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martes, 14 de septiembre de 2021

Esperanzas en otoño

Hay días
en que la esperanza
se desgrana
se deshace
se desvanece
se diluye
se agota.

Hay días
en que pesan tanto
los pasaportes vencidos
las maletas sin usar
los abrazos que no llegarán
las risas que no sonarán.

Son días
en que cuentas 
los calendarios sin pan
las agónicas esperas
las semillas sin flor
las noches sin susurros
los vestidos sin baile
los labios sin besos
el horizonte sin promesas
los libros sin lectores
los poemas no vividos
la cocina sin sabores
las tazas sin su té
la niña sin su postre
la mujer sin su magia
la aldaba sin ecos
los mapas sin destino
la brújula sin norte
la mirada sin espejos
el cuenco sin bendiciones
el cielo sin respuestas
la plegaria que demora
y un presente que se duerme.

Son días
en que una se pregunta
si acaso ya no queda
más asombro por vivir,
si acaso no existe
el sitio y el momento
donde por fin celebrar.

Soledad Lorena ©
Sobrevivir no es vivir
Vivir sin disfrutar
Es apenas deambular.
Susannah Lorenzo ©
Destejiendo esperanzas


sábado, 11 de enero de 2020

Confetti - Cuento Breve

Dicen que una lluvia de confetti de mil colores cubrió toda la ciudad y que los desamorados comenzaron a amar y los que vivían en penumbras comenzaron a respirar nuevos matices.

Dicen que su dolor era tan intenso, que su corazón había estallado porque ya no le cabía en el pecho ese amor tan callado.

Dicen que cuando él golpeó a su puerta, encontró una desconocida de trenzas blancas, que amasaba con sus lágrimas un trozo de arcilla con forma de corazón.

Soledad Lorena
© Derechos reservados
Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes



viernes, 29 de junio de 2018

Cristales en el pecho

La mente es un campo minado de espejismos,
lo que hoy parece tan cierto
mañana es un cristal
que estalla y nos transforma,
dejándonos desnudos
en el invierno de nuestra soledad.

Descalzos caminamos
sobre un alambrado de púas
balanceando el equilibrio
entre la cordura impuesta
y la locura que nos acecha.

Hasta el nombre se desvanece
cuando no hay eco que lo pronuncie,
la vida nos tamiza
como granos de sal
que no caben
por los poros donde una respira.

El libro de nuestras verdades
se quema en la hoguera
de miedos ajenos 
y cuando ya nadie nos lee,
en la calle queda el grito
de huracanes que siembran
recuerdos sin memoria.

Cómo un vórtice de esquirlas
el  dolor dinamita los jardines
borrándonos de la piel el vestigio
de apenas un pétalo que pudiera
enunciar la existencia de una rosa.
Soledad Lorena ©
29-06-18


lunes, 7 de mayo de 2012

Compartiendo un cuento

La vendedora de fósforos

C l a r i s s a  P i n k o l a  E s t é s
M u j e r e s  q u e  c o r r e n  c o n  l o s  l o b o s


Había una niña que no tenía madre ni padre y que vivía en la espesura del bosque. Había una aldea en el lindero del bosque y ella había averiguado que allí podía comprar fósforos a medio penique y después venderlos por la calle a un penique. Si vendía suficientes fósforos, podía comprarse un mendrugo de pan, regresar a su cobertizo del bosque y dormir vestida con toda la ropa que tenía.

Vino el invierno y hacía mucho frío. La niña no tenía zapatos y su abrigo era tan fino que parecía transparente. Sus pies ya habían rebasado el color azul y se habían vuelto de color blanco, lo mismo que los dedos de las manos y la punta de la nariz.
La niña vagaba por las calles y preguntaba a los desconocidos si por favor le querían comprar cerillas. Pero nadie se detenía ni le prestaba la menor atención.

Por consiguiente, una noche se sentó diciendo: "Tengo cerillas, puedo encender fuego y calentarme." Pero no tenía leña. Aun así, decidió encender las cerillas.
Mientras permanecía allí sentada con las piernas estiradas, encendió el primer fósforo. Al hacerlo, tuvo la sensación de que la nieve y el frío desaparecían por completo. En lugar de los remolinos de nieve, la niña vio una preciosa estancia con una gran estufa verde de cerámica y una puerta de hierro adornada. La estufa irradiaba tanto calor que el aire parecía ondularse. La niña se acurrucó junto a la estufa y se sintió de maravilla.
Pero, de repente, la estufa se apagó y la niña se encontró de nuevo sentada en medio de la nieve. Temblaba tanto que los huesos de la cara le crujían. Entonces encendió la segunda cerilla y la luz se derramó sobre el muro del edificio junto al cual estaba sentada, y ella lo pudo atravesar con la mirada. En la habitación del otro lado de la pared había una mesa cubierta con un mantel más blanco que la nieve y sobre la mesa había platos de porcelana de purísimo color blanco y en una fuente había un pato recién guisado, pero justo cuando ella estaba alargando la mano hacia aquellos manjares, la visión se esfumó.
La niña se encontró de nuevo en la nieve. Pero ahora las rodillas y los labios ya no le dolían. Ahora el frío le escocía y se estaba abriendo camino por sus brazos y su tronco, por lo que ella decidió encender la tercera cerilla.
A la luz de la tercera cerilla vio un precioso árbol de Navidad, bellamente adornado con velas blancas, cintas de encaje y hermosos objetos de cristal y miles y miles de puntitos de luz que ella no podía distinguir con claridad.
Y entonces contempló el tronco de aquel gigantesco árbol que subía cada vez más alto y se extendía hacia el techo hasta que se convirtió en las estrellas del firmamento sobre su cabeza y, de pronto, una fulgurante estrella cruzó el cielo y ella recordó que su madre le había dicho que, cuando moría un alma, caía una estrella.
Como llovida del cielo se le apareció su amable y cariñosa abuela y ella se llenó de alegría al verla. La abuela tomó su delantal y la rodeó con él, la estrechó con fuerza contra sí y ella se puso muy contenta.

Pero poco después la abuela empezó a esfumarse. Y la niña fue encendiendo un fósforo tras otro para conservar a su abuela a su lado, un fósforo y otro y otro para no perder a su abuela hasta que, al final, la niña y su abuela ascendieron juntas al cielo, donde no hacía frío y no se pasaba hambre ni se sufría dolor. Y, a la mañana siguiente, encontraron a la niña muerta, inmóvil entre las casas. 

viernes, 30 de diciembre de 2011

Esbozo de Poema

Nunca supe tu geografía
apenas si crucé la frontera
de tus manos en mi piel,
mas si recuerdo la dimensión
entera de tu abrazo,
el manantial de tus besos
el susurro de tus labios
la caricia de tus ojos;

la visión de la luna
reclinada en tu pecho,
las cartas releídas
hasta que el lápiz
se hacía tinta en mi sangre;

bailar hasta cansarse
y saberte tan pleno
tan galante y tan audaz,
reir, disfrutar, creer,
entregarme en tus brazos
y sentirme feliz
en la diminuta burbuja
donde un lento romántico
me acurrucaba en tu pecho.


Breves, imprecisos, efímeros,
pequeños instantes
que el olvido no pudo
desterrar de mi mente.

Después, el funeral de palabras
el cortejo de sentencias
los decretos de silencio.

Nunca supe si me amabas
y sin embargo parecía
que me alcanzaba con amarte
e inmolarme en la poesía del exilio.

Cada tanto te recuerdo,
a veces te busco
como quien vuelve de la guerra
e intenta reconocer los habitantes,
pero tu nombre es ajeno
a mis hojas de ruta.

Hoy recordé la hoguera,
aquella donde arrojé tus cartas
y los más preciados recuerdos,
donde juré no nombrarte,
dónde creo haber mancillado
los pétalos que nunca robaste
los colores que nunca desnudaste,
la alegría de estar enamorada
la paz de saberme respetada
la inocencia de ignorar el mal
la fe de esperar tiempos mejores.

Nada sé de tus latidos,
apenas intuyo tu domicilio
y sin embargo
basta una esquina, un pariente
un barrio que te nombre
y mi corazón se acelera
temeroso de encontrarte,
incapaz de fingir
que con el paso del tiempo
he logrado olvidarte.

Soledad Lorena
Madrugada 03.30 am
30 de diciembre de 2011
Haciendo las paces con el pasado,
con el principio de todas las guerras
y el orígen de todas las muertes.

(Aquellos que tanto me amaban, te alejaron de mi vida, porque nunca te miraron, porque nunca me escucharon.  Me dejé guiar hacia el oscuro cadalzo de la desazón y bajo los pies de un verdugo que maldecía el amor, murieron todas las flores que nunca pude entregar a tu corazón.)






















martes, 25 de octubre de 2011

Poema en picada

No se puede evitar
la caída estrepitosa
de un poema enarbolado;
un beso derrumbado
en la demolición del silencio.

Una espera agazapada
bajo una espada que cae
para derrocar el tiempo.

No se puede evitar
la escarcha de la ausencia,
invierno equivocado
en la primavera de un suspiro.

Soledad Lorena
Inevitablemente triste
Casi enamorada.
21 de octubre de 2011

miércoles, 24 de agosto de 2011

Poema Invisible


Una se descubre imperceptible
inofensiva  y volátil,
un vaho que no deja huella,
lejos del caos y el impacto;
mi nombre apenas
suspendido en el espacio,
un ánima sin muerte ni pena.

Indecoroso silencio
de una piel que no abrasa.

Soledad Lorena casi invisible
22 de agosto de 2011