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jueves, 3 de julio de 2025

Pulsión poética

Cada tanto,

tu nombre surca el cielo 

como un asteroide perdido,

trayendo memorias 

de potenciales inexplorados,

susurrando letanías 

que sólo el alma conoce.


Suspendida en el espacio 

tu mirada dibuja 

constelaciones extraviadas,

mapas estelares

que alguna vez soñamos.


Las viejas profecías 

parecen susurrar ecos

que desatan ventiscas

de arenas subterráneas.


Nada es eterno y aún así,

la luz pulsante permanece

como latido sin prisa

recordando la vida misma.


Soledad Lorena© / Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo© / Tejedora de Puentes

 



martes, 23 de julio de 2024

Excavaciones

 



Detrás de los muros enrarecidos

de la fortaleza de mí corazón,

cruzando el foso de las aguas dormidas,

encontré tu nombre agonizando un olvido,

tejido a base de voluntades impuestas.


Con cada excavación,

con cada limpieza profunda

del recinto más sagrado de mi Ser,

descubro siempre los restos

de un amor que se resiste a morir.


Es de villanos decidir 

quién no merece nuestro amor,

para condenarlo al silencio de latidos.


El Amor que nace desde el alma

ha de respirarse libremente,

dejando que la energía nos habite,

aprendiendo a sentir sin ilusiones,

permitiendo que el río fluya

sin encontrar jamás su cauce.


Acunar el rostro amado en la distancia,

suavizar la mirada ante los ojos de su espíritu,

endulzar el aliento al susurrar su nombre,

demoler las barricadas al sentir su presencia,

aceptar el destino que se teje en las estrellas;

esa es la libertad

que un corazón busca.


He dejado de ser y sentir

para acomodarme en la rigidez

de tus bulas y sentencias.

Ya no quiero ser mi verdugo

ni mi carcelero fiel;

ya no quiero luchar contra el océano,

ni navegar con viento en contra.


Exiliar el amor en las oscuras catacumbas

 de nuestro corazón,

duele más que no ser amada;

porque la rigidez nos quiebra y lastima, 

pero por sobre todo nos aísla 

y nos aleja de la experiencia de Amar.


Una vez más,

me sumerjo en las aguas profundas,

buscando sanar las grietas,

recuperando los tesoros de mi sensibilidad,

mientras aprendo a amarte como un holograma

 de un alma viajera que jamás hace nido.






No se puede amar plenamente viviendo en una trinchera.
No se puede respirar el amor desde la prohibición de amar a quien no sabe amarnos.
No se puede vivir en libertad sin amar a quien nuestra alma eligió amar.
No se puede recuperar la alegría desde un corazón que ama condicionado por los mandatos del ego, las memorias de dolor o  el desamor de quienes permanecen alejados de su alma.

Soledad Lorena / Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo / Tejedora de Puentes
23 de julio de 2024

Nota: Este intento de poema surgió desde una visión interna que tuve al realizar una meditación guiada para sanar y abrir mi corazón.  Cuando pedimos 'Luz' para nuestros procesos, en realidad lo que recibimos es la información y la revelación de todo aquello que nos bloquea y nos nubla la visión de nuestro Yo Superior.



Soledad Lorena es el seudónimo con el que siempre he firmado mis creaciones literarias. Aquí la Tejedora de Palabras se une con la Tejedora de Puentes para buscar caminos de sanación a través de la poesía. 

He subido el Poema a mi canal, para que puedas escucharlo. Además he incluido al final imágenes, frases y música para sumar más poesía e inspiración a este momento.





sábado, 19 de febrero de 2022

Poetisa Perdida

 

Lo que alguna vez fue un corazón doliente, cautivo de desamores y abandonos, es ahora una tierra marcada por surcos trazados por la rueda gigante de la vida.  En el centro, un estanque de aguas misteriosas donde florece un loto que nunca envejece. 

Los jazmines y alelíes han migrado en bandadas de pétalos sumisos, sometidos a los vaivenes del destino.

Ya no quedan cobertizos ni graneros desbordados de semillas que sofocan ante mi necesidad de amar.






En algún punto del camino, descubrí que mi desesperada obsesión por amar ‘demasiado’ era un disfraz engañoso para encubrir una carencia insoportablemente dolorosa por ser reconocida, amada y aceptada.

Ya no anhelo que mi nombre habite un corazón desamorado, ni que pueble almohadas con susurros de canela y miel.

No soy el árbol frondoso con un tronco de curvas pronunciadas que lloraba la ausencia de quienes ya no buscaban su sombra ni su abrigo.

Tampoco soy aquella playa solitaria que perdía su mirada en la silueta de barcos que nunca llegaban o en el vuelo de gaviotas que mudaban de cielo.




Había una rara belleza en la poesía escrita con lágrimas de sal, en el trazo padeciente de amores incomprendidos, en la agonía constante de existir en el momento y lugar equivocado; en el beso sostenido y el abrazo contenido; en la piel despoblada de caricias, en la húmeda oscuridad de la profundidad del pozo, en el vértigo tentador del abismo sin nombre, en la herida sangrante como identidad y bandera.

La Mujer Madre es un faro apostado en una península sin coordenadas terrestres, una luz que gira tenue y lentamente solo para recordar las semillas del Amor que alguna vez sembró con tanto ahínco.  Ya no es puerto ni muelle; ya no es nido ni destino; es apenas una plegaria sostenida para que su nombre solo despierte sonrisas y sensaciones de abrazos sin distancia.



La Mujer Amante es una parcela de rosas en capullo; una geografía silvestre jamás colonizada, desheredada de cicatrices, rastros y huellas de nombres ahora desconocidos; es un puñado de polvo de estrellas viajando con el viento; un nombre que solo puede ser suspirado por quien honra el Templo; un beso anónimo en las noches de luna llena; una viajera que no espera barcas ni gaviotas; una peregrina que dibuja su propio camino.



La Niña Perdida ya no llora por los rincones, lamentando su suerte y llamando a los seres azules para que regresen a buscarla.  La Niña Tristeza ha encontrado en su corazón los tesoros dormidos, la Madre que todo lo sana y el talismán que descubre los pasadizos secretos.  La Niña Rechazada ya no esconde sus colores ni sus dones, ni su magia. Ya no camina por las ciudades buscando salvar corazones maltrechos, como deseo ancestral de que alguien de algún modo sanara el suyo.  La Niña Avergonzada ya no esconde su brillo, no baja la mirada, no susurra sus deseos, no maldice sus sueños, no negocia su paz y no deja que nadie mancille sus Alas.



La Mujer Luna abre su corazón a la noche estrellada y escucha los mensajes que el cielo murmura en su corazón.



La Mujer Medicina prepara una tisana con dos hojas de albahaca y unas gotas de limón; y en el cuenco de sus manos bendice las palabras que nos recuerdan sanos.

La Mujer Maga se reconoce hacedora de milagros y puede crear un espacio sagrado entre una parva de escombros y un paisaje de cemento.  Sobre los techos de chapa y los muros imperfectos, el Cielo se extiende vasto y generoso, imperturbable ante la grotesca disposición urbana que confina los cuerpos y adormece las Almas.



La Poetisa que antes escribía se ha perdido; hubo un tiempo en que extrañaba sus poemas, pero invocarla, sería invocar una Mujer lastimada y sedienta de Amor que ya no existe.  La Mujer que ahora escribe es una colección de experiencias, aprendizajes, personajes de mis cuentos y muertes en vida; pero por sobre todo es el reflejo en el espejo, de una mujer nueva, una mujer que se atreve y aprende desde la humildad de haber descubierto que el camino recién empieza.




 

Estoy de pie, desnuda mi alma y mi corazón, las cicatrices bordadas con hilos de seda dorados, rosas y blancos;  las alas en mi espalda se agitan fuertes y desafiantes a pesar de los parches y remiendos después de tantas batallas y caídas; mi pelo se ondula con el viento, con surcos plateados que brillan bajo la luna; no llevo escudos ni armaduras, tampoco una espada; llevo apenas un vestido de gasas tenue y sutil, una amapola en el centro de mi pecho y una corona de rosas en mi cabeza.  Delante de mí, camina el Arcángel Gabriel, a mi derecha el Arcángel Rafael, a mi izquierda el Arcángel Miguel y detrás de mí el Arcángel Uriel; sobre mí vuela y planea una paloma blanca rodeada de los dones del Espíritu Santo; en mis pies descalzos, las sandalias de Jesús; en mi corazón, el Amor de Dios; en mis manos el Rosario Amoroso de la Madre María; en mis ojos, lágrimas de emoción por todo lo que es y por todo lo que puede ser posible en mi vida.

Que Tu Voluntad Divina sea derramada y realizada a través de mí.

Que mis acciones sean Tu Verbo.

Que mis palabras sean Tu Sabiduría.

Que mi Amor sea Tu Amor.

Que Tu Compasión sea la nueva Poesía.

Que Tus Milagros sean las nuevas Historias a contar.

Soledad Lorena© / Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo© / Tejedora de Puentes

 

 


Viernes 18 de febrero de 2022

Mates en la escalera, después de una lectura de Tarot Evolutivo para mí.

Atardecer en San Luis, con mi libreta y un lápiz.

Una mariposa en tonos de naranjas ha revoloteado frente a mí; luego se ha posado en la medianera a la altura de mis ojos, se ha detenido y nos hemos mirado por un instante.  Me ha dejado un mensaje mientras yo escribía y luego ha seguido su viaje.

Debería ejercer mi oficio de escritora todos los días, es una buena idea hacerlo en la escalera, con aire fresco, bajo el cielo inmenso.  Tanto encierro me hace mal y perturba mi mente.

Debería trabajar con las cartas de Tarot cada día, transitar el camino sin expectativas y sin querer controlar el resultado con calendarios y estadísticas.

El camino de la Devoción es así: dedicar el corazón, el hábito, la mente y la intención a transitar el Sendero que Dios nos indica.  Todo lo demás llega por añadidura.

Susie / Susannah / Soledad Lorena



 

viernes, 28 de agosto de 2020

Sueños Desencadenados - Poema III

 Basta un solo centímetro

de cicatriz que estalla

y no hay remiendo que parche

el corazón que escapa.


En ese nudo imperfecto

de pieles en desatino,

converge toda la vida

que florece en un beso,

pacifica todas las luchas

y venera las caricias

que nos rozan el Alma.


Una permite el desvarío,

un instante

un sueño

un impulso,

luego cose con versos

las celdas del pecado.


En la inquisición de tus miedos

mi amor es el hechizo

que te devuelve la vida.


Podría amarte cien años

y despertar tus colores,

pero en tus catacumbas

mis alas mueren hechas jirones.


Mientras el cielo te espante

y reniegues de mi nombre,

no habrá placer que te llene

ni mentira que te calme.



Soledad Lorena ©

Tejedora de Palabras

Susana Lorenzo

Derechos Reservados


sábado, 23 de noviembre de 2019

La Posada de los Muertos

Comencé a escribir este libro en 2014, más o menos en la misma época en que comenzaron las historias de Cuentos Terapéuticos.

Al comienzo, sólo serían Apuntes sobre el Suicidio, luego, apareció La Posada y algunos de los personajes. En el camino, llegó Doña Muerte y perdí el ritmo del libro, subida a una montaña rusa de cambios en mi vida.

A veces, llegaban fragmentos desordenados y los escribía en la computadora o en mi libreta de notas. Otras veces era apenas un flash, una imagen, entonces, anotaba sólo palabras claves.

Hace varios meses que me tocaban el hombro, recordándome que debía terminarlo. Pero yo, estaba ocupada juntando piedras en el camino, resolviendo cosas urgentes. Entonces la vida y el universo se ocuparon de crear las condiciones necesarias para que yo, ordenara todos los fragmentos y retomara la escritura de este libro.

Fueron dos días intensos y difíciles. Sin embargo, la última noche, sucedieron milagros, y ese final que yo nunca encontraba, se mostró limpio y claro.

A mi me encanta este libro. Lo he leído dos veces en voz alta y siento que es mi ópera prima. Es un libro circular, que nos hace leer en espiral.
Es un libro que se queda a mitad de camino entre cuento y novela, en un estilo muy mío.

En plena madrugada, lo he subido a mi carpeta del Drive para compartir con ustedes.

Ebook para descargar.

La versión para imprimir, ya está casi lista. Falta decidir cómo serán las tapas personalizadas y revisar los últimos detalles.

Estaré esperando, de este lado del puente, sus comentarios y vivencias.

La edición artesanal como libro objeto, estará disponible para la venta, este fin de semana.
Gracias
Gracias
Gracias
Soledad Lorena
Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes



#ebook
#laposadadelosmuertos
#tiempodesuicidas
#libroartesanal
#vamosaleer


lunes, 7 de octubre de 2019

Alhelíes en el mar

Tuve que pararme a tu lado
para descubrir distancias,
tuve que golpear tu puerta
para entender que no era bienvenida.

Fui el arco, el puente y la baya
que inevitablemente se despoja,
un espejismo de regazo
una ilusión de cunas y abrazos,
un manto doliente
de caminos desencontrados.

Con amar no alcanza,
una se deshoja en esperas
y se cansa de encender faros
en mares que nadie añora.

La mujer madre se ha ido
con una bandada de gaviotas
agitadas en el silencio
de nombres que dibujan
vidas llenas de eufemismos.

Tengo la piel tatuada
con esencias que ya no florecen,
la memoria repleta de sonrisas
qué ya nadie recuerda.

Es hora de hacer cenizas
con sueños de fechas caducas,
es tiempo de soltar amarras
en barcas que ya no navegan.

En el océano de la vida
todos los ríos olvidan su fuente,
la lluvia se confunde
entre el suspiro y la lágrima.

Entonces, cuando el viento
deposite alhelíes en la faz del mar,
los pétalos y las gotas
quizá se miren
se besen al descuido
y en regocijo dancen
sobre la paz del tiempo.

Soledad Lorena
Tejedora de Palabras
© Derechos reservados
07 de octubre de 2019
Amor de Madre



jueves, 23 de junio de 2016

Doña Muerte


De tanto buscarla, una noche se sentó a los pies de mi cama. Encendió su pipa y la luz del fósforo se hizo una con la lámpara de sal encendida en un rincón. Cuando exhaló, un gran círculo de humo me envolvió llenándome de un aroma desconocido que aliviaba todos los dolores físicos de esa noche. Llevaba una falda acampanada sobre otras faldas de varios colores y grosores. “Pa'l frío”, dijo entre pitadas, “Y pa' que no se me peguen las penas, igual que las trenzas que ya nunca suelto.” Su piel era gris oscura y estaba surcada por tantas arrugas, que era difícil adivinar sus rasgos. Una sonrisa vivaz mostraba apenas un par de dientes y cuando hablaba sonaba dulce como la hierba que fumaba. “Tengo un rato pa'l descanso si quiere que charlemos.

Ya sabía yo que no venía a buscarme, suspiré con resignación y me puse la bata de invierno mientras preparaba dos tazas de té con canela, jengibre y cardomo.
Gracias, mi niña. No suelo ser bien recibida.” Río a carcajadas haciendo sonar los cascabeles de sus pulseras doradas.


“Hace muchos años, yo era una partera y con eso ayudaba a mantener a mi familia. Mi marido estaba en la guerra y recibíamos del gobierno un cheque cada mes. Luego él desapareció, los cheques no llegaron, las mujeres pobres como yo salían a trabajar y los nacimientos eran pocos. Un médico que atendía a las familias ricas de la ciudad me ofreció trabajar para él y atender a las jóvenes que no deseaban ser madres. Primero dije que no, luego mis hijos enfermaron gravemente y acepté por el dinero. Al principio era difícil, después me acostumbré y hasta me gustó librar a esas pobres almas de unas mujeres huecas y tilingas que sólo buscaban pasarla bien. La paga era muy buena. La gente rica paga mucho por deshacerse de herederos no deseados, sobre todo cuando las chiquillas se meten con algún granuja sin buen apellido. 

Construí mi casa, compré muebles nuevos y mis hijos fueron a la universidad; pero dejaron de visitarme tan pronto como supieron de dónde sacaba el dinero. Una noche de tormenta salí en mi coche nuevo a atender una primeriza que vivía en una casa quinta lejos de la ciudad. Apenas llegué, el padre de la joven puso un fajo de billetes en mi mano, ordenándome que hiciera lo que fuera necesario. Cuando entré a la habitación, la joven estaba sola, recostada en su cama de sábanas de seda. Detrás de su enorme panza, apenas si se veía su carita transpirada y asustada. Me tomó la mano desesperada y confesó: – El no es mi padre, es el nuevo marido de mi madre. Me ha dado todos los preparados posibles para que abortara;  trajo curanderos y enfermeras que metieron tijeras hasta hacerme sangrar. Yo creo que es un demonio, porque no ha muerto y me produce unos dolores horribles. No quiero ni verlo, por favor. Simplemente sáquelo, hay un buen amigo que me espera en la iglesia para librarme de los abusos de mi padrastro. – Suspiró y con ese mismo aire, en un solo pujo, salió un bebé enorme, rosado y llorando como un marrano.--  Ya está, hágalo rápido. – Gritó ella. – O mi padrastro me matará a mí también.Mientras miraba al niño de ojos verdes, imaginaba a ese mal hombre abusando de su hijastra. Juntaba bronca para enredar el cordón en su cuello. Por las dudas, con una almohada tapé su cara para que no pudiera respirar. Dejó de llorar y agitarse. Sentí su manita deslizarse debajo de la almohada y tomar muy fuerte uno de mis dedos. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Solté su manita y quité la almohada. Respiraba suavemente y me miraba con una sonrisa. Lo envolví con mi sobrefalda y sin decir nada salí nuevamente a la tormenta. Caminé durante horas hasta perderme en una arboleda. Me senté sobre la tierra mojada, apoyando mi espalda en un tronco viejo. Acuné al niño sin saber si estaba vivo o muerto.”

Ella comenzó a llorar, como si lloviera copiosamente.
Necesito dormir, mi niña.” Se acurrucó a los pies de mi cama, sobre el acolchado, sin pedir nada. Busqué unas mantas y la tapé. Fui a la cocina, hice más té y decidí hornear galletas de avena y jengibre; sería una noche larga.

Me senté apoyada sobre varias almohadas, entre las sábanas y el acolchado, con una taza de té en la mano y un plato con galletas en la mesita de luz. Casi amanecía cuando abrió los ojos nublados y me miró como quien vuelve de un largo viaje.
Gracias. Hace mucho mucho tiempo que nadie cuidaba de mí. Ya es tarde, comemos algo y salimos de recorrida. Hay varias personas por morir.”

Sacó una bolsa de tela que guardaba en su corpiño y espolvoreó algo sobre mi cabeza, luego me pidió que encendiera palo santo y me recomendó vestirme con ropas oscuras y trenzar mi pelo. “Y no se olvide, mi niña, un par de polleras ayudarán también para que no se le peguen las penas. Con este polvo, nadie podrá verla.


La primera parada fue en la sala de terapia intensiva de un hospital infantil. La niña entubada y conectada a una docena de aparatos la miró con dulzura. Le extendió los brazos, mientras mi vieja amiga la ayudaba a pararse posando un beso en su frente. La niña salió saltando y cantando alguna canción que le gustaba, se tomaron de la mano y salieron antes de que llegaran sus padres.


“Los niños son el trabajo más fácil y más divertido. Todo es un juego. Ellos entienden, ellos saben dónde van, ellos vuelan y disfrutan.  Conocen a todos los ángeles de por aquí y más allá. Son las familias quienes a veces, tiran de sus alas, sus brazos y sus pies y no les dan paz. Usted tranquila mi niña, espéreme en los bancos fuera del hospital, yo la dejo y vuelvo.”

La segunda muerte fue en una estación de tren. Un hombre vestido de traje y con el celular en su mano, yacía a la vera de las vías con su cabeza llena de moretones, sobre un gran charco de sangre. Ella apoyó su mano en el pecho del hombre, murmuró un cántico apenas audible y se alejó del cuerpo así como había llegado.
Su alma ya no está, su corazón estaba petrificado. Se lo han llevado los otros. Llegamos tarde.

Chasqueó los dedos y aparecimos en una casa de los suburbios. En una cama, una mujer de mediana edad dormitaba gracias a los analgésicos. Sus hijos y su esposo discutían con el médico pidiendo que hiciera caso omiso al papel firmado por su mujer que exigía no usar respiración artificial. Ella suspiró cansada, nos miró y estiró su mano como pidiendo ayuda. La anciana se sentó a su lado abrazándola contra su pecho, le peinó los cabellos y le habló con palabras amorosas. La mujer agonizante dejó rodar dos lágrimas perladas por su rostro y sonrió. Un aroma a jazmín inundó la habitación. Mientras salíamos con la mujer renovada y ataviada con un vestido de jazmines, sus hijos y su esposo gritaban y maldecían; el médico los hizo salir de la habitación y les pidió que llamaran a un sacerdote. Una pequeña niña se subió a la cama y recostándose a su lado le dijo en secreto: – Ya está Abu, ahora si estarás bien. Ya no tendrás que llorar cada vez que te cambian los pañales. Yo cuidaré que se cumplan tus deseos. No olvides seguir visitándome por las noches.


“Los adultos creen que la muerte es algo feo, indigno y un castigo para los seres vivos. Sería todo muy diferente si se respetara ese momento, si se permitiera a cada persona honrar su vida con una buena muerte. Yo sólo hago mi tarea, viniendo a buscar a quien la hora indica. Los acompaño y de algún modo bendigo ese momento para que sus almas dejen sus cuerpos en paz.”

No dijo mucho más porque sorpresivamente paramos en un basural. Ella hurgando entre las bolsas, encontró un cuerpecito desnudo que aún no cambiaba sus colores.
No me han avisado, pero estamos a tiempo.”
Se quitó una de sus faldas y envolvió al pequeño. Besó su frente. Puso su mano sobre su pecho diminuto. Le cantó una nana y con la criatura en sus brazos se disolvió en la niebla.
No me esperes, esta vez tardaré; vuelve a tu cama.

Sentí que caía por un abismo, mi corazón aceleró su latido y me desperté en mi cama, aún bajo las sábanas, con mi abrigo puesto y las dos tazas vacías sobre la mesa de luz. Dormí dos días seguidos, despertando apenas para usar el baño o tomar un vaso de agua. Ni siquiera podía con el peso de mi cuerpo.




Tres noches después, la presencia de la anciana me despertó súbitamente a la madrugada. Como la vez anterior, fumaba su pipa y me miraba con ojos vidriosos.


“No me queda mucho, ya estoy cansada, otra vendrá a hacer mi trabajo. Quiero terminar de contarte mi historia, para que la cuentes, para que la compartas. Porque no hay ningún esqueleto con capucha negra y guadaña, no hay un espectro que intimida y recoge cuerpos sin piedad. Escribe esta historia, escribe ese libro pendiente sobre los suicidios y luego llegará tu momento. Tengo un regalo para dejarte. Prepara té y algunas galletas, antes del amanecer estaré de vuelta.”

Preparé galletas de naranja y amaranto y una jarra de té de cedrón, menta y limón. Encendí palo santo. Apenas acomodé la bandeja y las tazas, la anciana estaba de vuelta. Se sacudió las faldas, hizo una reverencia y se sentó a los pies de mi cama.


“Aquella noche en la arboleda, con ese bebé envuelto en mi regazo, me sentía una asesina. Por primera vez, después de tantos abortos sentía el peso de todas esas almas tironeando mi corazón en jirones. Aquel bebé había sido diferente, estaba en término, me había mirado con dulzura y desparpajo cuando había intentado matarlo. No me animé a mirar su carita nuevamente. Simplemente le canté una nana y lo acuné suavemente. La tormenta cesó. La helada comenzó a escarchar la maleza, las hojas de los árboles, mi pelo mojado y las lágrimas que no cesaban de caer por mi mejilla sobre el bulto inerte. Respiré hondo, pedí perdón por los niños que nunca nacieron, por las madres que nunca los miraron, por los hombres que pagaron por sus muertes y por las abuelas que no les cantaron sus nanas.

Entre la bruma vi acercarse una mujer encorvada apoyada sobre un bastón, fumaba una pipa, tenía varias pañoletas sobre sus hombros y una larga trenza de pelo canoso que arrastraba tras de sí. Destapó al bebé, lo besó en la frente y lo arropó con una de las pañoletas tejidas que quitó de sus hombros. Le cantó una nana. Con la otra mano hizo una señal de la cruz sobre mi frente, puso una bolsa de tela gastada sobre mi sobrefalda manchada de sangre. Murmuró una bendición y se despidió diciendo: – Ya he terminado mi tarea. Te cedo el legado y el honor. Descansa en paz.

Abrí la bolsa, había un trozo de palo santo encendido que dejé sobre mi cuerpo inerte. Tomé la pipa con hierbas dulces que ya humeaban a pesar de la helada. Vi la fogata desde lejos. Oí la sonrisa de la anciana en la distancia y al bebé riendo con sus juegos.He vagado desde entonces, día y noche, buscando y acompañando con un corazón piadoso y una mano amorosa que siempre bendice Dios.

Estoy exhausta, si me dejas, dormiré aquí un rato, se siente bonito y tus galletas me apapachan las penas.”

Me despertó el sol en la ventana, ignorando las cortinas y descubriendo partículas en el aire. Junto a las tazas vacías, una bolsa de tela. Desaté ansiosa el cordón: una pipa hecha de palo santo, una pequeña bolsa con flores y hierbas y una nota garabateada con letra antigua:

“Pa' que se vaya acostumbrando mi niña. Dios me la bendiga.”

Soledad Lorena ©
22 de Junio
Invierno 2016 
Derechos autorales: Susana Lorenzo


Nota de la autora: cuando vi a Doña muerte, la vi con las trenzas de la tristeza que menciona Paola Klug  (La Pinche Canela) en sus cuentos.  Me he tomado el atrevimiento de mencionar esas trenzas, porque así ella vino a mí.  Paola Klug / Autora de Trenzaré mi tristeza