo lo que hago.

Cuando me ocupaba de ella, con masajes, oraciones o simplemente con mi corazón, ella decía sentirse mejor que con ningún médico.

A mi abuela no le gustaban los días nublados.  Se ponía triste porque decía que los seres queridos en el cielo estaban tristes.

Yo prefiero creer que nos recuerdan que todavía están con nosotros y que nos echan un poco de agua para lavarnos las penas.

Aquí estoy, mi querida Abuela, aprendiendo a ser feliz y aprendiendo a Amar y sonreír a pesar de todo.

Susie

Susana

Susannah Lorenzo©

Soledad Lorena©

Enero 2021

 

 

sábado, 11 de enero de 2020

Confetti - Cuento Breve

Dicen que una lluvia de confetti de mil colores cubrió toda la ciudad y que los desamorados comenzaron a amar y los que vivían en penumbras comenzaron a respirar nuevos matices.

Dicen que su dolor era tan intenso, que su corazón había estallado porque ya no le cabía en el pecho ese amor tan callado.

Dicen que cuando él golpeó a su puerta, encontró una desconocida de trenzas blancas, que amasaba con sus lágrimas un trozo de arcilla con forma de corazón.

Soledad Lorena
© Derechos reservados
Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes



jueves, 17 de octubre de 2019

Dique

Bajo el paredón de cemento
siento palpitar el agua contenida,
los latidos marean el sentido
y apuro el paso sobre el dique,
sabiendo que algunas aguas
no conocen de cálculos
y desafían intelectos.

El agua pulsa sobre el hormigón,
instala una tortura constante
hasta que la rigidez
se quiebra, se agrieta,
estalla o se derrumba.

El dique quisiera desgranarse
de a migajas,
el agua quisiera ser
el curso manso
que no sabía de fronteras.

Soledad Lorena
© Derechos reservados
17 octubre 2019

Susannah
Descubriendo las raíces
de semanas intensas de dolor crónico.

lunes, 1 de abril de 2019

Jauría

Las palabras
atacan en jauría,
cuando el niño herido
se siente amenazado,
atacan despedazando
puentes, espejos y refugios.

Atizan los miedos 
que me habitan,
destrozan los sueños
que apenas titilan.

Él se va con sus coyotes
aullando bajo su camisa
tejida con hilos de impotencia.

Yo me quedo 
agazapada en el latido,
presa en el bosque
de mi mente enlutada.

Ya no le canto canas,
ya no busca mi abrazo,
somos apenas
las esquirlas y despojos 
de nuestros niños
sin manuales ni estrategias.

Soledad Lorena
Derechos Reservados
Amor de Madre
01 de abril de 2019
Distancia


viernes, 29 de junio de 2018

Amor náufrago

Una cree que ama
infinita y poderosamente
con un amor que todo lo puede
lo alcanza y lo transforma.

Florecemos en un amor
que nos desborda
hasta que el corazón amado
nos devuelve la mirada
de un cielo sin estrellas
de un infierno de penas
y de un paisaje agreste
que no sabe de vergeles.

Allí donde nos detuvimos a amar
nada parece amado,
como si hubiésemos divagado
en laberintos de hielo
llevando soles
en un mundo distante de glaciares.

A veces el amor
no es más que un poema
naufragando en un mar de teoremas,
un verso que no puede sostenerse
entre arrecifes impíos
que descreen la belleza.

El mundo se conquista con Atilas,
la muchedumbre se duerme en la certeza
de escudos infranqueables,
de Alfonsinas que se alejan
para sangrar en el fondo del mar
los amores que nadie siente.

Soledad Lorena ©
Amor de Madre
29 junio 2018



Cristales en el pecho

La mente es un campo minado de espejismos,
lo que hoy parece tan cierto
mañana es un cristal
que estalla y nos transforma,
dejándonos desnudos
en el invierno de nuestra soledad.

Descalzos caminamos
sobre un alambrado de púas
balanceando el equilibrio
entre la cordura impuesta
y la locura que nos acecha.

Hasta el nombre se desvanece
cuando no hay eco que lo pronuncie,
la vida nos tamiza
como granos de sal
que no caben
por los poros donde una respira.

El libro de nuestras verdades
se quema en la hoguera
de miedos ajenos 
y cuando ya nadie nos lee,
en la calle queda el grito
de huracanes que siembran
recuerdos sin memoria.

Cómo un vórtice de esquirlas
el  dolor dinamita los jardines
borrándonos de la piel el vestigio
de apenas un pétalo que pudiera
enunciar la existencia de una rosa.
Soledad Lorena ©
29-06-18


martes, 22 de mayo de 2018

100 veces sí debo; 100 veces sí puedo

Disculpas: he usado un par de palabras poco poéticas y subidas de tono, pero no fueron usadas por mí en la vida real.  Los eufemismos no siempre alcanzan para mostrar el daño que pueda hacer una palabra en nuestras vidas.

La vida lo había puesto nuevamente en mi camino, buscando remedio para los males de su cuerpo.  Poco sabía él de terapias holísticas, pero venía convencido por modas y tendencias.

Sentí que la vocación era más fuerte que cualquier amor sin signos vitales.  Me escudé en su indiferencia y su poca memoria sobre una historia que había sido más mía que nuestra.

Sin embargo, cada vez que le enseñaba a respirar y apoyaba mi mano en el centro de su pecho, una rara calma lo invadía; y luego volvía buscando esa sensación que no encontraba en la vida cotidiana.

Dejé de atenderlo cuando noté que mi pulso cabalgaba sin mis riendas y que ya no podía guiarlo dejando la mujer en el desván.

Luego, llegó su hija buscando el tarot y las lecturas para que la acompañara en un despertar que la alejaba de los suyos.

Lo inevitable parecía casi evidente y terminé aceptando un encuentro en una cafetería de la peatonal.

La conversación flotó en frivolidades y derrapó en ironías de nuestra adolescencia.  Su hermano menor pasó por allí y se sentó un momento con nosotros.  Se sorprendió porque nada sabía de mi regreso a la provincia.  Propuso juntarnos para charlar e intercambiamos números de teléfono.  Apenas él siguió su camino, las ironías volvieron a la mesa, café de por medio.
--¿Todavía te gusta?
--Dejó de gustarme cuando me enamoré de vos—le respondí.
--Aquello no fue amor.—Dijo con una carcajada.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y sentí el pecho hundido por el golpe de sus palabras.
--Vos no estabas enamorado.  Yo sí te amé.  Te amé durante mucho tiempo.

Dejé unos billetes sobre la mesa y tomé mi cartera.  Ofreció llevarme a casa.  Me negué.

Apuré el paso mientras él le pagaba al mozo.  Me alcanzó de todos modos y me retuvo por el brazo.
Me miró a los ojos con una seriedad que no había visto antes y con firmeza me preguntó:
--¿Por qué te casaste con otro si me amabas tanto?

Sentí un río de sal inundar mis ojos.  Me acerqué y le susurré al oído: “No me amabas.  El me violó y ensució mi vida para siempre.  Mi madre y la tuya se encargaron durante muchos años de convencer a todos, incluyéndote, que yo era la ‘putita’ del barrio.”

Di media vuelta y corrí a buscar un taxi.

¿Se puede disimular una herida durante más de treinta años?¿Se puede vivir tanto tiempo creyendo que una se ha vuelto inmune a los efectos del primer amor?

Dicen que cuando el pasado llama, no trae nada nuevo.  Así es que dejé de responder sus mensajes y llamadas.

A veces, su hija quería hacerme saber sobre el mal humor de su padre o sobre lo bien que le harían una sesiones de terapia.

No creía yo, que mi silencio pudiera hacer algún daño al corazón petrificado de ese hombre que se burlaba del amor que aún pulsaba cuando alguien tan sólo mencionaba su nombre.

“El otro día te defendió delante de la abuela.” Dijo ella esperando mi respuesta.
La miré incrédula. ¿Qué podía entender ella de aquella vieja historia?

“Le dijo que estaba cansado de seguirle la corriente; que no quería escucharla nunca más faltarte el respeto, porque mientras habían sido novios, vos habías sido la novia más ingenua y sensible que él había tenido y que nunca habían tenido siquiera un roce por debajo de la ropa.”

Tragué saliva y tomé coraje para preguntarle: “¿Estabas ahí?”
“Si, era un almuerzo de domingo, estaban los tíos, sus mujeres y mis primos.”

Esa tarde no pudimos terminar la sesión de taller terapéutico.

Ella me rogó para que le contara sobre nuestra historia.  Yo insistí que era sólo mi historia y que no valía la pena que ella la conociera.

Me abrazó me dijo sonriendo:
--Deberías asistir a uno de tus talleres terapéuticos, a ver si te ayudás a lidiar con esas sombras.
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Era tiempo de despertar ese libro que había dormido más de diez años en la computadora.

Respiré hondo, crucé las manos sobre mi pecho y musité: “Si vuelve a llamar, él sabrá toda la verdad, tendrá que conocer la medida de mi amor y mi desamor, sin velos, sin anestesia.”

Esa noche llamó, se sorprendió cuando atendí. Sin darle tiempo a explicar nada, le pedí su dirección de correo electrónico.

Le dije que sólo hablaríamos después de que él leyera cada página de ese libro que había escrito para sanar las heridas de su nombre.

Le envié una copia digital de ‘Amor Desnudo’, creyendo que así destruiría todos los puentes.

Dos días después llegó el primer mensaje.

“Ya entendí porque siento lo que siento cuando apoyás tu mano sobre mi pecho.”

No respondí.

Dos días más tarde llegó el siguiente mensaje.

“No puedo leer las partes en inglés, porque no las entiendo.  ¿Puedo llamarte para que me las leas?”

Accedí.

Cuando comencé a leer en inglés, me interrumpió para recordarme que necesitaba la traducción.
--Necesito leer en voz alta cada verso, cada párrafo, para recordar lo que sentía al momento de escribirlo.  Prometo que iré traduciendo.

Durante tres noches seguidas me llamó.  Mientras,  recorríamos las páginas del libro, cada cual en el archivo en su computadora.  Cuando le leí la última frase en inglés, me agradeció y con la voz quebrada me pidió perdón por no haber sabido antes.

--¿Volverías a  poner tu mano sobre mi pecho?
--Sí.  Lo hago cada vez que te recuerdo, aún cuando no estás cerca.

No supe de él durante semanas, hasta que el cartero dejó un sobre color gris perla, con mi nombre escrito en letra imprenta de forma prolija.

Sostuve el sobre contra mi pecho un largo rato, mientras las lágrimas corrían dulces como un manantial que calma la sed del caminante.

Preparé té de albahaca con limón, me arropé en el sillón con mi manta de soles amarillos y dejé que su carta me alcanzara.

Estaba escrita con lápiz sobre hojas de papel blanco, como aquellas cartas que él enviaba cuando estaba en el servicio militar.



“El pasado quedó en un lugar que ya no podemos alcanzar.
No hay forma alguna de borrar el daño que te hicieron o nos hicieron.
Tampoco viajaríamos en el tiempo para crear paradojas que nos privarían de nuestros hijos que tanto amamos.
No sé si te amaba.  Tampoco sé si te amo ahora.
Sólo siento que cuando tu mano se posa en mi pecho, yo puedo ser lo que nunca he sido, y hay algo desconocido que intenta despertarse bajo las ruinas de un corazón que creí que ya no latía.
Después de leer el libro, siento que no te conozco.  Creo que tampoco te conocía antes.  Pero a través de tu mirada descubro una parte de mí que a veces extraño.  Ese que amaste, hace tiempo que ya no me habita.
‘Para mi corazón bastan tus alas’, creo que dice algún poema.  Yo ya estoy muy viejo para levantar vuelo, tantos años adormecido me han vuelto pesado y mis laberintos de cemento aún requieren de muchas obras para comenzar a construir puentes.
Sin embargo, en ese instante en que cierro los ojos, respiro hondo y soy yo todo debajo de la palma de tu mano, desde el centro  de mi pecho, millones de conexiones me cuentan historias de los mundos que te habitan.
Cien veces quiero besarte hasta ser nuevamente el primero que descubra la dulzura de tus labios.
Cien veces quiero surcar tus cicatrices hasta que la miel de mis caricias las convierta en tatuajes con mi nombre.
Cien veces quiero erizar tu piel para inaugurar tus sensaciones, descubrirte inocente y moldearte con mis dedos como un alfarero que reinventa la arcilla.
Cien veces quiero atizar tu fuego con el roce de mis palabras hasta que las llamas borren todo recuerdo y seas tierra virgen bajo mi siembra.
Cien veces voy a dejar tus rosas cuajando con las gotas del rocío para mirarlas plenas sin tomar el jardín por arrebato.
Cien noches voy a extrañarte, sin conocer tus curvas en mis sábanas, para tejer tu llegada con pétalos de nomeolvides.
Cien días voy a pensarte, a imaginarme la magia que esconde tu cuenco y aprender a bendecir las aguas que rebalsen tus orillas.
Cien veces voy a buscarte para rodear tu cintura mientras la luna nos cuenta de eclipses y mareas.
Cien veces voy a callar para conocer tus silencios.
Cien veces voy a guiarte por el camino del placer hasta que no puedas más que decir: ‘si debo, si puedo, si quiero’.
Cien veces voy  a apoyar mi cabeza en tu pecho hasta que tu corazón me confiese los pasadizos secretos.
Cien cartas voy a escribirte hasta que las palabras no quepan en el papel y el amor nos amanezca en un abrazo.”



Soledad Lorena
Derechos Reservados
Mayo 22, 2018 

Curiosamente, mientras te soñaba despierta anoche, había olvidado que mayo  es el mes de tu cumpleaños.  Tendrás 59 ya.




Muchas veces nuestro subconsciente escribe encuentros o conversaciones en nuestros sueños mientras dormimos, como un modo de sanar heridas o resolver aquello que en la vida real no podemos.  Otras veces, suele sucederme, una película se proyecta en mis horas de insomnio (algo así como un day dreaming pero de noche), sin saber nunca qué curso tomará la historia o cómo terminará cada conversación.  De esas imágenes que son pura ficción, nacen historias como éstas.

Podría quizá formar parte de la Colección de Cuentos Terapéuticos, pero por alguna extraña razón, no me atrevo a incluirla aún; respetando quizá que aquello que yo veo en la distancia, puede ser apenas un juego de deseos reprimidos y palabras amordazadas.

Que no sea esta historia una sentencia, tampoco un decreto, sino uno de los tantos epílogos que pudo tener el libro ‘Amor Desnudo’.


jueves, 23 de junio de 2016

Besos Amarillos

Tomó mi útero entre sus manos como si fuera una bolsa de harina.  Lo palmeó y lo dio vuelta varias veces.  Leyó sus surcos y cicatrices como si fueran las líneas de la mano.  Lo miró al trasluz como quien observa una radiografía.


“Este útero tuyo ha echado raíces por todo tu cuerpo.  Sus costas están manchadas por mucho hombre sin amor.  Perdona la madre que fuiste, suelta la madre que no pudiste ser.  Perdona la amante que mendigó amor.  Llora todo ese río escondido y desnuda tus poderes sagrados.  Hecho está.  Curada estás.”

Preparó una mezcla con hojas de salvia y malva y pétalos de prímula;  llenó con eso el útero y lo cubrió por fuera.  Luego sopló sobre los tejidos enfermos y levantó una nube de cenizas.  Lo colocó en su sitio con mucho cuidado
Artista: Emma Uber


Desperté sudorosa con las manos en mi vientre.  Un hilo de sangre corría por la sábana. Cuando recuperé el aliento me levanté.  Preparé una taza de chocolate caliente y tomé una larga ducha.  Peiné mis pocos cabellos grises en una pequeña trenza sobre mi costado izquierdo, le até un lazo de seda rojo como los zapatos de tacón que usé esa mañana.  Me puse un vestido de paseo y mi grueso saco tejido de muchos colores.

Compré tres muñecos adorables en una juguetería: dos niñas y un niño.  Ellas con vestido y cintas en el pelo.  El con jardinero y gorro en cuadrillé.  Luego busqué una tienda de lanas y salí con treinta ovillos de diferentes colores; todos los que están en el arco iris y un poco de ese color natural que se ve espumoso como una crema.

De regreso en casa, me puse mi camisón abrigado, mi saco tejido a crochet, mis medias de domingo y el chal de mi abuela sobre los hombros.  Senté los muñecos en el sofá.  Me acomodé juntos a ellos para tejer.  Tejí tres mantas durante tres semanas, cada una con su nombre y su plegaria.  Todas diferentes, suaves y bellas.  Las perfumé con notas de jazmín y vainilla.

Tomé un largo baño con sales de lavanda.  Me vestí con el camisón más bonito, trencé mi pelo con una cinta de raso azul.  Recé un rosario y esparcí perdones a los cuatro vientos. Bajo mi almohada coloqué el dije con la piedra de ágata y el denario de la Virgen de Guadalupe.

Envolví cada muñeco en su mantita, los acosté conmigo en la cama, con sábanas limpias y perfumadas.  Les hablé, los miré, les canté y  los abracé sin prisa mientras susurraba:

Ahora no hay jefes ni horarios.
Ahora no hay escuela ni cuentas por pagar.
Ahora no vence el plazo para cumplir con todo.

Nos arropamos bajo el acolchado.  Entonces lloré tres días y tres noches, así como la curandera había dicho en mi sueño.


Tres semanas dormí con ellos en un espacio sin tiempo ni calendario.  

Pasé la cuarta semana escribiendo historias, tejiendo poemas y redimiendo fantasmas. Algunas noches o algunas siestas dormía con ellos, aún en la cama con sus mantas de suaves colores.

Al llegar la quinta semana, busqué mi valija y mi ropa más bonita.  Me aseguré de empacar mis sombreros y mis zapatos rojos.  Compré tres bolsas para regalo y acomodé cada muñeco con su manta en una bolsa.

Crucé barrios y crucé ciudades.  A cada puerta llamé sin avisar antes de mi visita. Compartimos mates y masitas con dulce de leche.  A cada uno de mis hijos en su casa abracé después de darle su regalo.

Sólo hubo hombros encogidos, miradas consternadas y sonrisas nerviosas.  No quise explicar.

Antes de llegar a casa compré jazmines y narcisos y cincuenta ovillos de lana en diferentes tonos de amarillo, incluyendo algunos de color natural, ese que se ve espumoso como una crema de vainilla.



Por ahora, sólo alcanza para cubrir mis pies mientras miro alguna película.  No sé cuando la termine, creo que tendré que hacer una manta para dos plazas y media.  Hace apenas dos meses que conocí a un hombre con el que nos besamos el alma.  No estoy segura si viviremos juntos, pero cada vez que dormimos en su cama, me pide que lleve mi manta de soles.
Soledad Lorena ©
23 de Junio 2016
Derechos autorales: Susana Lorenzo




Dedicado a todas las mamás ‘solteras’.
Dedicado a todas las Endo-guerreras y Endo-sisters.




Nota de la autora:
El color amarillo es el símbolo de la lucha con la Endometriosis en todo el mundo.

sábado, 23 de febrero de 2013

Apuntes sobre el suicidio - Egoismo





¿Quién es más egoísta?

El suicida que se aleja de quienes más ama, avergonzado de sus miserias y su incapacidad para acceder a las bondades de la vida.  Aquel que en un acto de valentía suprema arriesga todo lo terreno para conseguir la libertad que le ha sido negada…

O el pedestre y mundano habitante de las comodidades terrenas, que por amor retiene a precio de convertirlo en zombi, sin hacer mucho esfuerzo por entender su amargura…

A menos que respires el dolor ajeno, no hay modo que tu juicio se convierta en verdad.

El verdadero amor es tan generoso que se desviste de colores para tejer las alas de la persona amada.

Soledad Lorena
Madrugada 23 feb. 13
Apuntes sobre el Suicidio

I am invisible, understand, simply because people refuse to see me. Like the bodiless heads you see sometimes in circus sideshows, it is as though I have been surrounded by mirrors of hard, distorting glass. When they approach me they see only my surroundings, themselves or figments of their imagination, indeed, everything and anything except me.
_ Ralph Ellison _