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domingo, 11 de octubre de 2020

La Bruja de los Besos

 Me sano

Te sanas


El agua cristalina y tibia los envolvía sugerente, jugaban como niños, apoyaban los pies en uno de los bordes de la pileta, flexionaban las piernas y se impulsaban hacia atrás para medir quién llegaba más lejos. Reían con complicidad y ternura, se rozaban sin malicia y se hablaban sin palabras. Otras personas en la pileta los miraban curiosos. Se acomodaron en uno de los bordes de la piscina para devolver las miradas y desafiar los testigos;  él cruzó su pierna sobre la de ella, sin despegar un centímetro su cuerpo, ella lo miró intrigada y él simplemente sonrió para desarmar todas sus defensas.

Se despertó turbada por las emociones del sueño y el calor de la siesta que la había sorprendido bajo una manta. El sueño había sido tan real que el cuerpo guardaba la memoria de los momentos compartidos.  Miró su celular y entre las notificaciones de las redes sociales, había una de ese hombre más joven al que nunca había mirado como un sujeto deseable. Sincronicidades inexplicables…



Entonces recordó otros sueños, otros hombres, otras sensaciones, conexiones en el cosmos sin fronteras, puentes dibujados en algún lugar del infinito.  

La primera vez que sucedió, ella creyó que ese hombre tímido siempre atento y respetuoso, escondía sentimientos que no se animaba a expresar. Cada vez que ella soñaba con él y se encontraban en algún puente energético, se producía alguna clase de contacto, un mensaje, un llamado, una visita inesperada.  Más temprano que tarde, se dio cuenta que él solo buscaba el refugio de su paz, la energía sanadora de su espacio, la confidencia en sus momentos de angustia y a veces, se convertía en apenas un mensajero que el universo necesitaba para que ella resolviera asuntos terrestres.

Por eso, comenzó a ignorar, enojarse, frustrarse o sentirse culpable cada vez que en sus sueños, su piel se rozaba con el nombre de un rostro conocido y se despertaba con besos que palpitaban en su pecho.



El sueño de la pileta aún agitaba sus aguas y su río estaba despierto en remolinos de vientos sagrados.  ¿En qué se parecían todos los hombres con los que había soñado durante su celibato voluntario? Los conocía o los había conocido en persona, estaban solos o mal acompañados, eran mal amados, se amaban poco y no sabían o no estaban dispuestos a  amar intensamente; todos eran queribles pero no deseables, eran más jóvenes y desafiaban todos sus prejuicios.

Encendió un sahumerio, buscó sus aceites, dejó que su piel se volviera transparente bajo el sol de la tarde. Se dijo todas las cosas bonitas que había aprendido a decirse, jugó con sus pliegues y sus curvas, navegó humedades y se convirtió en un río dulce de almendras  y jazmines. Cuando la miel de sus labios cuajó en el punto justo, exhaló su magia para alcanzar al hombre de la pileta, descubrió su espalda, le besó la mirada, abrazó sus miedos y le susurró al oído: ‘me sano, te sanas'.  Él le devolvió la sonrisa y se enredó en las ondulaciones del río que bailaba suavizando corazones. Ella sintió algo en su boca, la herida que llevaba una semana sin cicatrizar en sus labios, pulsó al ritmo de su placer y floreció en un suspiro sin nombre; acaba de convertirse en La Bruja de los Besos.

El guardián de su mente (sí, ella tiene guardianes masculinos y crueles en su mente) la increpó: ‘¿Acaso no ibas a mantenerte virgen y casta para el buen amor sin invocar jamás el nombre de alguien sin su permiso?’

Ella se sacudió el espejismo sobre su hombro y sin dudarlo respondió: ‘Estoy aprendiendo a amar sin esperar nada, a aceptar y honrar hombres con defectos: espaldas imperfectas, pectorales sin turgencia, abdómenes excedidos, cabelleras desparejas, miedos encarcelados, heridas desatendidas, zapatos inadecuados, ropas desaliñadas. Ya no pretendo salvarlos, curarlos o amarlos; no espero que me amen, me miren o me busquen;  solo dejo que el río fluya y su cauce encuentre las rutas dibujadas en los sueños.’




Sucedía siempre en domingo, a veces de madrugada, a veces en la siesta, no los elegía, simplemente invadían su sueño espeso y profundo.  Cada encuentro era diferente y nunca sabía lo que cada quien traería consigo.  A algunos los besaba en los ojos, otros en la frente, algunos en sus labios sugerentes, a veces los besaba en la espalda, otras veces les besaba las manos; pero inevitablemente les besaba el corazón. Sus almas estaban ahí aún palpables de cada sueño y participaban sin recelos ni armaduras, dejándose besar y muchas veces, besándola donde ella ya no guardaba memorias.

Ellos comenzaban su lunes con un aire distinto, se despertaban besados y con ganas renovadas de amar y descubrir.  Intentaban recordar sus experiencias oníricas, pero no había nombres ni rostros, solo ese sabor a almendras y ese aroma a jazmines que los cubría por dentro y por fuera.  Se miraban al espejo y sonreían.  Se palpaban el pecho descubriendo una sensación que jamás los había habitado.

Ella no necesitaba averiguar, ni escribir ni llamar.  Siempre había algún mensaje, que nunca demoraba más de una semana, un comentario casual, una voz encendida, una sonrisa diferente en esas fotos distantes, la confirmación de que sus besos se habían posado y un batir de alas les había dibujado nuevos cielos.



Comenzó a preocuparse, a pensar que quizá el buen amor no llegaría, si ella estaba ocupada respondiendo al llamado de almas en sus sueños. Convocó a los guardianes de su mente, porque su corazón se sentía pleno con esos instantes sin cuerpo ni espacio. Entonces, el guardián más viejo se sentó aburrido de no tener trabajo y le respondió claramente: ‘Cuando ya no busques, ni esperes, ni juzgues, ni anheles, ni ansíes, ni siquiera en el rincón más pequeño de tu ego; el buen amor se anunciará en tus sueños y recitará en tus labios las palabras sagradas y al despertar, una voz hará eco en tu piel para decirte: “Es tiempo, ya estoy aquí.”Tu  Alma lo reconocerá por el roce de sus silencios en tu cuenco vacío.’

Soledad Lorena©

Tejedora de Palabras

Susannah Lorenzo

Tejedora de Puentes

Derechos Reservados

Domingo 11 de octubre de 2020


viernes, 7 de febrero de 2020

Historias Prestadas - Cuadernos

Cuadernos

Bubu Mara

Bubu había aceptado que Candelaria estaría fuera de su vida por un buen tiempo. Al principio le causaba una tristeza que se le metía en los huesos y tejía nudos en su corazón. Luego comprendió que no debía interferir. La encomendó a la Virgen, rezó por ella y continuó viviendo como si no doliera, como si aquel lazo que las unía hubiera sido sólo un espejismo.

Sin embargo, el subconsciente nos muestra en sueños lo que nuestro corazón no sana o aquellas emociones que intentamos controlar desde nuestra mente.

Esa nieta que alguna vez le había pedido con lágrimas en los ojos que se convirtiera en su mamá, ahora estaba de rehén entre fuegos cruzados y guerras familiares que la tenían como víctima y escudo.

A veces la niña se le aparecía en sueños llorando o intentando acercarse entre regaños y prohibiciones de su madre. Entonces el despertar era amargo y los nudos en su corazón parecían tejidos con las mismas penas de Candelaria.

En otras ocasiones, soñaba que salían juntas, se la encontraba casualmente en la calle o su madre la traía de visita. Las sensaciones eran reales y el instante compartido desaparecía fugaz con el sol de la mañana.

Decidió entonces comprar un cuaderno de tapas duras y forrarlo con una tela de estampado delicado en flores color lavanda.
Comenzó a escribir en tiempo real como si cada encuentro hubiera sucedido en la dimensión visible y tangible donde nos movemos durante el día.

Miércoles 06 de febrero de 2020 
La encontré en la peatonal de camino a hacer unos trámites en el banco. Apenas me vio, sonrió con chispas en los ojos, dudó y miró hacia donde su madre estaba con sus hermanos. Le sonreí y abrí los brazos para invitarla al encuentro, entonces no pudo evitarlo y se acercó con sus mejillas rosadas por la emoción.
Antes de que nos separaran, le susurré al oído, como siempre: “No olvides que pase lo que pase, siempre te amo y siempre seré tu Bubu y tu Hada Madrina.”
Está tan alta, ha cambiado. No supo qué decir, quizá la hayan convencido de que estoy fuera de su vida porque mi corazón nada siente por ella. 
Aún puedo sentir su cabello en mis labios.
Gracias Señor



Candelaria

-- Mamá, ¿me compras un cuaderno de princesas con tapas duras? Quiero hacer dibujos y escribir canciones.

Cada vez que tenía miedo por las noches, miraba su Atrapa Sueños y le rogaba al Ángel pintado sobre la pared, que las pesadillas se fueran y que pudieran mudarse a una casa donde ella durmiera sola en una habitación con paredes rosas y perfume de flores en la cama y en el ropero.

Su primer dibujo en el cuaderno, fue justamente esa habitación que ella imaginaba y anhelaba con el corazón. Cuidó cada detalle, conservando el Atrapa Sueños sobre su cama, la manta tejida a crochet de cuando era bebé en los pies de su cama y un Ángel con alas brillantes custodiando sus sueños desde la pared.

Tenía nuevas abuelas postizas ahora y no se permitía en la casa, hablar de Bubu Mara, por muchas razones que no entendía; su mamá había dicho que era mala persona y los había abandonado porque no sentía una gota de amor.

A veces le creía, ¿por qué si Bubu la amaba como había dicho, no llamaba o simplemente aparecía golpeando la puerta? Tenían pendiente una tarde con tazas de té y charlas sin testigos. Pero eso nunca había pasado, ni siquiera cuando Bubu era bienvenida.
Otros días quería escribirle una carta, dibujarle una princesa y fabricarle un castillo donde pudieran compartir tardes de té, bailes con vestidos preciosos y aprender esas cosas que sólo enseñan las Hadas Madrinas.

Cuando su mamá le preguntó por los dibujos del cuaderno, le respondió que estaba haciendo un cuento, que primero haría todas las ilustraciones y luego comenzaría a escribir la historia. Si alguno de sus hermanos le preguntaba por sus cuentos, ella inventaba cada vez, una versión distinta. Sólo en su corazón, guardaba secretamente el nombre verdadero de cada personaje. Su
mamá estaba muy ocupada para darse cuenta y sus abuelas postizas sólo veían novelas y jamás compartían historias mágicas. Su cuaderno era un puente que sólo ella y su Bubu podrían comprender.

A medida que dibujaba, comenzó a cambiar las pesadillas por sueños de colores y en las noches, se encontraba con Bubu Mara en diferentes lugares: comían helado, tomaban el té, paseaban por la plaza o iban juntas al cine.

Sólo entonces, escribía algunas oraciones para recordar el sueño.

06 febrero
La Reina del castillo ha organizado una fiesta, las princesas preparan masitas para la hora del té y dicen que un carruaje trae una visitante misteriosa de las tierras más allá de las montañas.




Cuadernos

Cuando Candelaria cumplió 15 años, un mensajero le entregó una caja preciosa, forrada con papel de seda y coronada con un moño de color violeta. A medida que abría la caja, un aroma a flores llenaba su cuarto de paredes color rosa. Nueve cuadernos de tapas duras prolijamente forrados con tela estampada de color lavanda arrebolaban sus mejillas y le hacían cosquillas en el corazón.

Cada cuaderno estaba identificado con una carátula que indicaba el año cuando había sido escrito y tenía dibujado un mandala, que cambiaba de colores y diseño según el ciclo al que correspondía.

Al final de cada cuaderno, la última hoja tenía un mandala sin colorear.

Mientras leía las anotaciones, los recuerdos y las emociones se agolpaban en su mente como una película que no tenía ni principio ni final. Contó los cuadernos, había un cuaderno por cada año que ella y Bubu Mara habían estado distanciadas.

Parecían sueños o pequeñas historias, quizá deseos o encuentros imaginarios. Sin embargo, algunos le resultaban demasiado familiares.

Buscó en el fondo del ropero sus cuadernos de princesas envueltos en la vieja manta de crochet.

Ella no había sido tan cuidadosa en indicar el año de las anotaciones, pero conocía perfectamente el orden de los cuadernos y los pasadizos secretos en los dibujos. Nunca había cumplido su promesa de escribir la historia que explicara las ilustraciones, ella no lo necesitaba. Cuando la Reina tomaba helado en el castillo, Bubu había contado un encuentro en una heladería. Cuando la Reina esperaba una visitante misteriosa, Bubu había descripto un encuentro casual en la calle.

Candelaria podía recordar esos abrazos nocturnos, esos sueños cuando sentía un roce dulce en la mejilla o esos instantes en que el Atrapa Sueños parecía agitarse como si los ángeles bailaran.

En el fondo de la caja encontró una nota escrita a mano con una caligrafía que no podía olvidar.

Siempre te espero.
Siempre te cuido.
Siempre te rezo.
Siempre te siento.
Siempre te bendigo.
Siempre te pienso.
Siempre te sueño.
Si algún día quieres, éste es mi número de celular:
La característica es de la ciudad donde nací.
El primer número es como el primer número de tu DNI, el segundo número es el quinto número de tu documento, el tercer número es el día de tu cumpleaños, el cuartó numero es el mes de tu nacimiento, el quinto número es el cuarto y último número de tu DNI, el sexto número es como el quinto número de tu documento, y el último número de mi celular es como el tercer número de tu DNI.
Mi corazón, mi amor, mis plegarias y mis bendiciones, te han acompañado todos estos años y están volcados en este cuaderno. Tú 
eliges cómo pintar el mandala que cierra cada año sin ti.
Bubu Mara

©Soledad Lorena
Tejedora de Palabras
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes
Derechos Reservados



Historias Prestadas
Cuentos Terapéuticos
Tomo II
Susannah Lorenzo
Tejedora de Puentes
Soledad Lorena
Tejedora de Palabras
© Todos los derechos reservados
Madrina de Historias Prestadas
Carolina de Rivas
Merlo, San Luis, Argentina




sábado, 8 de septiembre de 2018

Niño Mandala


Cuando su tía Jimena le regaló el libro para colorear Mandalas, sintió que por fin sus ojos descubrían cosas aquí afuera parecidas a su mundo interior.

Lo llevaba en su mochila a todos lados y esas figuras completaban sus espacios vacíos.

Cuando los Mandalas en blanco se terminaron, Tomás comenzó a dibujar sus propios diseños.

A Sarita, su compañera de banco, le pintó un mandala de frutillas, su fruta preferida.

Un mandala de flores fue el dibujo perfecto para Catalina, que llevaba flores en todos sus vestidos, en las cintas para el pelo y cubriendo todos sus cuadernos.

Cuando no tenía papel a mano, armaba mandalas con hojas, ramas o tapitas de gaseosa.

En la hora de gimnasia, cuando todos tenían que jugar al futbol y a él lo mandaban al banco, dibujaba mandalas en la tierra y los decoraba con piedras.

Apenas terminaba el partido, sus compañeros pateaban su diseño y se burlaban sin que ningún maestro les llamara la atención.

La Seño Juana no tardó en enviar una nota a la casa:

“Señora mamá:Tomás tiene comportamientos extraños, tanto en la clase como en el recreo.Todos sus compañeros y los maestros de áreas especiales han notado que es un niño raro, y por supuesto, no lo integran en las actividades.Considero que debería comenzar un tratamiento psicológico.”

Marisa, la mamá de Tomás, suspiró y lo miró mientras dibujaba otro de sus mandalas.

Ella sabía que no le gustaba el futbol, los video juegos o ver lucha en la televisión.  Era un poco tímido y siempre se volvía casi invisible cuando había mucha gente en la casa.

Pero estaba convencida que no era un niño raro con necesidad de un tratamiento.

Hablarlo con el papá de Tomás no era una buena opción, porque él también pretendía que fuera a la escuela de futbol y algún día se convirtiera en el jugador que él no había podido ser.

Como no supo qué hacer, no hizo nada y dejó que el tiempo acomodara las cosas.



Tomás pensó que sería una buena idea preparar su mejor mandala para la Seño Juana.  Quizá así, se daría cuenta de lo que él veía.

Cuando la maestra abrió el sobre de papel madera, se encontró con una rueda de colores brillantes, pequeños fragmentos de papel glasé que reflejaban la luz.  

Mirarlo era como ver a través de un caleidoscopio.  Su infancia se le agolpó en el pecho y un mar salado desbordó sus ojos.  Rompió el mandala con furia y salió del aula sin hablar con Tomás.

Él se volvió aún más pequeño, se sentó en su banco y miró las paredes manchadas, grises y frías.

Buscó en el armario las tizas de colores y comenzó a dibujar un gran mandala en la pared, desde la altura que le daba uno de los bancos.



❊❊❊

Cuando el director de la escuela entró al aula para sancionar a Tomás por haber hecho llorar a la maestra, se encontró con un mandala perfecto.  Sus colores iluminaban el aula.  La multiplicación de pétalos y triángulos era una secuencia matemática en múltiplos de tres.

Se acercó para observar los detalles y pudo distinguir pequeñas palabras enredadas en firuletes bordeando las formas geométricas.

Una de las palabras se le anudó en la garganta y sus recuerdos de la infancia primaria lo llenaron de tristeza.

Salió corriendo a buscar a Tomás.  Estaba en un rincón del patio con su block de dibujo en las manos y la mirada perdida.  Lo abrazó tan fuerte que aquel niño triste que dormía en su interior, salió a encontrarse con los ojos de Tomás.
--Vamos—dijo el director, ofreciendo su mano. – Ya no hay nada que hacer aquí.





Dicen que el director nunca más volvió y fundó una escuela en las afueras de la ciudad, para chicos mandala.

Dicen que ninguna celadora pudo lavar el Mandala que Tomás dejó dibujado en la pared.

Dicen que cada vez que alguien se para frente a esa pared y mira atentamente el Mandala, algo se acomoda dentro de su corazón.

Soledad Lorena©
Susana Lorenzo
08 de septiembre de 2018

domingo, 2 de julio de 2017

lunes, 20 de marzo de 2017

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lunes, 2 de enero de 2017

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jueves, 23 de junio de 2016

Doña Muerte


De tanto buscarla, una noche se sentó a los pies de mi cama. Encendió su pipa y la luz del fósforo se hizo una con la lámpara de sal encendida en un rincón. Cuando exhaló, un gran círculo de humo me envolvió llenándome de un aroma desconocido que aliviaba todos los dolores físicos de esa noche. Llevaba una falda acampanada sobre otras faldas de varios colores y grosores. “Pa'l frío”, dijo entre pitadas, “Y pa' que no se me peguen las penas, igual que las trenzas que ya nunca suelto.” Su piel era gris oscura y estaba surcada por tantas arrugas, que era difícil adivinar sus rasgos. Una sonrisa vivaz mostraba apenas un par de dientes y cuando hablaba sonaba dulce como la hierba que fumaba. “Tengo un rato pa'l descanso si quiere que charlemos.

Ya sabía yo que no venía a buscarme, suspiré con resignación y me puse la bata de invierno mientras preparaba dos tazas de té con canela, jengibre y cardomo.
Gracias, mi niña. No suelo ser bien recibida.” Río a carcajadas haciendo sonar los cascabeles de sus pulseras doradas.


“Hace muchos años, yo era una partera y con eso ayudaba a mantener a mi familia. Mi marido estaba en la guerra y recibíamos del gobierno un cheque cada mes. Luego él desapareció, los cheques no llegaron, las mujeres pobres como yo salían a trabajar y los nacimientos eran pocos. Un médico que atendía a las familias ricas de la ciudad me ofreció trabajar para él y atender a las jóvenes que no deseaban ser madres. Primero dije que no, luego mis hijos enfermaron gravemente y acepté por el dinero. Al principio era difícil, después me acostumbré y hasta me gustó librar a esas pobres almas de unas mujeres huecas y tilingas que sólo buscaban pasarla bien. La paga era muy buena. La gente rica paga mucho por deshacerse de herederos no deseados, sobre todo cuando las chiquillas se meten con algún granuja sin buen apellido. 

Construí mi casa, compré muebles nuevos y mis hijos fueron a la universidad; pero dejaron de visitarme tan pronto como supieron de dónde sacaba el dinero. Una noche de tormenta salí en mi coche nuevo a atender una primeriza que vivía en una casa quinta lejos de la ciudad. Apenas llegué, el padre de la joven puso un fajo de billetes en mi mano, ordenándome que hiciera lo que fuera necesario. Cuando entré a la habitación, la joven estaba sola, recostada en su cama de sábanas de seda. Detrás de su enorme panza, apenas si se veía su carita transpirada y asustada. Me tomó la mano desesperada y confesó: – El no es mi padre, es el nuevo marido de mi madre. Me ha dado todos los preparados posibles para que abortara;  trajo curanderos y enfermeras que metieron tijeras hasta hacerme sangrar. Yo creo que es un demonio, porque no ha muerto y me produce unos dolores horribles. No quiero ni verlo, por favor. Simplemente sáquelo, hay un buen amigo que me espera en la iglesia para librarme de los abusos de mi padrastro. – Suspiró y con ese mismo aire, en un solo pujo, salió un bebé enorme, rosado y llorando como un marrano.--  Ya está, hágalo rápido. – Gritó ella. – O mi padrastro me matará a mí también.Mientras miraba al niño de ojos verdes, imaginaba a ese mal hombre abusando de su hijastra. Juntaba bronca para enredar el cordón en su cuello. Por las dudas, con una almohada tapé su cara para que no pudiera respirar. Dejó de llorar y agitarse. Sentí su manita deslizarse debajo de la almohada y tomar muy fuerte uno de mis dedos. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Solté su manita y quité la almohada. Respiraba suavemente y me miraba con una sonrisa. Lo envolví con mi sobrefalda y sin decir nada salí nuevamente a la tormenta. Caminé durante horas hasta perderme en una arboleda. Me senté sobre la tierra mojada, apoyando mi espalda en un tronco viejo. Acuné al niño sin saber si estaba vivo o muerto.”

Ella comenzó a llorar, como si lloviera copiosamente.
Necesito dormir, mi niña.” Se acurrucó a los pies de mi cama, sobre el acolchado, sin pedir nada. Busqué unas mantas y la tapé. Fui a la cocina, hice más té y decidí hornear galletas de avena y jengibre; sería una noche larga.

Me senté apoyada sobre varias almohadas, entre las sábanas y el acolchado, con una taza de té en la mano y un plato con galletas en la mesita de luz. Casi amanecía cuando abrió los ojos nublados y me miró como quien vuelve de un largo viaje.
Gracias. Hace mucho mucho tiempo que nadie cuidaba de mí. Ya es tarde, comemos algo y salimos de recorrida. Hay varias personas por morir.”

Sacó una bolsa de tela que guardaba en su corpiño y espolvoreó algo sobre mi cabeza, luego me pidió que encendiera palo santo y me recomendó vestirme con ropas oscuras y trenzar mi pelo. “Y no se olvide, mi niña, un par de polleras ayudarán también para que no se le peguen las penas. Con este polvo, nadie podrá verla.


La primera parada fue en la sala de terapia intensiva de un hospital infantil. La niña entubada y conectada a una docena de aparatos la miró con dulzura. Le extendió los brazos, mientras mi vieja amiga la ayudaba a pararse posando un beso en su frente. La niña salió saltando y cantando alguna canción que le gustaba, se tomaron de la mano y salieron antes de que llegaran sus padres.


“Los niños son el trabajo más fácil y más divertido. Todo es un juego. Ellos entienden, ellos saben dónde van, ellos vuelan y disfrutan.  Conocen a todos los ángeles de por aquí y más allá. Son las familias quienes a veces, tiran de sus alas, sus brazos y sus pies y no les dan paz. Usted tranquila mi niña, espéreme en los bancos fuera del hospital, yo la dejo y vuelvo.”

La segunda muerte fue en una estación de tren. Un hombre vestido de traje y con el celular en su mano, yacía a la vera de las vías con su cabeza llena de moretones, sobre un gran charco de sangre. Ella apoyó su mano en el pecho del hombre, murmuró un cántico apenas audible y se alejó del cuerpo así como había llegado.
Su alma ya no está, su corazón estaba petrificado. Se lo han llevado los otros. Llegamos tarde.

Chasqueó los dedos y aparecimos en una casa de los suburbios. En una cama, una mujer de mediana edad dormitaba gracias a los analgésicos. Sus hijos y su esposo discutían con el médico pidiendo que hiciera caso omiso al papel firmado por su mujer que exigía no usar respiración artificial. Ella suspiró cansada, nos miró y estiró su mano como pidiendo ayuda. La anciana se sentó a su lado abrazándola contra su pecho, le peinó los cabellos y le habló con palabras amorosas. La mujer agonizante dejó rodar dos lágrimas perladas por su rostro y sonrió. Un aroma a jazmín inundó la habitación. Mientras salíamos con la mujer renovada y ataviada con un vestido de jazmines, sus hijos y su esposo gritaban y maldecían; el médico los hizo salir de la habitación y les pidió que llamaran a un sacerdote. Una pequeña niña se subió a la cama y recostándose a su lado le dijo en secreto: – Ya está Abu, ahora si estarás bien. Ya no tendrás que llorar cada vez que te cambian los pañales. Yo cuidaré que se cumplan tus deseos. No olvides seguir visitándome por las noches.


“Los adultos creen que la muerte es algo feo, indigno y un castigo para los seres vivos. Sería todo muy diferente si se respetara ese momento, si se permitiera a cada persona honrar su vida con una buena muerte. Yo sólo hago mi tarea, viniendo a buscar a quien la hora indica. Los acompaño y de algún modo bendigo ese momento para que sus almas dejen sus cuerpos en paz.”

No dijo mucho más porque sorpresivamente paramos en un basural. Ella hurgando entre las bolsas, encontró un cuerpecito desnudo que aún no cambiaba sus colores.
No me han avisado, pero estamos a tiempo.”
Se quitó una de sus faldas y envolvió al pequeño. Besó su frente. Puso su mano sobre su pecho diminuto. Le cantó una nana y con la criatura en sus brazos se disolvió en la niebla.
No me esperes, esta vez tardaré; vuelve a tu cama.

Sentí que caía por un abismo, mi corazón aceleró su latido y me desperté en mi cama, aún bajo las sábanas, con mi abrigo puesto y las dos tazas vacías sobre la mesa de luz. Dormí dos días seguidos, despertando apenas para usar el baño o tomar un vaso de agua. Ni siquiera podía con el peso de mi cuerpo.




Tres noches después, la presencia de la anciana me despertó súbitamente a la madrugada. Como la vez anterior, fumaba su pipa y me miraba con ojos vidriosos.


“No me queda mucho, ya estoy cansada, otra vendrá a hacer mi trabajo. Quiero terminar de contarte mi historia, para que la cuentes, para que la compartas. Porque no hay ningún esqueleto con capucha negra y guadaña, no hay un espectro que intimida y recoge cuerpos sin piedad. Escribe esta historia, escribe ese libro pendiente sobre los suicidios y luego llegará tu momento. Tengo un regalo para dejarte. Prepara té y algunas galletas, antes del amanecer estaré de vuelta.”

Preparé galletas de naranja y amaranto y una jarra de té de cedrón, menta y limón. Encendí palo santo. Apenas acomodé la bandeja y las tazas, la anciana estaba de vuelta. Se sacudió las faldas, hizo una reverencia y se sentó a los pies de mi cama.


“Aquella noche en la arboleda, con ese bebé envuelto en mi regazo, me sentía una asesina. Por primera vez, después de tantos abortos sentía el peso de todas esas almas tironeando mi corazón en jirones. Aquel bebé había sido diferente, estaba en término, me había mirado con dulzura y desparpajo cuando había intentado matarlo. No me animé a mirar su carita nuevamente. Simplemente le canté una nana y lo acuné suavemente. La tormenta cesó. La helada comenzó a escarchar la maleza, las hojas de los árboles, mi pelo mojado y las lágrimas que no cesaban de caer por mi mejilla sobre el bulto inerte. Respiré hondo, pedí perdón por los niños que nunca nacieron, por las madres que nunca los miraron, por los hombres que pagaron por sus muertes y por las abuelas que no les cantaron sus nanas.

Entre la bruma vi acercarse una mujer encorvada apoyada sobre un bastón, fumaba una pipa, tenía varias pañoletas sobre sus hombros y una larga trenza de pelo canoso que arrastraba tras de sí. Destapó al bebé, lo besó en la frente y lo arropó con una de las pañoletas tejidas que quitó de sus hombros. Le cantó una nana. Con la otra mano hizo una señal de la cruz sobre mi frente, puso una bolsa de tela gastada sobre mi sobrefalda manchada de sangre. Murmuró una bendición y se despidió diciendo: – Ya he terminado mi tarea. Te cedo el legado y el honor. Descansa en paz.

Abrí la bolsa, había un trozo de palo santo encendido que dejé sobre mi cuerpo inerte. Tomé la pipa con hierbas dulces que ya humeaban a pesar de la helada. Vi la fogata desde lejos. Oí la sonrisa de la anciana en la distancia y al bebé riendo con sus juegos.He vagado desde entonces, día y noche, buscando y acompañando con un corazón piadoso y una mano amorosa que siempre bendice Dios.

Estoy exhausta, si me dejas, dormiré aquí un rato, se siente bonito y tus galletas me apapachan las penas.”

Me despertó el sol en la ventana, ignorando las cortinas y descubriendo partículas en el aire. Junto a las tazas vacías, una bolsa de tela. Desaté ansiosa el cordón: una pipa hecha de palo santo, una pequeña bolsa con flores y hierbas y una nota garabateada con letra antigua:

“Pa' que se vaya acostumbrando mi niña. Dios me la bendiga.”

Soledad Lorena ©
22 de Junio
Invierno 2016 
Derechos autorales: Susana Lorenzo


Nota de la autora: cuando vi a Doña muerte, la vi con las trenzas de la tristeza que menciona Paola Klug  (La Pinche Canela) en sus cuentos.  Me he tomado el atrevimiento de mencionar esas trenzas, porque así ella vino a mí.  Paola Klug / Autora de Trenzaré mi tristeza