El mar se adormece
sobre la línea difusa
de un horizonte
que se pierde sin soles.
No hay rumor de olas
ni vuelos de gaviotas,
apenas el recuerdo
de los pies mojados
hundiendo pasos en la arena.
La playa se viste de desierto,
como una tierra calva
donde no ondean
ni ramas ni follajes.
No importan las plegarias
ni las noches sin luna,
ni los bailes y fogatas.
Cuando el tiempo se detiene
y los cielos no dibujan
estrellas ni mapas;
hay que cuidar el aliento,
dormir a la sombra del hastío
y simplemente esperar sin prisa
a que el mar desenrolle su falda
y quiera rozar mis costas
con su espuma,
y empapar mi labios
con cielos azules.
Soledad Lorena©
Tejedora de Palabras
28 de julio de 2020
Mostrando entradas con la etiqueta pobreza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pobreza. Mostrar todas las entradas
martes, 28 de julio de 2020
martes, 18 de junio de 2019
Desvarío
Miranda contempló la mesa llena de billetes y se sintió satisfecha. Había suficiente para cancelar las deudas pendientes: alquiler, prestamos, tarjetas de crédito, servicios e internet. Un grupo de billetes estaba destinado a comprar todo lo que necesitaba para vivir bien, recuperar su salud y volver a trabajar.
Durante más de seis meses, los números rojos se habían multiplicado rápidamente. Aunque a través de libros y meditaciones había aprendido a respirar, no desesperar y estar alegre a pesar de todo; el servicio de energía había sido interrumpido hacía una semana y los cobradores acechaban prolijamente cada día.
Miranda decidió primero comprar alimentos cerca de donde vivía. Estaba muy débil como para viajar al centro de la ciudad en colectivo y luego recorrer y esperar en diferentes oficinas para pagar las deudas.
Cuando intentó comprar en el almacen del barrio, el hombre la miró, se rió burlón y le dijo: “ Buen chiste, pero para comprar aquí traiga pesos argentinos.”
La señora de la panadería, la miró con ternura, le tomó las manos y le preguntó: “¿Se siente bien?” Miranda respondió que sí. La mujer puso seis tortitas recién horneadas en una bolsa, le sirvió una porción de mil hojas, de esa que a Miranda tanto le gustaba y la despidió con un “Cuídese”.
En la verdulería, la amabilidad de siempre: la verdulera le entregó la bolsa con frutas y verduras con una sonrisa y le dijo “Después me lo paga, no recibo plata extranjera.”
Fue el propietario del departamento que alquilaba quien la miró detenidamente. Desde sus ojos empañados, miraba a esa mujer que había iluminado sus días en talleres de literatura. Ahora se veía enferma y cansada, el pelo desprolijo, los ojos encerrados en profundos círculos negros.
Puso sus manos sobre las de ella y le preguntó con ternura:
– ¿Necesitas que llame a alguien?
– Nadie puede ayudarme.-- dijo ella con firmeza.
– ¡Qué bonitos billetes, Miranda!
– Los pinté yo, la última semana. Cuando pedí ayuda, sólo llegaron libros, cursos y fórmulas de Prosperidad. Todos me decían que tenía que buscar la abundancia dentro de mí. El último libro que leí, decía que si uno dibuja los billetes con el valor de sus cuentas, las deudas se cancelan completamente. Por eso puse toda mi energía y los pinté con toda la abundancia que vive dentro de mí.
– No puedo recibirlos-- dijo él-- eso no paga mis cuentas, ni las tuyas. No te preocupes, te espero unos días más.
Miranda salió avergonzada, con el puñado de billetes lustrosos, arrugados contra su pecho. Soplaba un viento frío y los dejó ir.
Buscó todos sus libros que nadie compraba e hizo una hoguera sobre la cocina, dentro de una olla. Con un martillo, destruyó el disco externo donde guardaba todos sus archivos. Si nadie disfrutaba su prosa o poesía en vida, nadie publicaría su obra post mortem.
Quiso quemar también sus mazos de tarot, pero no pudo. Los guardó en su bolso de mano junto con un pequeño frasco de pastillas. Esa mezcla perfectamente calculada sería su salvoconducto para evitar morir sus días como un vegetal, en el rincón de una casa familiar, o bajo el cobijo de jeringas en un hospital psiquiátrico.
Tomó una ducha de agua caliente, empacó lo que cabía en su valija de viaje, enrolló dos frazadas de polar y las acomodó con las manijas de la maleta.
Pasó por la casa del dueño del departamento, le entregó las llaves, pidió disculpas y luego sentenció: “No tengo cómo pagar lo que debo, puedes disponer de los muebles y electrodomésticos que quedan.”
Él quiso retenerla por el brazo, comenzó a decir algo, pero ella ya no podía escuchar.
Comenzó a caminar mientras rezaba para que Dios tuviera por fin, misericordia de sus penas.
Nadie hizo preguntas cuando pasó dos noches en un banco de la terminal de ómnibus. Guardaba aún ese porte elegante que hacía que muchos creyeran que vivía una vida fantástica.
Mientras buscaba, en la mañana, una manzana y el pequeño frasco dentro de su bolso de mano, uno de los mazos de cartas, se cayó al piso.
Unas manos que parecían salidas de una publicidad de salón de belleza, las recogieron y las pusieron sobre su falda.
--¿Me leerías las cartas, por favor?
Levantó la vista para econtrarse con una mujer joven rodeada de varias valijas de colores brillantes.
Después de la lectura, la mujer puso un fajo de billetes en el bolso de Miranda y la despidió con un beso en cada mejilla.
En la boletería, Miranda pidió un pasaje en coche cama, hasta donde alcanzaba el dinero que había recibido.
--¿Usted quiere viajar hasta la Ciudad del Fin del Mundo?
– Allí, voy.-- Dijo Miranda.
Desde la ventanilla, miró con nostalgia, la última ciudad conocida y se dispuso a dormir cómodamente durante los tres días que duraba el viaje.
Soledad Lorena@
18 de junio de 2019
Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes
Derechos Reservados
lunes, 7 de mayo de 2012
Compartiendo un cuento
La vendedora de fósforos
C l a r i s s a P i n k o l a E s t é s
M u j e r e s q u e c o r r e n c o n l o s l o b o s
Había una niña que no tenía madre ni padre y que vivía en la espesura del bosque. Había una aldea en el lindero del bosque y ella había averiguado que allí podía comprar fósforos a medio penique y después venderlos por la calle a un penique. Si vendía suficientes fósforos, podía comprarse un mendrugo de pan, regresar a su cobertizo del bosque y dormir vestida con toda la ropa que tenía.
Vino el invierno y hacía mucho frío. La niña no tenía zapatos y su abrigo era tan fino que parecía transparente. Sus pies ya habían rebasado el color azul y se habían vuelto de color blanco, lo mismo que los dedos de las manos y la punta de la nariz.
La niña vagaba por las calles y preguntaba a los desconocidos si por favor le querían comprar cerillas. Pero nadie se detenía ni le prestaba la menor atención.
Por consiguiente, una noche se sentó diciendo: "Tengo cerillas, puedo encender fuego y calentarme." Pero no tenía leña. Aun así, decidió encender las cerillas.
Mientras permanecía allí sentada con las piernas estiradas, encendió el primer fósforo. Al hacerlo, tuvo la sensación de que la nieve y el frío desaparecían por completo. En lugar de los remolinos de nieve, la niña vio una preciosa estancia con una gran estufa verde de cerámica y una puerta de hierro adornada. La estufa irradiaba tanto calor que el aire parecía ondularse. La niña se acurrucó junto a la estufa y se sintió de maravilla.
Pero, de repente, la estufa se apagó y la niña se encontró de nuevo sentada en medio de la nieve. Temblaba tanto que los huesos de la cara le crujían. Entonces encendió la segunda cerilla y la luz se derramó sobre el muro del edificio junto al cual estaba sentada, y ella lo pudo atravesar con la mirada. En la habitación del otro lado de la pared había una mesa cubierta con un mantel más blanco que la nieve y sobre la mesa había platos de porcelana de purísimo color blanco y en una fuente había un pato recién guisado, pero justo cuando ella estaba alargando la mano hacia aquellos manjares, la visión se esfumó.
La niña se encontró de nuevo en la nieve. Pero ahora las rodillas y los labios ya no le dolían. Ahora el frío le escocía y se estaba abriendo camino por sus brazos y su tronco, por lo que ella decidió encender la tercera cerilla.
A la luz de la tercera cerilla vio un precioso árbol de Navidad, bellamente adornado con velas blancas, cintas de encaje y hermosos objetos de cristal y miles y miles de puntitos de luz que ella no podía distinguir con claridad.
Y entonces contempló el tronco de aquel gigantesco árbol que subía cada vez más alto y se extendía hacia el techo hasta que se convirtió en las estrellas del firmamento sobre su cabeza y, de pronto, una fulgurante estrella cruzó el cielo y ella recordó que su madre le había dicho que, cuando moría un alma, caía una estrella.
Como llovida del cielo se le apareció su amable y cariñosa abuela y ella se llenó de alegría al verla. La abuela tomó su delantal y la rodeó con él, la estrechó con fuerza contra sí y ella se puso muy contenta.
Pero poco después la abuela empezó a esfumarse. Y la niña fue encendiendo un fósforo tras otro para conservar a su abuela a su lado, un fósforo y otro y otro para no perder a su abuela hasta que, al final, la niña y su abuela ascendieron juntas al cielo, donde no hacía frío y no se pasaba hambre ni se sufría dolor. Y, a la mañana siguiente, encontraron a la niña muerta, inmóvil entre las casas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





