jueves, 23 de junio de 2016

Besos Amarillos

Tomó mi útero entre sus manos como si fuera una bolsa de harina.  Lo palmeó y lo dio vuelta varias veces.  Leyó sus surcos y cicatrices como si fueran las líneas de la mano.  Lo miró al trasluz como quien observa una radiografía.


“Este útero tuyo ha echado raíces por todo tu cuerpo.  Sus costas están manchadas por mucho hombre sin amor.  Perdona la madre que fuiste, suelta la madre que no pudiste ser.  Perdona la amante que mendigó amor.  Llora todo ese río escondido y desnuda tus poderes sagrados.  Hecho está.  Curada estás.”

Preparó una mezcla con hojas de salvia y malva y pétalos de prímula;  llenó con eso el útero y lo cubrió por fuera.  Luego sopló sobre los tejidos enfermos y levantó una nube de cenizas.  Lo colocó en su sitio con mucho cuidado
Artista: Emma Uber


Desperté sudorosa con las manos en mi vientre.  Un hilo de sangre corría por la sábana. Cuando recuperé el aliento me levanté.  Preparé una taza de chocolate caliente y tomé una larga ducha.  Peiné mis pocos cabellos grises en una pequeña trenza sobre mi costado izquierdo, le até un lazo de seda rojo como los zapatos de tacón que usé esa mañana.  Me puse un vestido de paseo y mi grueso saco tejido de muchos colores.

Compré tres muñecos adorables en una juguetería: dos niñas y un niño.  Ellas con vestido y cintas en el pelo.  El con jardinero y gorro en cuadrillé.  Luego busqué una tienda de lanas y salí con treinta ovillos de diferentes colores; todos los que están en el arco iris y un poco de ese color natural que se ve espumoso como una crema.

De regreso en casa, me puse mi camisón abrigado, mi saco tejido a crochet, mis medias de domingo y el chal de mi abuela sobre los hombros.  Senté los muñecos en el sofá.  Me acomodé juntos a ellos para tejer.  Tejí tres mantas durante tres semanas, cada una con su nombre y su plegaria.  Todas diferentes, suaves y bellas.  Las perfumé con notas de jazmín y vainilla.

Tomé un largo baño con sales de lavanda.  Me vestí con el camisón más bonito, trencé mi pelo con una cinta de raso azul.  Recé un rosario y esparcí perdones a los cuatro vientos. Bajo mi almohada coloqué el dije con la piedra de ágata y el denario de la Virgen de Guadalupe.

Envolví cada muñeco en su mantita, los acosté conmigo en la cama, con sábanas limpias y perfumadas.  Les hablé, los miré, les canté y  los abracé sin prisa mientras susurraba:

Ahora no hay jefes ni horarios.
Ahora no hay escuela ni cuentas por pagar.
Ahora no vence el plazo para cumplir con todo.

Nos arropamos bajo el acolchado.  Entonces lloré tres días y tres noches, así como la curandera había dicho en mi sueño.


Tres semanas dormí con ellos en un espacio sin tiempo ni calendario.  

Pasé la cuarta semana escribiendo historias, tejiendo poemas y redimiendo fantasmas. Algunas noches o algunas siestas dormía con ellos, aún en la cama con sus mantas de suaves colores.

Al llegar la quinta semana, busqué mi valija y mi ropa más bonita.  Me aseguré de empacar mis sombreros y mis zapatos rojos.  Compré tres bolsas para regalo y acomodé cada muñeco con su manta en una bolsa.

Crucé barrios y crucé ciudades.  A cada puerta llamé sin avisar antes de mi visita. Compartimos mates y masitas con dulce de leche.  A cada uno de mis hijos en su casa abracé después de darle su regalo.

Sólo hubo hombros encogidos, miradas consternadas y sonrisas nerviosas.  No quise explicar.

Antes de llegar a casa compré jazmines y narcisos y cincuenta ovillos de lana en diferentes tonos de amarillo, incluyendo algunos de color natural, ese que se ve espumoso como una crema de vainilla.



Por ahora, sólo alcanza para cubrir mis pies mientras miro alguna película.  No sé cuando la termine, creo que tendré que hacer una manta para dos plazas y media.  Hace apenas dos meses que conocí a un hombre con el que nos besamos el alma.  No estoy segura si viviremos juntos, pero cada vez que dormimos en su cama, me pide que lleve mi manta de soles.
Soledad Lorena ©
23 de Junio 2016
Derechos autorales: Susana Lorenzo




Dedicado a todas las mamás ‘solteras’.
Dedicado a todas las Endo-guerreras y Endo-sisters.




Nota de la autora:
El color amarillo es el símbolo de la lucha con la Endometriosis en todo el mundo.


Doña Muerte


De tanto buscarla, una noche se sentó a los pies de mi cama. Encendió su pipa y la luz del fósforo se hizo una con la lámpara de sal encendida en un rincón. Cuando exhaló, un gran círculo de humo me envolvió llenándome de un aroma desconocido que aliviaba todos los dolores físicos de esa noche. Llevaba una falda acampanada sobre otras faldas de varios colores y grosores. “Pa'l frío”, dijo entre pitadas, “Y pa' que no se me peguen las penas, igual que las trenzas que ya nunca suelto.” Su piel era gris oscura y estaba surcada por tantas arrugas, que era difícil adivinar sus rasgos. Una sonrisa vivaz mostraba apenas un par de dientes y cuando hablaba sonaba dulce como la hierba que fumaba. “Tengo un rato pa'l descanso si quiere que charlemos.

Ya sabía yo que no venía a buscarme, suspiré con resignación y me puse la bata de invierno mientras preparaba dos tazas de té con canela, jengibre y cardomo.
Gracias, mi niña. No suelo ser bien recibida.” Río a carcajadas haciendo sonar los cascabeles de sus pulseras doradas.


“Hace muchos años, yo era una partera y con eso ayudaba a mantener a mi familia. Mi marido estaba en la guerra y recibíamos del gobierno un cheque cada mes. Luego él desapareció, los cheques no llegaron, las mujeres pobres como yo salían a trabajar y los nacimientos eran pocos. Un médico que atendía a las familias ricas de la ciudad me ofreció trabajar para él y atender a las jóvenes que no deseaban ser madres. Primero dije que no, luego mis hijos enfermaron gravemente y acepté por el dinero. Al principio era difícil, después me acostumbré y hasta me gustó librar a esas pobres almas de unas mujeres huecas y tilingas que sólo buscaban pasarla bien. La paga era muy buena. La gente rica paga mucho por deshacerse de herederos no deseados, sobre todo cuando las chiquillas se meten con algún granuja sin buen apellido. 

Construí mi casa, compré muebles nuevos y mis hijos fueron a la universidad; pero dejaron de visitarme tan pronto como supieron de dónde sacaba el dinero. Una noche de tormenta salí en mi coche nuevo a atender una primeriza que vivía en una casa quinta lejos de la ciudad. Apenas llegué, el padre de la joven puso un fajo de billetes en mi mano, ordenándome que hiciera lo que fuera necesario. Cuando entré a la habitación, la joven estaba sola, recostada en su cama de sábanas de seda. Detrás de su enorme panza, apenas si se veía su carita transpirada y asustada. Me tomó la mano desesperada y confesó: – El no es mi padre, es el nuevo marido de mi madre. Me ha dado todos los preparados posibles para que abortara;  trajo curanderos y enfermeras que metieron tijeras hasta hacerme sangrar. Yo creo que es un demonio, porque no ha muerto y me produce unos dolores horribles. No quiero ni verlo, por favor. Simplemente sáquelo, hay un buen amigo que me espera en la iglesia para librarme de los abusos de mi padrastro. – Suspiró y con ese mismo aire, en un solo pujo, salió un bebé enorme, rosado y llorando como un marrano.--  Ya está, hágalo rápido. – Gritó ella. – O mi padrastro me matará a mí también.Mientras miraba al niño de ojos verdes, imaginaba a ese mal hombre abusando de su hijastra. Juntaba bronca para enredar el cordón en su cuello. Por las dudas, con una almohada tapé su cara para que no pudiera respirar. Dejó de llorar y agitarse. Sentí su manita deslizarse debajo de la almohada y tomar muy fuerte uno de mis dedos. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Solté su manita y quité la almohada. Respiraba suavemente y me miraba con una sonrisa. Lo envolví con mi sobrefalda y sin decir nada salí nuevamente a la tormenta. Caminé durante horas hasta perderme en una arboleda. Me senté sobre la tierra mojada, apoyando mi espalda en un tronco viejo. Acuné al niño sin saber si estaba vivo o muerto.”

Ella comenzó a llorar, como si lloviera copiosamente.
Necesito dormir, mi niña.” Se acurrucó a los pies de mi cama, sobre el acolchado, sin pedir nada. Busqué unas mantas y la tapé. Fui a la cocina, hice más té y decidí hornear galletas de avena y jengibre; sería una noche larga.

Me senté apoyada sobre varias almohadas, entre las sábanas y el acolchado, con una taza de té en la mano y un plato con galletas en la mesita de luz. Casi amanecía cuando abrió los ojos nublados y me miró como quien vuelve de un largo viaje.
Gracias. Hace mucho mucho tiempo que nadie cuidaba de mí. Ya es tarde, comemos algo y salimos de recorrida. Hay varias personas por morir.”

Sacó una bolsa de tela que guardaba en su corpiño y espolvoreó algo sobre mi cabeza, luego me pidió que encendiera palo santo y me recomendó vestirme con ropas oscuras y trenzar mi pelo. “Y no se olvide, mi niña, un par de polleras ayudarán también para que no se le peguen las penas. Con este polvo, nadie podrá verla.


La primera parada fue en la sala de terapia intensiva de un hospital infantil. La niña entubada y conectada a una docena de aparatos la miró con dulzura. Le extendió los brazos, mientras mi vieja amiga la ayudaba a pararse posando un beso en su frente. La niña salió saltando y cantando alguna canción que le gustaba, se tomaron de la mano y salieron antes de que llegaran sus padres.


“Los niños son el trabajo más fácil y más divertido. Todo es un juego. Ellos entienden, ellos saben dónde van, ellos vuelan y disfrutan.  Conocen a todos los ángeles de por aquí y más allá. Son las familias quienes a veces, tiran de sus alas, sus brazos y sus pies y no les dan paz. Usted tranquila mi niña, espéreme en los bancos fuera del hospital, yo la dejo y vuelvo.”

La segunda muerte fue en una estación de tren. Un hombre vestido de traje y con el celular en su mano, yacía a la vera de las vías con su cabeza llena de moretones, sobre un gran charco de sangre. Ella apoyó su mano en el pecho del hombre, murmuró un cántico apenas audible y se alejó del cuerpo así como había llegado.
Su alma ya no está, su corazón estaba petrificado. Se lo han llevado los otros. Llegamos tarde.

Chasqueó los dedos y aparecimos en una casa de los suburbios. En una cama, una mujer de mediana edad dormitaba gracias a los analgésicos. Sus hijos y su esposo discutían con el médico pidiendo que hiciera caso omiso al papel firmado por su mujer que exigía no usar respiración artificial. Ella suspiró cansada, nos miró y estiró su mano como pidiendo ayuda. La anciana se sentó a su lado abrazándola contra su pecho, le peinó los cabellos y le habló con palabras amorosas. La mujer agonizante dejó rodar dos lágrimas perladas por su rostro y sonrió. Un aroma a jazmín inundó la habitación. Mientras salíamos con la mujer renovada y ataviada con un vestido de jazmines, sus hijos y su esposo gritaban y maldecían; el médico los hizo salir de la habitación y les pidió que llamaran a un sacerdote. Una pequeña niña se subió a la cama y recostándose a su lado le dijo en secreto: – Ya está Abu, ahora si estarás bien. Ya no tendrás que llorar cada vez que te cambian los pañales. Yo cuidaré que se cumplan tus deseos. No olvides seguir visitándome por las noches.


“Los adultos creen que la muerte es algo feo, indigno y un castigo para los seres vivos. Sería todo muy diferente si se respetara ese momento, si se permitiera a cada persona honrar su vida con una buena muerte. Yo sólo hago mi tarea, viniendo a buscar a quien la hora indica. Los acompaño y de algún modo bendigo ese momento para que sus almas dejen sus cuerpos en paz.”

No dijo mucho más porque sorpresivamente paramos en un basural. Ella hurgando entre las bolsas, encontró un cuerpecito desnudo que aún no cambiaba sus colores.
No me han avisado, pero estamos a tiempo.”
Se quitó una de sus faldas y envolvió al pequeño. Besó su frente. Puso su mano sobre su pecho diminuto. Le cantó una nana y con la criatura en sus brazos se disolvió en la niebla.
No me esperes, esta vez tardaré; vuelve a tu cama.

Sentí que caía por un abismo, mi corazón aceleró su latido y me desperté en mi cama, aún bajo las sábanas, con mi abrigo puesto y las dos tazas vacías sobre la mesa de luz. Dormí dos días seguidos, despertando apenas para usar el baño o tomar un vaso de agua. Ni siquiera podía con el peso de mi cuerpo.




Tres noches después, la presencia de la anciana me despertó súbitamente a la madrugada. Como la vez anterior, fumaba su pipa y me miraba con ojos vidriosos.


“No me queda mucho, ya estoy cansada, otra vendrá a hacer mi trabajo. Quiero terminar de contarte mi historia, para que la cuentes, para que la compartas. Porque no hay ningún esqueleto con capucha negra y guadaña, no hay un espectro que intimida y recoge cuerpos sin piedad. Escribe esta historia, escribe ese libro pendiente sobre los suicidios y luego llegará tu momento. Tengo un regalo para dejarte. Prepara té y algunas galletas, antes del amanecer estaré de vuelta.”

Preparé galletas de naranja y amaranto y una jarra de té de cedrón, menta y limón. Encendí palo santo. Apenas acomodé la bandeja y las tazas, la anciana estaba de vuelta. Se sacudió las faldas, hizo una reverencia y se sentó a los pies de mi cama.


“Aquella noche en la arboleda, con ese bebé envuelto en mi regazo, me sentía una asesina. Por primera vez, después de tantos abortos sentía el peso de todas esas almas tironeando mi corazón en jirones. Aquel bebé había sido diferente, estaba en término, me había mirado con dulzura y desparpajo cuando había intentado matarlo. No me animé a mirar su carita nuevamente. Simplemente le canté una nana y lo acuné suavemente. La tormenta cesó. La helada comenzó a escarchar la maleza, las hojas de los árboles, mi pelo mojado y las lágrimas que no cesaban de caer por mi mejilla sobre el bulto inerte. Respiré hondo, pedí perdón por los niños que nunca nacieron, por las madres que nunca los miraron, por los hombres que pagaron por sus muertes y por las abuelas que no les cantaron sus nanas.

Entre la bruma vi acercarse una mujer encorvada apoyada sobre un bastón, fumaba una pipa, tenía varias pañoletas sobre sus hombros y una larga trenza de pelo canoso que arrastraba tras de sí. Destapó al bebé, lo besó en la frente y lo arropó con una de las pañoletas tejidas que quitó de sus hombros. Le cantó una nana. Con la otra mano hizo una señal de la cruz sobre mi frente, puso una bolsa de tela gastada sobre mi sobrefalda manchada de sangre. Murmuró una bendición y se despidió diciendo: – Ya he terminado mi tarea. Te cedo el legado y el honor. Descansa en paz.

Abrí la bolsa, había un trozo de palo santo encendido que dejé sobre mi cuerpo inerte. Tomé la pipa con hierbas dulces que ya humeaban a pesar de la helada. Vi la fogata desde lejos. Oí la sonrisa de la anciana en la distancia y al bebé riendo con sus juegos.He vagado desde entonces, día y noche, buscando y acompañando con un corazón piadoso y una mano amorosa que siempre bendice Dios.

Estoy exhausta, si me dejas, dormiré aquí un rato, se siente bonito y tus galletas me apapachan las penas.”

Me despertó el sol en la ventana, ignorando las cortinas y descubriendo partículas en el aire. Junto a las tazas vacías, una bolsa de tela. Desaté ansiosa el cordón: una pipa hecha de palo santo, una pequeña bolsa con flores y hierbas y una nota garabateada con letra antigua:

“Pa' que se vaya acostumbrando mi niña. Dios me la bendiga.”

Soledad Lorena ©
22 de Junio
Invierno 2016 
Derechos autorales: Susana Lorenzo


Nota de la autora: cuando vi a Doña muerte, la vi con las trenzas de la tristeza que menciona Paola Klug  (La Pinche Canela) en sus cuentos.  Me he tomado el atrevimiento de mencionar esas trenzas, porque así ella vino a mí.  Paola Klug / Autora de Trenzaré mi tristeza

viernes, 17 de junio de 2016

Times

There are times when we cannot speak, if so, it would be useless.

There are times when we cannot explain things which need to be lived in order to be understood.

There are times when we cannot even write what we are thinking, silence seems to be safe.

There are times when doors and windows are kept open but only winter seems to get in.

There are times when books are closed, notebooks are hidden, words are put to sleep and we sit in the corner of the room while our body takes long naps.

Soledad Lorena©
Leaning shadow
17th June, 2016

martes, 22 de diciembre de 2015

Chatarra

Las promesas sin cumplir, las palabras vacías, se parecen mucho a la chatarra espacial, dando vueltas alrededor del planeta,  flotando…
Se me hace, que en algún momento caerán como lluvia de meteoros en el corazón desierto de las personas que no saben amar.

Noviembre 28, 2015

Soledad Lorena / Susannah ©



miércoles, 20 de mayo de 2015

Parpadeó dos besos

Se guardó los versos
se cosió el vestido
arropó  el suspiro
y parpadeó dos besos.

En una geografía
jamás colonizada,
el tedio hizo muecas
y aquel nombre olvidado
lo descubrió desnudo.

Soledad Lorena ©
Mayo 2015
Pétalos del Corazón




viernes, 20 de febrero de 2015

Sobre tu pecho

Después de tantos años
de esperarlo sin buscarlo,
supe que no era su voz
inventando un te amo,
sino el breve instante 
de posar mi mano
en el centro de su pecho;
brindarle todo lo que no fui
y deshacer mi amor en su latido.

Sólo me basta con apoyar
mi mano en su corazón,
como un legado sin comprender
como un hechizo sin deshacer.

Soledad Lorena ©
Con mis versos en tu pecho
19 de febrero de 2015

viernes, 4 de abril de 2014

Escribir

A veces sueño que escribo,
otras veces escribo lo que sueño
y muchas veces,
despierto cuando escribo.

Soledad Lorena ©
4 de abril de 2014


lunes, 10 de marzo de 2014

Borde

Hay una cornisa
que deviene en cuerda floja
donde sólo se camina descalza,
donde el horizonte se esfuma
y el tiempo es incierto.

Como en el filo de una espada
todo y nada es posible,
pararme frente al espejo
y desafiar la navaja
hasta verme como un monje;
inaugurar una pipa
con aromas desconocidos
que me rapten del presente
y aspirar las penas 
que se mecen en el viento;
desafiar la muerte
que aprendí a respirar
y vivir a pleno
sin importar el qué dirán;
subirme a mis zapatos rojos
y bailar con vestidos de gasa
o simplemente
tatuarme la esperanza
donde vivían cicatrices.

Sin embargo el borde
nos recuerda el cansancio
y tienta el trampolín
para lanzarnos en caída libre,
nos anima a cruzar el portal
y deshacernos en cenizas,
juega ruleta con la cordura
y entretiene las pesadillas,
hace tratos con los relojes
disimula los alambrados
y proyecta espejismos
en las rutas que nadie transita.

En ese breve instante
los cobardes se alinean
y marchan a paso seguro,
los valientes en cambio
desnudan el coraje
para cruzar a nado
el océano del dolor.

Unos despiertan santos,
unos amanecen sabios,
otros se declaran locos
y otros sencillamente
emprenden el vuelo.

Soledad Lorena
09/10 de marzo de 2014



domingo, 23 de febrero de 2014

Vast

Vast endless ocean
deep deathly silence
faint desperate hope
chronic battle fatigue
scary dead-end road
deserted waiting room.

Soledad Lorena ©
Lying idle
Poems onto exile,
collocations on the mood.
February 23rd, 2014

martes, 4 de febrero de 2014

Soledad en viaje

No se puede escapar de la soledad,
no se la puede dejar guardada
en el armario de todos los días.
Se prende de nosotros sin soltar
ni un solo centímetro de tiempo.
Parece aún crecer con la humedad
de los lugares nuevos
y de los paisajes silvestres.
Se ensancha en el abrazo vacío
en las gentes que comparten
y en las bancas para dos.
Nos avasalla en el silencio
cuando no hay mirada que devuelva
las sorpresas que encontramos,
cuando nada apura el viaje
y el regreso es apenas
un trámite de rutina
sin encuentros ni retornos.
Soledad Lorena ©
Aislada en otro paisaje
28 de enero de 2014

domingo, 5 de enero de 2014

Mírame el silencio

Es un día para que me escuches
sin que diga una sola palabra,
para que me leas 
sin tener yo que escribir
alguno de mis versos,
para que me descubras
sin tener que dibujar un mapa,
para que me entiendas
de sólo mirarme el silencio.

Soledad Lorena ©
5 de enero de 2014


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Poema en suspenso

Un globo suspendido
en el borde de un abismo
que interrumpe los caminos
y no sabe de Alisios.

Una palabra sin rastro
que no conoce de idiomas,
no promete aún su eco
y sin embargo ya grita.

Una oscuridad que se renueva
ante los ojos desnudos,
inaugurando la luz
que no recuerda faroles.

Soledad Lorena ©
Desde una quietud inquieta,
desde una serenidad que enciende,
desde una incertidumbre que pacifica.

19 de noviembre de 2013

lunes, 29 de julio de 2013

De penas olvidadas



Una puede guardar una pena,
esconderla bajo siete llaves
dormirla bajo anestesia intensa
y sin embargo basta un sueño
un despertar abrupto
en medio de la madrugada,
entonces todos los ríos
desconocen diques y compuertas
y los dolores se instalan
en una dimensión casi ignorada,
superando la herida inicial
desafiando el tiempo y el espacio.

Soledad Lorena
Julio 29, 2013

Del otro lado



Hay un mundo allí afuera,
detrás de la vidriera
todo lo que no alcanzo,
es el adentro de otros
y es el afuera mío.

Hay un mundo en los libros
en el cine y en los mantras,
un lugar donde todo
se hace posible,
yo navego y lo siento,
sin embargo aquí afuera
en mi perímetro real,
son apenas ilusiones
delirios y fantasías.

A veces creo que no debería leer,
a veces siento que me desgasta
tanto el ir y venir,
entre el mundo de otros
y mi espacio reducido
tan falto de libertades.

Soledad Lorena©
Julio 29, 2013